Cómo La Toma pasó a ser barrio Alberdi (3/4)

Por Ricardo Gustavo Espeja (*) - Exclusivo para Comercio y Justicia

Tras el levantamiento diaguita de 1670, la represión fue feroz. Ese pueblo sufrió el desarraigo, la división de sus clanes y familias, condenados a trabajo forzado. Los quilmes en particular fueron extrañados a los bajos de la llanura bonaerense, donde la diferencia climática y su indefensión ante nuevas enfermedades concluyeron por exterminarlos -excepto una minoría que fue destinada a Córdoba, como mano de obra en La Toma y en localidades cercanas-.

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El fenómeno del mestizaje con los relativamente pocos comechingones que había en la zona no tardó en llegar, como ya ocurría con los africanos y, más tarde, en la segunda mitad del siglo XIX, con los inmigrantes europeos, a pesar de la superveniencia de las jerarquías como los cacicazgos e incluso algunas costumbres. Así se perdió un elemento fundamental que decide la existencia de una etnia: la lengua, aunque pervivan otros elementos culturales, a diferencia de los diaguitas calchaquíes, wichi, qom, chiriguanos, kollas, guaraníes y mapuches, entre otras etnias que sí han conservado su lengua y la parte esencial de su cultura.

Por ello, aun cuando en muchos estudios de ADN puedan aparecer genes comechingones en numerosas personas que habitan el antiguo predio de La Toma y valles serranos, no puede hablarse, en sentido estricto, que tenga vigencia una etnia comechingona, lamentablemente. Que es muy válido recordarles y que se muestren algunas de sus tradiciones en público no anula lo dicho anteriormente.

Los trabajos de La Toma
En el mismo momento en que se fundó la ciudad de Córdoba de la Nueva Andalucía se inició la planificación de construir un canal aprovechando la bocatoma de la acequia. Y así como la construcción de la catedral tardó cerca de dos siglos, esta obra, menos compleja por cierto, fue finalizada tras 42 años de espera. Las condiciones de los trabajadores aborígenes para mantener la bocatoma la describe muy vivamente el cacique quilmes Francisco Sillamay con estas palabras (se mantiene la ortografía original): “trabajan los dichos yndios por orden y mandato del cavildo adreco de la asequia que sale del dicho paraje que llaman la Bocatoma y biene a esta ciudad para beneficio della y que como esta no es de cal y ladrillo tiene todo el año que adresar (hoy sería sinómino de mantenimiento para su correcto uso) en diferentes tiempos y que unas besses se tardan en su adreso ocho dias otras quinze otras un mes y aun mas que llega a dos meses de suerte que estan prontos para acudir siempre como lo hacen en todas las ocasiones que se necesita de adreso que unos años ay más que hacer que otros.”

Ello ocurrió durante la visitación de un funcionario de protección de naturales en 1693, confirmando que por esta labor no recibían salario alguno, sólo la carne para comer durante el tiempo que insumiera el trabajo. Asimismo, efectuaban otras tareas públicas como el barrido de las calles de la ciudad y cercar la plaza de toros los días de fiesta; por estos servicios percibían un real por día trabajado.

Reconocieron, sin embargo, que no pagaban tributo de ninguna especie, en consecuencia el agente protector de naturales exigió que se les abonara un real diario por el servicio de limpieza de la acequia, tal como se estatuía en las Ordenanzas de Alfaro, incorporadas al corpus de las Leyes de Indias. Destacó que en los tres años inmediatos anteriores los aborígenes habían cumplido tal trabajo por orden del cabildo, mientras que los años previos lo efectuaron por cuenta del colegio de la Compañía de Jesús, pues en 1670 se realizó, mediante una escritura protocolizada, un acuerdo entre el rector del colegio de la Compañía de Jesús y el Cabildo de Córdoba.

Porque el gobernador Ángel de Peredo le ordenó al cabildo cordobés señalar tierras y aguas para los quilmes (deportados por Mercado y Villacorta desde los valles calchaquíes), que fueron destinados al cuidado de la acequia de la ciudad de Córdoba. El cabildo expresó que no contaba con los bienes que debía proveer a los quilmes, en consecuencia trató con el rector del colegio jesuítico que les hiciera el préstamo de las tierras cercadas situadas debajo de la acequia, que eran propiedad del colegio, pues se habían originado en donaciones de dos religiosos cuando ingresaron a la Compañía de Jesús y por compra a diferentes propietarios. Ello merece un análisis pormenorizado. Juan Díaz de Ocaña, único heredero del propietario de 7 suertes de cuadras de riego, cada una tenía 5 cuadras de 440 pies de lado, según el pie castellano de 27,83 cm por 40 pies de lado transversales. O sea que la superficie de cada una era 4.898 m., que hacían un total de 24.490 m2 o sea 2,44 has. por siete totalizaban el equivalente actual a 17,4 has. y las donó a la orden al ingresar a ella en 1617; hecho que repitió Fernando de Torreblanca en 1628 con una suerte que también heredado pero en el año 1628. Por lo cual la orden jesuítica tenía justos títulos sobre esas tierras. Ahora bien, impedida por el derecho canónico y bulas papales de enajenar bienes inmuebles, se ofreció a los nativos hacer una donación con cargo de esa parte de sus tierras.

El cargo era la condición de mantener en buen estado la acequia, las cuales debían ser devueltas al colegio si los aborígenes por la razón que fuera las abandonaban o fueran forzados a ello.

El cabildo, si bien hizo lugar a esa concesión, se reservó el derecho de controlar el flujo del agua de la acequia que regaba tales tierras. Este régimen se mantuvo durante los 20 años subsiguientes. Como prueba de ello, el comisionado Manuel de Ceballos y Estrada en 1694 constató que el cabildo, a pesar haber manifestado que les habían provisto de tierras, sólo pudo mostrar como título fehaciente el convenio escriturado con la Compañía de Jesús. Así se funda el pueblo de La Toma.

Cuando en el año 1785 el capitán Florencio Antonio García lo describe, destaca que hay 229 habitantes, a quienes describe de esta manera: “Componen este pueblo de dies y seis ranchos mui dispersos y distantes unos de otros, sin formalidad de calles, ni plaza pública, pero ni menos tiene Iglesia, o capilla el cual se halla situado en una llanura desmontada en distancia de cosa de cuatro cuadras del Rio Primero de Cordova en parage alegre, de buena y agradable vista sin tener tierras en que sembrar por las pocas, que dicen los habitantes les han dejado los circunvecinos, estrechándolos sumamente, y su común exercisio es el de la construcción de ladrillos, texa, beldosa y adoves, que expenden en la ciudad.”

La población se componía por aborígenes, algunos originarios, y los trasladados; en menor proporción había mulatos, mulatos y negros y se registra curiosamente que habitara allí una mujer blanca.

* Periodista-historiador

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