Una convocatoria engañosa

Por Luis R. Carranza Torres / Ilustración: Chumbi

Ese lunes la semana empezó ya agitada por los sucesos de la noche anterior. Es que la noche del 20 estaba previsto se celebrara la obra de teatro “Roma Salvada”, una tragedia escrita más de medio siglo atrás por el dramaturgo Francisco María Arouet, más conocido por su seudónimo de Voltaire.

Como la trama era acerca de la tiranía de Catalina y de cómo Cicerón salvaba la patria, el regidor de policía Domínguez obligó al actor, Luis Ambrosio Morante, a que no se presentara y, con la excusa de la enfermedad, se reemplazó esa pieza por “Misantropía y arrepentimiento”, drama en tres actos del autor alemán August Friedrich Ferdinand von Kotzebue, en la traducción efectuada a la lengua de Cervantes en Madrid por Dionisio Solís, allá por el año de 1800.

“Misántropo es un adversario del género humano y arrepentimiento era precisamente lo que debería tener ese grupúsculo de alborotadores, por lo que le estaban haciendo al pobre virrey”, pensaba el regidor.

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Lo que Domínguez no pudo prever fue la reacción del público cuando, ocupando ya sus lugares en el coliseo, se le comunicó el cambio de la obra. Fue tal la repulsa que hubo que ir a buscar a Morante a su casa y reponer el programa original de la velada.

Cuando el actor salió e interpretó la obra prevista, haciendo el papel de Cicerón, un frenético aplauso, a total destiempo, pero de gran magnitud, interrumpió la presentación. Si hasta el propio Juan José Paso, modelo de carácter medido, se levantó de su sitio y gritó con voz potente:

-¡Viva Buenos Aires libre!
Ante eso, la gente estalló y todos gritaban lo mismo, al unísono:
-¡Viva Buenos Aires libre! ¡Viva Buenos Aires libre!

Al día siguiente, comentando el suceso, las malas lenguas afirmarían que el arranque de entusiasmo de Paso no fue algo fruto de la emoción del momento, sino la devolución de favores a los funcionarios españoles por el tema de la censura de la obra original.

El hecho, que era la comidilla de la ciudad entera, fue tomado en la reunión del Cabildo de Buenos Aires que buscaba disimular el estado de efervescencia. Pero, pese a ser un asunto más en el orden del día, la convocatoria a cabildo abierto no pudo obviarse, desde el inicio.

Como contaría en una misiva de fecha 26 de mayo de 1810 el español don Ramón Manuel de Pazos, desde Buenos Aires, a su amigo don Francisco Juanicó, en Montevideo, ambos de acrisolada lealtad al régimen virreinal: “La mañana del lunes, French, Beruti (oficial de las cajas) y un Arzac, que no es nada, fueron a la plaza junto a muchos otros, como representantes del pueblo, y repartieron retratos de Fernando VII y unas cintas blancas que la tropa (esto es, los oficiales) traían en el sombrero y otros atadas en los ojales de la casaca, que decían que significaba la unión de europeos y patricios, pero yo a ningún europeo le he visto y ayer ya había una cinta roja encima que, me dicen, significa guerra, y la blanca paz, para que se escoja”1.

Esos cientos de personas que se distribuían por la Plaza de la Victoria, de la recova hacia el Cabildo, comenzaron a gritar qué pasaba con el cabildo abierto, golpeando las ventanas y puertas. Era el pueblo. Todos parecían gritar lo mismo. Idénticas palabras surgían de una multitud de gargantas exaltadas.

– ¡Cabildo abierto! ¡Cabildo abierto!
Ante ello, el cuerpo no demoró más la cosa y envió una comisión a pedirle la autorización a Cisneros. Cuando ésta llegó pocos creyeron que fuese cierto y debieron llamar a Saavedra para que convenciera de ello a French y Beruti, a fin de que la gente se desconcentrara en paz.
Al fin la gente se marchó, pero al Cabildo lo apremiaban los tiempos para dejar todo a punto para la sesión abierta del día siguiente.

La Real Iimprenta de los Niños Expósitos era la encargada de realizar las esquelas de invitación a la reunión, a fin que esa lista tan minuciosamente preparada para sostener al virrey pudiera sesionar y hacer lo suyo, aventando los deseos criollos de meter sus narices en las cuestiones de gobierno.

No se la elige por nada en particular, sino por no haber otra. Es la única máquina impresora en Buenos Aires, birlada a los jesuitas de Córdoba décadas atrás, cuando Carlos III decidió su expulsión, cansado de que le discutieran su poder real de hacer lo que le viniese en gana. Agustín Donato, a cargo de ella, es uno de esos “que no son nada” y que estaba, como tantos otros, en la plaza aquel día reclamándole al Cabildo que convocara a todos.

La meditada lista de los cabildantes, para dominar la reunión, no había considerado un punto: que don Donato, encargado de dirigir la movida de la prensa para que la tinta que empapa los tipos se estampe en el papel, era uno de los chisperos de French.

Ahora, en su trabajo, tiene que imprimir cuatro centenares de esquelas. Donato hace eso y, de paso, imprime otras doscientas por cuenta propia, que manda con uno de sus aprendices a French, para que disponga de ellas como mejor le plazca.

Por si ello fuera poca cosa, otro pequeño detalle no previsto por los señores del Cabildo terminó por mandar al demonio sus planes de concurrencia leal y previsible. French era la cabeza de los carteros de la ciudad virreinal, siendo los empleados del ramo partidarios de la causa patriota. Quizás por eso las invitaciones a los partidarios más reconocidos del virrey nunca serán entregadas. Otras lo serán demasiado tarde, para ir a ningún lado. Son seres sin nombre que harán uno de los mayores servicios al cambio más grande en esta parte del orbe, en tres siglos.
No se trata, en definitiva, más que de la obra del pueblo, tantas veces ignorado, dando a luz la Revolución.

Decía la invitación de marras: “El Exmo. Cabildo convoca á Vd. para que se sirva asistir precisamente mañana, 22 del corriente á las 9, sin etiqueta alguna, y en clase de vecino, al Cabildo abierto, que con anuencia del Exmo. Señor Virey ha acordado celebrar, debiendo manifestar esta esquela á las tropas que guarnescan las avenidas de esta plaza, para que se le permita pasar libremente”.

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