Espacio de restauración

Por Mariela Furlan* - Exclusivo para Comercio y Justicia

Se trataba de una mediación por un juicio de mala praxis en una cirugía. Se presentaron a la 1ª audiencia la señora Lucía y su abogado patrocinante y tres letrados más, cada uno de ellos representando a una compañía aseguradora diferente -la del cirujano, la del anestesista y la del sanatorio privado donde fue realizada la cirugía-, todos ellos con poder de sus asegurados.

Con pocas esperanzas decidieron iniciar la mediación, dado que la propuesta económica hecha previamente estaba muy alejada de las expectativas que había expresado oportunamente el abogado de la actora.

Luego de explicar a Lucía las posibilidades y garantías del proceso, la escuchamos. Ella comenzó su relato con un tono de gran congoja, comentando que lo ocurrido le había cambiado la vida y que nada podía volver las cosas atrás. Explicó que a raíz de un fuerte dolor abdominal fue internada con presunción de apendicitis y horas más tarde fue intervenida de urgencia. Que no recibió información previa a la cirugía, que mientras le colocaban la anestesia peridural empezó a sentir un fuerte dolor en las piernas, que se lo expresó al anestesista y luego no recuerda nada más, hasta que despierta sola en el quirófano. Luego, un camillero la llevó a otra sala. Se sintió abandonada, deshumanizada y vulnerable.

Después del alta volvió a la clínica, manifestando falta de control de esfínteres, falta de sensibilidad abdominal y gran dificultad para movilizarse, al punto de no poder hacerlo por sí misma. Quedó internada en observación una noche y luego le pidieron que volviera a su casa porque podía contraer un virus intrahospitalario.

Posteriormente, con rehabilitación pudo recuperar en parte su movilidad, pero no resolver el tema de la insensibilidad abdominal, y por ende, la actividad evacuatoria.

Debe usar pañales, lo cual condiciona su vida social, y ya no puede realizar la actividad deportiva que practicaba, entre otras cosas. Reclama que a los médicos nunca más los volvió a ver, que nadie se hizo cargo y que ahora las aseguradoras quieren resolver las cosas con unos pesos. Le preguntamos si le interesaría hablar con el anestesista (doctor A) y con el cirujano (doctor C) y ella respondió que sí.

Luego pasamos a una reunión privada con los abogados de las aseguradoras. Cuando les preguntamos sobre la posibilidad de que los médicos asistan, manifestaron que sería muy difícil y, además, innecesario: ellos eran apoderados. El abogado del cirujano comentó que su cliente estaba muy enojado con este juicio que manchó su reputación, consideraba que no tenía responsabilidad alguna, que la cirugía había sido exitosa y no comprendía por qué estaba involucrado. El abogado de Lucía explicó que accionó también en su contra porque era el jefe del equipo de cirugía. Las mediadoras insistimos en invitar a ambos para la próxima reunión.

A la segunda audiencia asistieron tanto el doctor C como el doctor A. El doctor C pidió audiencia privada y manifestó su gran enojo por el daño que esta paciente le ocasionó con una denuncia injustificada, ratificó el poder que le dio a su abogado y se retiró.

Atendiendo los relatos de Lucía y del doctor C recordé a Sara Cobb, quien afirma que “con suma regularidad los disputantes construyen al ‘otro’ o a los ‘otros’ como responsables del desenlace negativo, lo que tiene dos consecuencias discursivas: 1) la construcción de uno mismo como víctima y 2) la construcción del otro como victimario. En la práctica, los disputantes no atribuyen el desenlace negativo a sus propias intenciones ni al destino, al azar o ala suerte, sino que sistemáticamente culpan a las malas intenciones del otro. Por esta razón la atribución de intenciones negativas en la narración parece constituir un requerimiento discursivo para la construcción de una narración del conflicto” (1).

También en audiencia privada explicamos al doctor A la causa de nuestra invitación y la importancia de su participación. Al encontrarse con Lucía la saludó respetuosamente, la escuchó y luego, en tono amable comenzó a explicarle que el Síndrome de Cola de Caballo -así se le denomina a su dolencia- es un riesgo de este tipo de anestesia; que a pesar de todos los recaudos, en algunos pacientes se presenta.

Que lamenta mucho lo ocurrido. Le aclaró, además, que ni bien ella expresó molestias interrumpió la intervención para sustituirla por anestesia general y que permaneció en la sala contigua hasta que ella despertó y la trasladó el enfermero. Un clima de comprensión y respeto mutuo reemplazó la tensión inicial del encuentro. La aceptación del doctor A de participar personal y activamente en la resolución del conflicto, pudo restaurar el vínculo quebrantado.

Simultáneamente, en otra sala los abogados acordaban la cuestión económica, aceptada sin objeciones por Lucía, quien al firmar el acuerdo manifestó que el haber sido escuchada, comprendida y tenido oportunidad de hablar directamente con el doctor A fue el mejor resarcimiento que podía tener.

(1) Cobb, S.: Una perspectiva narrativa de la mediación en J. Folger & T. Jones Nuevas direcciones en mediación

* Mediadora, licenciada en Psicología

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