Argentina y un informe revelador de la ONU

Por Salvador Treber. Exclusivo para Comercio y Justicia

A pocos días del fin del año 2015 se divulgó un detallado informe sobre el nivel de desarrollo humano, que toma una posición poco clara sobre la realidad argentina con base en ciertos prejuicios que no merecen semejante consideración.

El 14 de diciembre ppdo. el Departamento de Investigaciones Económicas de la ONU divulgó los resultados de una investigación que denominó “Estudio sobre evolución del Indice de Desarrollo Humano” (IDH) el cual surge, en realidad, como una media de otros tres indicadores básicos: esperanza de vida, número de años cursados de formación educativa e ingreso medio por habitante. Resulta obvio que de esta forma se logra evaluar en forma más precisa el nivel, situación actual y expectativas que corresponden en cada caso y también permite comparar con la situación y evolución operada desde el año 1980 en adelante.

Además, con semejante objetivo y de la forma más precisa posible, se ha hecho lo propio, extendiéndolo a 188 diversos países que integran la sociedad ecuménica, utilizando como referencia los que rigen y se elaboran en cada uno de ellos. A los ubicados dentro de los primeros 45 se los reconoce como de “nivel muy alto”; seguidos por otros dos grupos de igual número que se identifican, respectivamente, como de “nivel alto y medio”, mientras que en el cuarto y último nivel se encuentran 43 países que presentan el escenario de mayor pobreza, identificados de “nivel bajo”.

Dicho esquema se expresa en forma numérica, encasillándolos a todos en otros tantos segmentos que, en conjunto, van de “cero a uno”, por medio de lo cual se cubre todo el colectivo. Al abarcar desde la cúspide que distingue y entroniza a los de posición más favorable y a la que se reconoce en el primer rango (1), estando reservado el otro extremo para los más rezagados que son los ques se acercan en mayor medida a cero, estando más próximos al último país que aparece en el penoso lugar 188°.

Los que moran en la cúspide
Según la elaboración precitada, Noruega ostentó en 2014 el vértice superior máximo (1°) con un indicador de 0,944, seguido por Japón como 2º con 0,935 y luego, sucesivamente, aparecen Suiza (0,930), Dinamarca (0,923) y Holanda (0,922). Resulta muy significativo que la economía reconocida como la más poderosa del mundo, Estados Unidos, aparezca en el rango 17º con 0,876. A nuestro país se lo ubica en el escalón 40º con 0,836; con lo cual se lo reconoce como el de condiciones más favorables de América Latina luego de desplazar a Chile al puesto 42º con 0,832.

Sorprende la observación y duda que se plantea con respecto a la verosimilitud real de nuestros datos y advierten que “la mejora de nueve lugares desde 1980” podría no ser real y surgir sólo del “cambio en la medición del Producto Interno Bruto (PIB) bajo nueva metodología”. Pero esa advertencia no tiene ningún asidero ya que omiten un detalle decisivo pues dicha tarea estuvo monitoreada muy de cerca durante más de 18 meses por técnicos especializados del FMI que fueron, justamente, quienes proporcionaron las flamantes técnicas y verificaron su estricto cumplimiento. En consecuencia aparecen esos datos respaldados en forma mucho más indubitables que los de numerosos países que no han introducido esa metodología en tales condiciones.

Como ya se refirió, en niveles inferiores se escalonan el segundo tramo de 45 países identificados como economías de “desarrollo humano alto”, dentro de las cuales se encuentran siete latinoamericanos. En el rango 62º está Uruguay, con 0,793, y luego en el 67º aparece Cuba, con 0,769; en el 71º Venezuela, con 0,762; 74º México, con 0,756; 75º Brasil, con 0,755; 84º Perú, con 0,734, y 87º Colombia, con 0,720, Más abajo, en el tercer tramo de “desarrollo humano medio” aparecen en el sitial 112º Paraguay, con 0,679, y 119º Bolivia, a la que se adjudica 0,662.

La situación más desfavorable es la del conjunto de países clasificados como de “desarrollo humano bajo”, en el cual, salvo Sudáfrica, se encuentran los 51 países más pobres que coexisten en ese Continente. A modo de ejemplo, se pueden citar los que cierran el encasillamiento: en el lugar 187º, la República Centroafricana, con 0,350, y Níger, como 188º, con apenas 0,348. En este colectivo está incluida una serie de países asiáticos, especialmente los bañados por los océanos Índico y Pacífico Sur, pero el aspecto saliente es que abarca a todos los transaharianos que presentan escenarios casi desesperantes.

Otros índices significativos
En forma suplementaria se ha incorporado también información sobre expectativa de vida, esperanza de escolaridad, a la par de los que versan sobre calidad del contenido de la enseñanza por ciclos, promedio de años de estudio cursados en cada uno de ellos y calidad de los mismos, que permiten evaluar si han mejorado ostensiblemente en su nivel general.

A ello se suman los de Desigualdad de Género, midiéndose este aspecto como resultante de un promedio en que se incluye salud reproductiva y la actividad económica. En términos generales, la ONU sostiene que los datos más favorables corresponden a la extensión de la longevidad, a la cual insisten en mencionar como una verdadera conquista que se verifica a partir de 1990, Subrayan, además, un importante incremento en el número de estudiantes de todos los ciclos, además de la conquista del derecho y la posibilidad cierta de acceso al uso familiar del agua potable.

