África (Negra), un continente en agonía perpetua

Por Silverio E. Escudero

Librados a su suerte, olvidados por todos, marchan, por polvorientos caminos, los desarrapados del mundo. Es una larga, inmensa y triste caravana integrada por hombres, mujeres y niños de los cinco continentes. No sabemos hacia dónde van. Algunos sueñan con un horizonte mejor; un horizonte que esté más allá de la desesperación.
La vanguardia es ocupada por aquellos que nacieron en el África Negra, lo que equivale a reconocer su inacabable martirio de milenios. Tormento que encontró justificaciones ético-religiosas en los “libros sagrados” para esconder la decisión deliberada de justificar la esclavitud y la servidumbre.
Los bloques económicos dominantes han dejado de interesarse sobre ese inmenso territorio porque dirimen supremacías en otras regiones del globo. Por eso no les importa reparar los daños causados a lo largo de la historia y que se traduce en más pobreza, desocupación, marginamiento, enfermedades endémicas, hambrunas, rivalidades étnicas, guerras, y casi ninguna perspectiva de una vida distinta.
En el siglo pasado, en los años 60, el África Negra era presa de la codicia de las potencias coloniales. Se asistía al nacimiento de nuevos Estados producto del proceso de descolonización que sacudió la década y espoleó el interés de los países desarrollados que procuraron un nuevo reparto de zonas de influencia.

Gran Bretaña y Francia fueron los principales interesados. Intentaron conservar dominios hacia el interior de sus ex imperios. Estados Unidos y la Unión Soviética, en tanto, comenzaron a disputar el control del espacio geoestratégico africano que concibieron como un nuevo escenario de la Guerra Fría.
África, el África negra, ocupaba por entonces la primera plana de los diarios. Junto a nuestros padres y abuelos, aprendimos nombres extraños, lenguas con vocablos difíciles de pronunciar personajes de toda laya. Algunos, serios, reconcentrados en su tarea fundacional; otros, delirantes, insólitos, tenebrosos, amantes del culto a la personalidad o antropófagos que gastaban fortunas en sostener sus delirios que pretendían emular con el boato de la nobleza europea.
Desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial y hasta mediados los años 50, las relaciones Este-Oeste constituyeron el eje fundamental y casi excluyente de la vida internacional. Con la formación del Movimiento de Países No Alineados (MPNA) -que incidirá notablemente en el conflicto geopolítico e ideológico mundial- se transforma la escena. La mesa de las decisiones ahora tiene tres patas.
Una de ellas, a partir de la Conferencia de Bandung, celebrada en 1955, se encarga de consolidar el proceso de descolonización que sacude hasta sus cimientos las estructuras coloniales de Francia, Inglaterra, Bélgica y Portugal. Hecho que, como en tiempos de la conquista española de América, monopolizó la diplomacia holandesa para negociar prestamos, armas, joyas, medicamentos y drogas con los nuevos líderes que no vacilaron ordenar el asesinato de sus rivales políticos.

A pesar del paso del tiempo nada ha cambiado para África Negra como tampoco para los desarrapados del mundo. Las guerras, el hambre y las enfermedades endémicas profundizaron las desigualdades y enriquecieron a los consorcios multinacionales de alimentos, medicamentos y energía cuyos precios fueron elevados artificialmente. Tan inaccesibles que se tornó necesario rearmar costosos ejércitos para “mantener” un orden arbitrario y despótico basado en la crueldad y el sometimiento.
El hombre hace tiempo dejó de ser importante e interesar al sistema capitalista. Donald Trump, a comienzos de 2018, imaginó un mundo aún más injusto. Su gobierno prefiere inmigrantes de “países más civilizados” y no de África, Haití o América Latina.
Pretende que se invisibilicen y aumentar sus padecimientos en vez de procurar el rescate del continente para, de esa manera, frenar la huida desesperada de la muerte hacia la muerte. La derecha europea, los seguidores de Putin, los nacionalismos latinoamericanos, las guerrillas asiáticas y los populismos de toda laya,aplaudieron a rabiar.
África, cuentan las noticias, es una mezcla de realidades disímiles y contradictorias. Un mosaico de razas y etnias, con un fuerte predominio de lo negro. Igual será si el centro de atención fuese sobre la preponderancia de lo árabe, de lo chino, de lo indio, de lo europeo, sin dejar de ser africano.
Pero la tragedia es negra como negra la maldición bíblica. Desde los púlpitos se elevan voces desaforadas. Dicen que Dios los condena para justificar su exterminio. José Hernández, supuesto símbolo y síntesis de argentinidad, escribió, en el Martín Fierro, estos versos: “a los blancos hizo Dios,/ a los mulatos san Pedro,/ a los negros hizo el diablo/ para tizón del infierno”.
África, por sus riquezas, es el continente codiciado. Más allá de desconocerse la realidad en la que viven los 55 países que conforman su mapa político. Número que incluye a la naciente república de Sudán del Sur y a la República Árabe Saharaui que lucha por su independencia. Repúblicas sobre las que se deberá indagar para saber si, entre los gestores de su independencia, figuran modernos traficantes de esclavos.
Más allá de los desplazados y los menesterosos, África fue y es proveedora de carne humana. Siguen extrayendo, a fuerza de látigo, seres humanos encadenados, amordazados, desnutridos, torturados y golpeados hasta morir.
Es decir, todos, los antiguos como los modernos esclavos, tienen valor en tanto mantengan integra su capacidad de trabajo. Los interrogantes surgen a raudales. ¿Por qué razón los gobiernos no combaten el trabajo esclavo? Un principio de respuesta se encontraría en la obra del historiador y profesor de Historia en la Brunel University de Londres, Kenneth Morgan, que analiza en Cuatro siglos de esclavitud trasatlántica el auge y declive del sistema esclavista y las causas profundas de su resurgimiento. Tema que quedó patentizado en su legado que lleva el nombre de Álbum: Sin nombre ni libertad.

La Convención sobre Trabajo Forzoso de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) define esta práctica como el trabajo o servicio forzoso u obligatorio que se extrae de cualquier persona bajo la amenaza de castigo y para el cual la persona no se ha ofrecido de forma voluntaria.
En el mundo hay unos 21 millones de víctimas de trabajos forzosos, de las cuales 11,4 millones son mujeres y niñas y 9,5 millones son hombres y niños, según datos de la OIT.
Otros organismos ofrecen unas cifras aún más elevadas. Así, la ONG estadounidense End Slavery Now habla de entre 20,9 millones y 29,8 millones de personas afectadas por algún tipo de trabajo forzado y por la explotación sexual, mientras que el Índice Global de Esclavitud que elabora la Walk Free Foundation habla de 35,8 millones de personas.
Del total recogido por la OIT, casi 19 millones son víctimas de explotación por parte de personas particulares o empresas.
Dentro de este grupo se engloba la servidumbre doméstica que en algunos casos llega a convertirse en una forma de esclavitud ya que el trabajador no puede abandonar la casa en la que trabaja y es sometido en ocasiones incluso a abusos físicos, así como los trabajadores explotados en fábricas o en la extracción de minerales, por ejemplo.
Los dos millones restantes son explotados por los estados o por grupos rebeldes. Entre las formas empleadas en este apartado figuran los trabajos realizados por reclusos y aquellos impuestos tanto por las fuerzas armadas regulares como por los grupos rebeldes. En este apartado, según End Slavery Now, también habría que incluir a los niños soldados.
De los explotados por particulares o empresas, 4,5 millones son víctimas de explotación sexual forzosa, de los cuales unos dos millones serían menores de edad. De este total, 98 por ciento se estima que son mujeres y niñas.

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