Conflictos familiares: el juicio como último recurso

Por Zulma Rivero de Baralle / Mediadora, abogada – miembro de Alfil C.P.M

Quiero comenzar esta reflexión con una frase de Roger Fisher que dice: “Si lo único que uno tiene en la caja de herramientas es un martillo, todos los problemas empezarán a parecer clavos”.

La persona común que atraviesa una situación problemática en su familia y las empresas familiares que no logran compatibilizar entre los herederos para llevar adelante lo que tanto esfuerzo costó a sus padres, para solucionar sus conflictos disponen -en general- de una caja de herramientas muy pobre que los lleva a ver una única salida: recurrir a Tribunales e iniciar un juicio. Esta decisión implica que queden a la espera, mientras se siguen destruyendo entre ellos, de que el juez -quien no conoce a sus hijos y/o a su empresa- les resuelva el problema.

Es tarea de quienes son consultados por conflictos familiares, acercarles a las personas otras herramientas, sobre todo porque el que está en esa situación es prisionero de sus propias ideas y juzga las diferencias de pensamiento como algo imposible de conciliar. En búsqueda de “la verdad”, de “mi verdad”, todo es válido, ya que dejo de reconocer en el otro al padre o a la madre de mis hijos, o a mis hermanos o a mis propios padres.

Seguramente el lector se estará preguntando si la mediación es una panacea que resuelve todos los conflictos, y mi respuesta es NO. Pero vale la pena intentarla antes de recurrir a los Tribunales, sobre todo cuando lo que está en juego es algo tan valioso para una sociedad como lo es la familia.

Sí es cierto, y se da en la mayoría de los casos, que si la herramienta de la mediación es utilizada previo al juicio, las personas que concurren vienen predispuestas de otra manera y el mediador, cuando es un profesional capacitado e idóneo, podrá trabajar no sólo las relaciones sino el contenido del problema mediante la premisa de ser suave con las personas y duro con el problema.

La revalorización y el reconocimiento, la clarificación de los intereses en juego, el desafío de plantear nuevas opciones para la solución del problema, genera en las partes un clima diferente al del juicio. En definitiva, los movimientos, esfuerzos y cuidados del mediador están dirigidos a modificar una estructura de comunicación teñida de interacciones rígidas, emociones negativas y victimas y victimarios.

Todo lo anteriormente expuesto puedo ejemplificarlo con dos casos diferentes planteados entre hermanos por una herencia dejada por su padre. En los dos, una empresa familiar en juego y varias familias destruidas, la de cada uno de ellos. La diferencia fundamental para lograr una negociación constructiva fue el estado en que se tomó el conflicto: uno, judicializado hacía cinco años con varios juicios entrecruzados; el otro, viniendo a mediación desde el ámbito privado, sin juicios, y con el fallecimiento del padre acontecido el año anterior. En el primer caso las partes tendían a ver todo como una “ganancia” o una “pérdida”, situación que los llevaba a obrar en forma competitiva y usaban las experiencias previas vividas en el juicio como un marco para interpretar las experiencias posteriores: el acuerdo global no fue posible.

En el segundo caso se trabajó el conflicto, sin experiencias judiciales, sin “escritos” que narraran los hechos desde la “subjetividad” del tercero. Arribar a un acuerdo llevó meses de trabajo y el resultado hoy es una empresa pujante, en la cual cada uno aporta lo que mejor sabe hacer. La mediación, al hacer que los protagonistas sean artífices de una solución, les demuestra los recursos que tienen para transformar sus conflictos, experiencia que se multiplica positivamente en otros ámbitos donde ellos actúen, lo que es, desde ya, un efecto nada desdeñable pensando en una sociedad más pacífica.

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