Un difícil acuerdo de integración económica: Estados Unidos y la Unión Europea

Por Salvador Treber. Exclusivo para Comercio y Justicia

Quizá sea la última misión diplomática de su segundo mandato próximo a finalizar, mediante la cual el presidente Barack Obama procura lograr un broche de oro a una gestión que se caracterizó por una notoria carencia de brillo y su escasa creatividad.

La estrategia mundial de la máxima potencia que se ha empeñado en llevar adelante el Pentágono ha sido la de constituir una especie de cerco en ambas márgenes del océano Pacífico, compuesto por doce países con el objeto, según se proclamó al concretarlo, de poner un severo y eficaz freno al incesante aumento de la presencia china en el mundo y, muy especialmente, en esa amplia área marítima. Allí posee en el centro de tal escenario, desde hace largo tiempo, las bases militares de las islas Hawai, tanto navales como aéreas, pero fracasó en su intención de hacer pie en el área continental al ser derrotada en Vietnam.
Consolidado ese circuito en que revistan cinco países americanos (Canadá, Estados Unidos, México, Perú y Chile) y, en las costas occidentales otros siete (Japón, Taiwán, Filipinas, Vietnam, Malasia, Indonesia y Australia), actualmente procura hacer lo propio en el escenario del océano Atlántico. Con tal objetivo, el 24 de abril ppdo., Obama visitó suelo alemán por quinta vez en el transcurso de sus dos mandatos, en procura de lograr acuerdos con la canciller Angela Merkel, figura preponderante en el área de Europa occidental y central.

El objetivo consistía en sumarla a su más ambicioso proyecto, el cual se traduce en fundar con éxito la que denominó Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión (TTIP, por sus siglas en inglés). Obviamente aprovechó que, coincidentemente, se realizó en la ciudad germana de Hannover la máxima feria internacional del planeta y que había sido elegido para hacer uso de la palabra en el acto de su inauguración. Dichas negociaciones comenzaron en 2013 y no habían avanzado en forma muy considerable, razón por la cual admitió que esa “enorme oportunidad consolidaría definitivamente el espacio transatlántico”, al anunciar que cada vez se estaría más próximo porque “las diferencias son menores”.

En pos de la Alianza Transatlántica
En primer término, Obama señaló con gran énfasis que el TTIP “es bueno para la economía alemana y es bueno para la economía de Europa” pues vinculará un amplio circuito donde viven, estudian y laboran 800 millones de potenciales consumidores. Pero al mismo tiempo dejó muy en claro que no se engañaba en ilusionarse con que se pueda suscribir dentro de los meses de este año que todavía ejercerá su alto cargo. En una posterior conferencia de prensa conjunta con Merkel, ésta predijo: “El mundo entero se va a orientar en el sentido de las normas que ellos acuerden, pero nosotros también tenemos que hacer nuestra parte”, sin dar mayores detalles al respecto.
No deja de ser significativo que, el sábado precedente, unas 80.000 personas, según los organizadores, hayan realizado un bullicioso y combativo acto público para repudiar la eventual concreción de la precitada reunión internacional, en la misma ciudad de Hannover, bajo la consigna “Paremos el TTIP” y, al mismo tiempo, se expidieron por “un comercio internacional justo”.
En un estudio especializado de la renombrada Fundación Bertelsmann se consigna que, según sus estimaciones, apenas 17% de los alemanes encuestados apoyó el TTIP y 33% lo rechaza de plano; mientras que los componentes del 50% restante admiten no tener suficiente información para decidir un voto. Los productos de origen alemán tienen actualmente su principal mercado externo en Estados Unidos y, sobre ellos los más autorizados e informados analistas de esa nacionalidad consideran que, así como están, con lo que ya han conseguido hasta ahora, son los mayores beneficiados.

Resulta evidente que no todo es simple y que muchos aprovechan para plantear los problemas distributivos debido a la creciente concentración de la riqueza que se advierte cada vez con mayor nitidez. En función de ello, señalan que se ha deteriorado el nivel de recursos afectados a la salud del pueblo y del medio ambiente; por ello aportan como ejemplo, y con disgusto, que se admita la entrada de alimentos, corriendo con los serios riesgos que ello supone. Muy insistentemente enfatizan que se consumen en Alemania, siguiendo modalidades habituales en Estados Unidos, ciertos alimentos -como los pollos- que en su preparación son lavados con cloruro y con el agregado en exceso de antibióticos que ellos acostumbran usar, todo lo cual se rechaza de plano en defensa de los consumidores europeos.
Otros críticos no admiten que se creen tribunales internacionales que sustituyan a los locales y, menos aún, la concesión de “derechos especiales” a las grandes corporaciones pues lo consideran una inexplicable debilidad, además de “un beneficio inaceptable y arbitrario que generará multimillonarias demandas por parte de quienes se sientan discriminados”. Un ex ministro de Medio Ambiente alemán, enrolado en esta disputa, sostiene: “No estamos en contra de un acuerdo justo entre Europa y Estados Unidos sino en contra de conceder derechos especiales a las corporaciones”.

