Tiempos de supersticiones y adivinación en nuestro camino de retorno a las cavernas

Por Silverio E. Escudero

Se transita como mejor se puede el último tramo del año 2019, según nuestra cronología. Miles de seres humanos desesperados por vaticinar el futuro abarrotan librerías, quioscos, almacenes de ramos generales, supermercados y hasta puestos de vendedores ambulantes para comprar miles libros y revistas cuyos editores aseguran la existencia de un futuro venturoso y felicidad eterna para todos. Un futuro finito –que puede durar hasta 366 días en los años bisiestos- y tan improbable como determinar el estado del clima que acompañara nuestra próxima visita turística a la constelación de Orión.
Nada ha cambiado en la naturaleza profunda del hombre desde el instante mismo en que pisó la tierra. Lleno de pavor trató de encontrar, en los secretos del universo, respuestas a sus sin respuestas. Aun cuando se postró ante montañas, piedras que asemejaban animales o tenían formas de hombres o mujeres, dólmenes, etcétera, no consiguió su objetivo.
Y ante el fracaso manifiesto construyó monumentos y conjuntos arquitectónicos que, desde los tiempos de las pirámides, sigue erigiendo a supuestos dioses que –diezmó mediante- garantizan el bienestar material de ministros, curas y pastores, que se muestran rozagantes ante una feligresía por lo general famélica y alejada de la protección de cualquiera de las deidades que pululan en el hipermercado de los dioses.

Es decir alguien hace creer a otro de sus supuestos poderes sobrenaturales que le permiten estar al tanto de cosas desconocidas del pasado, del presente y del futuro de las personas y del universo.
“Conocimiento” que se basa en la creencia de que el “pensamiento divino” puede ser captado por el entendimiento humano sin la concurrencia de la razón. Siendo el intermediario “un elegido” por los dioses que suele presumir de inmortalidad.
La adivinación se encuentra en el sustrato más profundo del cerebro humano. Allí donde radican todos los miedos y temores. Batalla, pese a los indudables progresos de la razón, que parece perdida. Se lucha en contra de aquellos que denuestan los programas de vacunación, las transfusiones de sangre, las acciones de prevención de males endémicos que crecen de la mano de la pobreza, aguas servidas, basurales que fomentan la aparición de todo tipo de alimañas y roedores.
Cuestión que no remite sólo a la suerte del hombre y su salud sino a la desprotección a la que lo someten los más diversos sistemas económicos para los cuales son apenas un número más en su esquema productivo.
Los magos y sacerdotes fueron los primeros grandes timadores explotadores de la humanidad. Sus sortilegios sirvieron para que enriquecieran y pronto –como un anexo a su sacra actividad- crecieron en prósperos negocios inmobiliarios y de intermediación financiera razones suficientes para que los sacramentos adquiriesen gran valor como objeto de comercio.
Chinos, asirios y caldeos –a partir del conocimiento de la escritura- disputan la paternidad de la adivinación. Sin ser expertos en la materia pero tras una larga como fecunda lectura sobre los mitos de la antigüedad clásica concluimos que los contendientes ofrecen documentación provisoria cuya validez puede relativizarse con la aparición nuevas pruebas que confirmen o desechen antiguas certezas. En el Libro de los Cambios chino, compilado hacia 1140 antes de nuestra era, fue en su origen un manual de adivinación que gradualmente, se convirtió en el depositario de toda la filosofía práctica que nos ayuda a afrontar el devenir del destino.

Al largo período durante el cual tiene lugar su elaboración, iniciada aproximadamente en el siglo IX antes de nuestra era, el cronista añadió una ingente tradición de glosas y comentarios que se han ido sumando a lo largo de los siglos, por los más diversos autores, hasta llegar a nuestros días; lo que hace que sea el texto que mayor influencia ha tenido en China durante los últimos tres mil años, sin olvidar la gran influencia que ha ejercido sobre la cultura occidental. El texto expone el arte de la adivinación por figuras geométricas. Y se afirma que este método estaba extendido por toda China, India y Pakistán y la costa africana del Océano Índico siendo Marco Polo el introductor en Europa de nuevas supersticiones y supercherías.
Similar era el método empleado por los antiguos magos de Caldea. Son numerosos los tratadistas que acercan al tema desde diversas aceras. Diferencias que muchas han provocado auténticos magnicidios y guerras interminables que –a pesar del paso del tiempo- sus huellas son tangibles en la rivalidad y el desprecio entre pueblos y naciones.
La predicción y la alquimia llenaron de fantasías nuestra infancia y adolescencia. Los primeros descubrimientos de reinos llenos de sortilegios los encontramos en los clásicos griegos, siendo el teatro y los títeres vehículos eficientes de difusión y ordenamiento social.
Los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm poblaron nuestra imaginación y nos ayudaron a soñar en mundos diferentes. Mundos imaginarios donde el bien y el mal convivían en constante tensión. Muchos siglos después, un historiador profundo devenido en guionista de historieta –Robin Wood- nos llevó de la mano por los meandros de la historia y expuso como pocos el mundo de embrujos y encantamientos que han acompañado al hombre y al poder desde siempre.
La antigüedad clásica marchaba rumbo al oráculo de Delfos; otros consultaban a quienes trataban de adivinar el futuro en las entrañas de las aves, ovejas y carneros.
Y fueron moda los hechiceros laponeses del siglo XVII. Ganaron auténticas fortunas y así forjaron una de las más poderosas flotas que navegaron los gélidos mares del Ártico. Grande fue su éxito cuando se lanzaron a la conquista del sur. Las ferias adivinatorias de Amsterdam, Londres y París. Siendo por cierto –a tenor de los cronistas- las más rutilantes las que celebraron Lisboa, Cádiz y Sevilla.

Los brujos llegados del norte montaron shows de tambores sagrados por medio de los cuales aconsejaban las formas de negociar en países extranjeros; la manera de curar las enfermedades; y, un capítulo de especial tratamiento era la cuestión de los honorarios que eran enmascarados en sacrificios que sus dioses aceptarían gustosos. La moda duró poco habida cuenta que un pariente del Duque de Orleans se olvidó de pagar los servicios prestados y, los lituanos –hombres de poco humor- pasaron a degüello al moroso.
Un experto oriundo Tala Huasi, mientras describía el arte de dar vuelta el rastro y “curar las bicheras” explicó que no todos los adivinos son lo mismo. Están “los mecanicistas”, amantes de la adivinación artificial mediante agüeros, horóscopos, buenaventuras, interpretación de prodigios, relampagueo, augurios y otros medios semejantes, y la adivinación natural por medio de sueños y oráculos proféticos, tenidos por revelación directa de la voluntad divina o por intuición interior alumbrada con fuerza irresistible dentro del alma.
Agradecimos y comenzamos a caminar. El Hombre, pensamos desesperadamente, continúa su involución. Qué rápido retornamos a las cavernas. Hemos dejado de escribir y razonar. Un adolescente medio usa apenas 250 palabras y un adulto, 300. Eso sí, invaden iglesias, templos y capillas donde le aseguran el retorno a la servidumbre y a la esclavitud y con ello, al mundo de las supersticiones. ¿Qué hacemos?¿En qué nos comprometemos a la hora de soñar con una sociedad mejor e inclusiva?

¿Qué respuesta ofrecen los creyentes a esta cita bíblica: “No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni encantador, ni adivino, ni mago ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquier que hace estas cosas… Perfecto serás delante de Jehová tu Dios. Porque estas naciones que vas a heredar, a agoreros y adivinos oyen pero a ti no te ha permitido esto Jehová tu Dios. (Deuteronomio 18:10)”?

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