Coaching: una actividad que requiere formación profesional

Por Leonardo Wolk *

A comienzos de los 90, el coaching daba sus primeros pasos fuera del ámbito deportivo, donde nació. Era una profesión emergente, innovadora, creativa, con pujanza de transformación. Con algunas desprolijidades inherentes a la propia espontaneidad creativa y a que en muchos aspectos iba construyendo una teoría a partir de su práctica, la fuimos sosteniendo.

Hoy, más de dos décadas después, el coaching ya se constituyó en una profesión reconocida y consolidada. Los coaches sólo tenemos que sostener la práctica, tanto desde una sólida y solvente formación como desde una ética inquebrantable e irrenunciable.

Lamentablemente aún hay puntos de vulnerabilidad en la profesión. Algunos son generados por la proliferación de programas de formación, que aseguran poder certificar como coaches a los participantes en actividades de fin de semana o en cursos cortos que no permiten el desarrollo de las competencias necesarias para un adecuado ejercicio profesional.

Inclusive algunas organizaciones que por un lado certifican internacionalmente programas serios y responsables, contradictoriamente también avalan ese otro tipo de cursos. Muchas empresas tienen programas internos que erróneamente denominan coaching la capacitación en cómo dar feedback. Los buscadores de Internet están plagados de increíbles ofertas con estrambóticos nombres, que no hacen más que presentar una imagen deformada de lo que realmente hacemos: implican problemas éticos, denostan la teoría y la práctica de una noble profesión y generan peligro para los clientes.

Actualmente no existe todavía una reglamentación clara ni un reconocimiento oficial ni académico, lo que hace que los coaches formados en organizaciones con prestigio convivan con quienes apenas cuentan con formación o preparación previa, por lo que la calidad del servicio puede ser muy variable.

La mala práctica es un riesgo para la sociedad, incluso en el ámbito del coaching, en el cual el cliente es quien asume la responsabilidad de decidir y alcanzar sus objetivos.
El coaching articula marcos conceptuales originados en la lingüística, la filosofía, la psicología, el pensamiento sistémico y la biología, con teorías y métodos provenientes del comportamiento organizacional y el aprendizaje transformacional. Se nutre, además, de aportes multidisciplinarios como el management, la teoría de las organizaciones e integra otros desarrollos tales como inteligencia emocional, técnicas corporales y de acción, etcétera.

Aboguemos por una integración pluralista, enriquecedora de nuestra teoría y nuestra práctica. Apostamos a un coaching en diálogo con otras disciplinas que establezcan conexiones y que esté abierto a una multiplicidad de dispositivos técnicos. Asimismo, el objetivo es combatir el dogmatismo, los ritos y la puerilidad o la inconsciencia de nuevos conversos quienes, disponiendo de una escasísima o ninguna formación, descubren en el coaching la vocación oculta de toda una vida y asumen sin ninguna crítica metodologías poco fundamentadas. Éstas, encubiertas bajo nombres espectaculares, pretenden introducir en el mercado técnicas que sólo sirven para la manipulación del consultante.

Es inadmisible formarse como coach con e-learning. No se puede aprender a nadar sin mojarse; no me dejaría intervenir quirúrgicamente por alguien que haya estudiado cirugía a distancia; no elegiría como coach a alguien que no haya pasado por un proceso personal de coaching ni haya tenido durante su formación horas y horas de práctica con supervisión. Apelando a lo constructivo, la invitación es a reforzar, profundizar y perfeccionar el aprendizaje.

Una profesión se depura y consolida con la formación, la investigación, el entrenamiento, el aprendizaje permanente y la supervisión continuada en el tiempo.

*  Autor de Coaching para Coaches. Teoría y práctica de la supervisión

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