Sarajevo, apenas la gran excusa

Se ha conmemorado en Europa el comienzo de la Primera Guerra Mundial –La Gran Guerra-, la guerra que prometía acabar con todas las guerras. Al inicio de las hostilidades, en 1914, los beligerantes movilizaron unos 20 millones de hombres, pero el número fue aumentando con la prolongación y la propagación del conflicto. Cerca de la mitad de los movilizados morirán o resultarán heridos.

Más de 8 millones fueron movilizados en Francia, 13 millones en Alemania, 9 millones en Austria-Hungría, 9 millones en Gran Bretaña y en el imperio británico, 18 millones en Rusia, 6 millones en Italia, 4 millones en Estados Unidos. Dos millones de soldados fueron reclutados en el imperio británico, sobre todo en India, y en las colonias francesas de África y África del norte (600.000 hombres).

En este trágico balance anotamos que Francia registró cerca de 1,4 millón de muertos y 4,2 millones de heridos, Alemania 2 millones de muertos y 4,2 millones de heridos, Austria-Hungría 1,4 millón de muertos y 3,6 millones de heridos, Rusia 2 millones de muertos y 5 millones de heridos, Gran Bretaña y su imperio 960.000 muertos y 2 millones de heridos, Italia 600.000 muertos y un millón de heridos, el Imperio Otomano 800.000 muertos.

Proporcionalmente, fue el pequeño ejército serbio el que salió peor parado: 130.000 muertos y 135.000 heridos, tres cuartos de sus efectivos.

La excusa final fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero del trono del Imperio Austrohúngaro, y su mujer, en Sarajevo a manos de un extremista serbiobosnio, Gavrilo Princip, miembro del grupo clandestino serbio «Mano Negra», fundado por el coronel Dragutin Dimitrijevic Apis, que luchaba por la creación de la Gran Serbia. La comunidad de los servicios de inteligencia había detectado el complot. Nada hicieron por evitarlo. Los halcones tenían una razón para matar.

El estallido cambió la vida de todos. Nada fue igual. Participaron todas las grandes potencias y todos los Estados europeos, excepto España, los Países Bajos, los países escandinavos y Suiza. Además –anota Eric Hobsbawn en su Historia del siglo XX-, diversos países de ultramar que “enviaron tropas, en muchos casos por primera vez, a luchar fuera de su región. Así, los canadienses lucharon en Francia, los australianos y neozelandeses forjaron su conciencia nacional en una península del Egeo (…) y lo que es aún más importante, los Estados Unidos desatendieron a George Washington de no dejarse involucrar en “los problemas europeos” y trasladaron sus ejércitos a Europa, condicionando con esa decisión la trayectoria histórica del siglo XX. Los indios fueron enviados a Europa y al Próximo Oriente, batallones chinos viajaron a Occidente y hubo africanos que sirvieron en el ejército francés.

Aunque la actividad militar fuera de Europa fue escasa, excepto en el Próximo Oriente, también la guerra naval adquirió una dimensión mundial: la primera batalla se dirimió en 1914 cerca de las islas Malvinas y las campañas decisivas, que enfrentaron a submarinos alemanes con convoyes aliados, se desarrollaron en el Atlántico norte y medio.”

Depara sorpresas un repaso por las memorias de algunos de los jefes militares e integrantes de los gobiernos comprometidos en el conflicto. Todos suponían que se trataba de un paseo militar. Tanto que algunos llegaban al frente acompañados por un ejército paralelo de sirvientes que tenían como misión hacerles más placentera la estada en él.
La Primera Guerra Mundial y los tratados que la siguieron –avisa el diario español El País- transformaron el mapa de Oriente Medio. La rivalidad entre Gran Bretaña y Francia, la expansión del nacionalismo árabe, las ambiciones sionistas en Palestina y el nacimiento de la Turquía moderna cambiaron la faz de la región.

“El acuerdo Sykes-Picot de 1916 dividió en secreto los antiguos territorios otomanos en zonas de influencia británica y francesa. El sistema de mandatos creado por la Liga de Naciones en el periodo de entreguerras sólo prometió llegar a un autogobierno, no a la independencia inmediata por la que Sharif Hussein había lanzado desde La Meca una revuelta en el desierto contra los turcos, con la ayuda del coronel T. E. Lawrence -de Arabia-. Y, en otro ejemplo de promesas contradictorias, la Declaración Balfour de 1917 ofreció el apoyo del Reino Unido a la creación de un «hogar nacional» para los judíos en Tierra Santa, y así sentó las bases para el nacimiento de Israel y el conflicto más difícil de resolver del mundo contemporáneo. Desde entonces, los historiadores no dejan de discutir sobre este enredo diplomático y sus funestas repercusiones”.

Las diferencias étnicas, sectarias y tribales importaban poco a los encargados de diseñar el mapa en la era colonial. Irak se formó mediante la fusión de tres provincias otomanas, dominadas respectivamente por los chiíes, los suníes y los kurdos. Además, quedó separado de Kuwait, un dato que posteriormente daría pie a conflictos. Su rey era hachemita, procedía de la Península Arábiga y había sido expulsado de Siria; también lo era el rey de la vecina Jordania, nacida de un plumazo de Winston Churchill después de un almuerzo empapado en alcohol, celebrado en El Cairo en 1921. Líbano se arrancó a la «Gran Siria» con el propósito de establecer un hogar para los cristianos cuyo apoyo reforzaría la influencia de Francia.

Los mayores perdedores de la lotería de la posguerra en Oriente Próximo fueron los kurdos. Pueblo que aún carece de Estado, al menos disfruta de un gran grado de autonomía regional, además de una paz relativa, en el Estado federal de Irak, mientras que sus compatriotas en Siria controlan áreas a las que no llegan las fuerzas de Bashar el Asad…

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