Una objeción generalizada hace referencia al carácter secreto de las negociaciones, las cuales han irritado de tal forma que varios diputados opositores (Partido Verde) han acudido al Tribunal Europeo, con sede en Bruselas, aunque éste se ha mostrado extremadamente remiso. Apenas si ha permitido que los legisladores lean el texto en idioma inglés pero sin tomar notas de ninguna especie.
El día 25 de abril ppdo. en Hannover (Palacio Herrenhausen), en medio de gran vigilancia armada, además de Obama y Merkel, estuvieron el primer ministro británico David Cameron, al que sugirieron que no se retire de la Unión Europea; su colega italiano Matteo Renzi y el presidente de Francia, François Hollande. El presidente Obama, por su parte, pronunció el discurso inaugural, en que fue mucho más amplio pues pasó revista a todas las áreas en conflicto a escala ecuménica.

Voces críticas y airados rechazos
Con información precisa sobre el escaso apoyo que se advierte en todos los ámbitos europeos, obviamente sin mencionarlo, en el discurso de apertura y en todas las conferencias de prensa o reportajes que concedió expresamente Obama, los aprovechó para asegurar que las diferencias entre su país, tanto con Alemania como con Bruselas, “se siguen reduciendo” y que no duda de que por esa vía “todos ganarán y se tornarán, sin excepción, más competitivos”. Muy especialmente convocó a las empresas a que participen en concretar el proyecto porque, según su más íntima convicción, de inmediato lo verían reflejado en el pretendido incremento no sólo del intercambio sino de los beneficios operativos y gananciales, al par que consolidarán así su presencia y podrán verificar sin demora el alto valor del TTIP.
Debe recordarse que un día antes se habían realizado ocho protestas callejeras en otras tantas ciudades, la más multitudinaria justamente en Hannover, las que propugnaron a viva voz el más rotundo rechazo por medio de estentóreas manifestaciones que fueron apoyadas por las denominadas “fuerzas vivas” (partidos políticos de diversas tendencias, organizaciones sindicales, de derechos humanos y movimientos ecologistas). Arguyeron al respecto que, lejos de ser un aporte positivo, su concreción, debilitaría las respectivas soberanías nacionales y trabaría el pleno ejercicio de los derechos laborales.

Alemania y su población no son nada propensos a este tipo de movilizaciones; razón por la cual, se debe ser realistas y objetivos pues no se trata de meras objeciones o falta de información sino de un tema que ha calado muy hondo en el seno del pueblo y, al estar convencidos, se muestran dispuestos a oponerse por todos los medios su eventual aprobación. Es evidente que no lo toman como un simple acuerdo sino que, quizá por su variada temática, muchos no están seguros de que sea positivo.

Perspectivas en el corto y mediano plazo
El presidente de la Comisión Europea, con sede en Bruselas, no parece estar demasiado seguro de sus bondades; quizá por ello se ha expedido tibiamente a favor. Ese “clima” se advierte y, por la categoría que asume por medio de su gestión se ha convertido, por lo menos, en una opinión autorizada que introduce cierto grado de duda. También ha repercutido que el gobierno francés no acepte “abrir su economía” en el área de producción agrícola por considerar vital mantener su presente grado de protección. En Alemania e Italia se ha objetado la insuficiente consideración de juzgados especializados confiables para dirimir diferencias con que dicho proyecto pretende obviar decisiones de orden local.
Hay otros temas tampoco adecuadamente resueltos, como puede ser la implementación de aranceles únicos en países que tienen diferencias en sus costos, a veces muy sensibles. No menos recelos crea el régimen insito en el proyecto respecto a la inversión extranjera y delegación para aplicar elevadas multas que pueden no garantizar una efectiva justicia y obedecer a otras motivaciones no muy claras. La enumeración precedente se suma para subrayar con marcada insistencia que no son pocas las disidencias y que en los casi tres años precedentes no hubo acercamientos tan significativos.

Por lo tanto, se vuelve casi imposible ser muy optimista al respecto. A todo lo expresado se agregan los grupos ecologistas de consumidores, cuyas motivaciones los tornan muy combativos y hasta agresivos. En especial reclaman, según ellos, por los múltiples tratos preferenciales que se habrían concedido a las más grandes corporaciones y al elocuente silencio asumido que señalaría serios riesgos para los pequeños y medianos empresarios.
Es bastante equívoca o disimula su decepción Obama sobre la imaginaria supuesta exitosa marcha de las negociaciones. Ni siquiera la prolongada recesión que desde el año 2008 ha venido jaqueando a la mayoría de los 28 países que integran la Unión Europea ha derivado en una “baja de brazos” y no se han avenido a facilitar el tratamiento conjunto.
Son múltiples los puntos objetados y muchas las prevenciones que no son simples “palos en las ruedas” sino profundas dudas de fondo, sobre si es oportuno y justificable la búsqueda de una unidad de acción en la cual, sin duda, la “manija” siempre estará instalada en Washington.

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