Señalan también una sensible mejora del ingreso “per cápita”, de forma tal que el índice que sirve para medir el desarrollo humano se ha incrementado en un muy significativo 25%, dándose una correlativa disminución en el número de pobres en los países y continentes donde la pobreza señoreaba con más intensidad. A modo de ejemplo, revelan que en estas áreas, en el año 1990, incluía a 3.000 millones de habitantes y, 25 años después, esa cifra se redujo a 1.000 millones, siendo 785 millones los que todavía siguen condenados a sufrir hambre en forma crónica.

En consecuencia, al comienzo de la última década del siglo XX los que estaban en esa condición representaban la mitad de la población ecuménica, pero al finalizar 2015 el total de los habitantes del planeta ascendieron a 7.240 millones y los pobres abarcaban a sólo 23,8% de ese total. Ello es digno de ponderación y debe adjudicarse especialmente a la denominada “revolución digital”, que ha incrementado en medida superlativa la relación personal, cualquiera sea la distancia entre sus respectivos domicilios y/o lugares de trabajo.

Del colectivo total de los que trabajan a nivel mundial, 52% es de sexo femenino y los hombres cubren el 48% restante. Además, las diferencias entre las diversas franjas han ampliado la brecha pues los salarios más elevados sólo son obtenidos por una minoría muy reducida, no siempre adecuadamente evaluada al obtenerlos respecto a otros empleados de categoría semejante que aparecen como postergados. Por ello, el informe enfatiza que se advierte un retaceo en niveles de “reconocimiento social”, muy frecuentemente reflejado en una arbitraria atribución de méritos de que suelen personalizar con criterios parciales e incluso por amiguismo.

Otra faceta que no debe descuidarse es dar máxima relevancia a los 1.000 millones de trabajadores rurales y otros 500 millones que cubren dentro de ese sector tareas complementarias, permitiendo así la disposición del 80% del total de alimentos, tornando así posible una adecuada nutrición y salud en las respectivas poblaciones. Con semejantes objetivos, también se debe dar superior importancia a las condiciones de los trabajadores de la salud y los especializados en servicios educativos a todos niveles.

Una pauta adicional de las muy diversas condiciones de vida es el hecho que en los hogares de los 45 países de mayores ingresos nada menos que 81% posee Internet; mientras en las economías más atrasadas esa relación porcentual es de apenas ocho por ciento.

Argentina según los índices precedentes
En general, se advierte que igualmente todos registran avances positivos de significación en el último cuarto de siglo. A los básicos ya mencionados, se debe agregar los relativos a “esperanza de vida al nacer” (763 años), que surge del promedio de años de educación sistemática -que asciende a 9,8-, y el de “esperanza de escolaridad” al nacer de un niño en la actualidad -que ha pasado a ser de 17,9 años, lo que implica una mejora de +36,9%- mientras que el PIB expresado a valor constante en materia de paridad adquisitiva ha llegado a US$22.049, lo que equivale a un aumento de 54,5% a partir del año 1980.

Por su parte, en Argentina el IDH, en función de género, adjudica a los varones 0,844 y a las mujeres, 0,819, lo cual permite distinguir al país por el “alto nivel de igualdad de género”; aunque el de ingreso “per cápita”, en su caso es de sólo US$14.102 (62,7%) respecto del masculino. Por el contrario, si se examinan los indicadores en cuanto a longevidad, se encuentran en superior condición las integrantes del sexo femenino pues exhiben una esperanza de vida de 80,1 años respecto del masculino que solo llega a 72.4. A ello se agrega un también más elevado indicador de educación.

En cuanto al relativo a salud reproductiva está bastante rezagado y no armoniza con todos los restantes pues se reduce a 0,76 ubicándonos en el sitial 75°. No obstante, son altos los indicadores de mortalidad materna (69 sobre cada 100 mil niños nacidos con vida) y de embarazos adolescentes (54.4 nacimientos por cada mil mujeres con edad de15 a 19 años.

Conclusiones relativas a Argentina
Una rápida revisión de lo que está sucediendo en el mundo permite verificar que nuestro país, especialmente en los años transcurridos de este siglo, ha acelerado sensiblemente su ritmo de mejoría y avance en sus condiciones internas de vida. Si se logra mantener este ciclo de 15 años hasta 2030, ello implicaría un virtual “salto” de magnitud nunca antes conocida.

Tal cosa no exige un esfuerzo mayor que el concretado hasta 2015, pero debe evitar con toda energía el impulso interesado, especialmente de origen externo, que ya viene empujando a Brasil a una perjudicial “reprimerización” que retrasaría el proceso actual; reservándole un papel secundario, como proveedor casi exclusivo de alimentos y otros bienes de escaso valor agregado.

Argentina ha realizado algunas experiencias exitosas en exportación de servicios y tecnología de alto nivel, incluso atendiendo la demanda de países del llamado primer mundo, lo cual constituye un testimonio de hasta dónde se podría avanzar en forma generalizada sin dejar de incursionar con mayores volúmenes en el área de alimentos.

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