El desafío de educar en la cibersociedad

Por Daniel Gattás* -Exclusivo para Comercio y Justicia

Sin dudas, educar y formar en el marco de una sociedad altamente tecnificada, particularmente a jóvenes que disponen de un conjunto de herramientas imposibles de imaginar en un pasado cercano, es un desafío al que nos vemos expuestos día a día los docentes de todos los niveles.

El politólogo Giovanni Sartori ya se ocupaba de ello cuando publicó, en 1997, el Homo Videns y la sociedad teledirigida, en el que plantea un futuro casi apocalíptico mediante argumentos provocadores para la época. Arremetía contra la consolidación de una sociedad basada en la imagen, dominada por la cultura de lo visual, y estaba convencido de que la imagen iría desterrando la palabra escrita. La revolución tecnológica que transformó el mundo -y particularmente la educación- implicaba que el homo sapiens, el ser capaz de reflexionar y generar abstracciones, se iba convirtiendo en un homo videns, una criatura que mira pero que no piensa, que ve pero que no entiende.

El proceso comienza en la infancia, cuando la televisión es la primera escuela del niño, en la que se educa con base en imágenes que le enseñan y lo llevan a pensar que lo que ve es lo único que existe.

Así, la función simbólica de la palabra queda relegada frente a la representación visual. El niño aprende de la televisión antes que de los libros; se forma viendo y no leyendo.

Mundo caricatura
De todos modos, vale aclarar que Sartori nunca cuestionó al homo ludens, es decir a la persona que desea distraerse y pasar un buen momento frente al televisor. Lo que sí le preocupa es el futuro del niño cuya concepción del mundo se vuelve una caricatura que le hace conocer la realidad por medio de imágenes y la reduce a éstas.

Por ende, su capacidad de administrar los acontecimientos que lo rodean queda condicionada a lo visible y su capacidad de abstracción es sumamente pobre, no sólo en cuanto a palabras sino fundamentalmente sobre la riqueza del significado de esas palabras.

Así, el concepto va quedando sumergido entre colores, formas y secuencias, dejando a un lado la asimilación de las palabras, que requiere del conocimiento y de un lenguaje adecuado.

Lo más preocupante es que desde la aparición del libro de Sartori han pasado 17 años, con lo cual el problema se ha complejizado; ya no es sólo la TV sino los celulares con todas sus prestaciones, las tablets y la web.

La educación debe dar una respuesta a esta problemática, ya que la institución educativa que nació para proporcionar información y facilitar el conocimiento compite ahora con fuentes de una increíble credibilidad -valga la expresión irónica-, como es la TV, cuyo objetivo no es formar ni informar ni educar, sino más bien capturar audiencias para venderlas a sus anunciantes. Es de recordar que la TV es la tercera actividad en tiempo empleado, después del trabajo y el sueño, en la mayoría de los habitantes de los países occidentales.

El valor de las ideas
¿Cuál es mi sensación como docente? Que hay que aprovechar los maravillosos avances tecnológicos como herramientas que faciliten y ayuden a enseñar y aprender. Pero creo primordial rescatar el valor de las ideas y volver a la pedagogía de la pregunta, a la vieja mayeútica socrática, aquella que permitía ir acercándose a la verdad mediante la reflexión.

Para que ello ocurra hay que inmunizarse frente a la omnipotencia de las certezas y abrir un gran espacio a la duda. Según Platón, el arte socrático tenía las mismas características que el trabajo de las comadronas que ayudaban a dar a luz, pero difiere de él en que hace parir a los hombres (como especie) y no a las mujeres, y en que vigila las almas y no los cuerpos.

La tecnología nos ofrece medios para usar pero no para tomarlos como un valor absoluto; debe ser utilizada como corresponde, aunque nunca para suplir nuestra incapacidad o nuestra desidia. Nos hace la vida más cómoda pero no más humana; más rápida pero no más plena; más divertida pero no más feliz.

Otro aspecto sobre el cual hay que hacer foco y resolverlo es la confusión habitual entre información y conocimiento. Lo que hacemos los docentes es transferir información, pero el conocimiento es algo personal que implica información interiorizada e integrada a las estructuras cognitivas del sujeto. No podemos transmitir conocimientos, sólo información, que puede o no ser convertida en conocimiento por el receptor en función de diversos factores, como sus conocimientos previos o la adecuación y estructuración de la información a quien la recibe.

Para que todo ello sea posible hay que comprometerse, comprender que nuestro país no es, si no que está siendo. Supone terminar con el determinismo que inmoviliza. Debemos asumir que somos protagonistas de la historia y que podemos cambiarla. Y para que sea creíble, hay que corporizar nuestras palabras con el ejemplo.

* Doctor en Ciencia Política. Docente UNC, UCC y CUP.

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