Abecasis, el último político humanista

Por Alicia Migliore*

Por Alicia Migliore (*)

“Ser radical en todo y hasta el fin”. Esa frase de Hipólito Yrigoyen es citada con bastante frecuencia, pero pocos pueden llevarla como lema de vida, sin claudicaciones ni cuestionamientos. Exige convicción y renunciamientos.
Elegir el camino correcto lleva implícito descartar el más cómodo.
En tiempos de desideologización, de crisis de valores, de paradigmas fatuos, de liderazgos efímeros, de individualismos extremos, de descalificación política, rescatar figuras de prestigio indiscutido constituye una obligación para el futuro y las generaciones que descreen de la humanidad y las instituciones que sostiene.
Es urgente -entonces- rescatar la figura de un hombre bueno, que honró los principios del radicalismo poniendo toda su capacidad al servicio de la causa que abrazó en su juventud, promoviendo toda acción que tuviera a los seres humanos como sus destinatarios, su bienestar y crecimiento.
Tal vez alcance con la bondad, pero cuando se trata de política es necesario el coraje para resistir las malas influencias, para evitar la corrupción, para no regodearse en el poder, para determinar qué sectores resultan afectados con cada medida que se dispone y cuál es el beneficio que la sociedad obtiene de ella.
Bondad, coraje y una capacidad excepcional fueron los atributos del profesor Alberto Abecasis, “Tito”, como lo nombramos todos los que tuvimos el honor de conocerlo.
¿Qué diremos de Tito y sus múltiples facetas? Podremos abordarlo desde distintos ángulos:
Si pensamos en la historia lo distinguiremos como el destacado profesor de numerosas generaciones que llegaban a completar los estudios en la ciudad de La Carlota, el miembro de la Junta de Historiadores del Sur y de la Junta Provincial de Historia, que recuperó significativos sucesos trascendentes del ámbito local, provincial y nacional.

El docente permanente que escribió artículos de divulgación de diarios regionales y provinciales, el que se apropiaba de los micrófonos de las radios y continuamente hacia docencia, el que fue reconocido por la Universidad de Río Cuarto para editar parte de su obra en investigaciones históricas.
Si escuchamos la música que Tito generaba, sabremos de su sensibilidad y su entrega. La que registró cada piano que tuvo al alcance de sus manos. La que disfrutaron los accidentales acompañantes o testigos de su encuentro con el instrumento amado, la misma música que entonaba si encontraba una guitarra, en un teatro o en la peatonal de Córdoba, camino a su banca de diputado. La que cantó su octeto y todos los grupos musicales y coros que dirigió o para los que propuso arreglos.
La música que escuchó su pueblo en el concierto navideño pocos días antes de su muerte, dirigiendo coro y orquesta y ejecutando al piano la Misa Criolla, de Ariel Ramírez.
Este maestro, con mayúsculas; este artista exquisito agregó a su experiencia de vida la incursión en la política y también allí descolló por sus condiciones personales: fue concejal en su pueblo y gestor cultural de su región desde la juventud, profesor de formación ética que nunca disoció su palabra de su acción, constituyendo un ejemplo incuestionable para sus alumnos.
Convencional constituyente de Córdoba, se anticipaba a su tiempo pidiendo gestos que no siempre fueron comprendidos.
Fue el que planteaba mayor empatía de los políticos con la ciudadanía proponiendo eliminar las tarjetas de libre estacionamiento y libre circulación; eliminación de autos oficiales, separación de Iglesia y Estado; educación laica; respeto por los disensos y por la diversidad cultural.
En su período como diputado provincial sorprendió a docentes y directivos de escuelas provinciales cuando irrumpía, sin aviso ni protocolo alguno, en los establecimientos para interiorizarse sobre necesidades y soluciones pendientes.
La cultura y la educación eran su desvelo permanente. Cosechó resistencias cuando defendió libertad de cátedra y educación laica en escuelas no confesionales, sabiendo que de esas batallas nunca se sale indemne.
Creía necesario acercar la política al ciudadano común, y, en ese desafío, elevó un proyecto que luego se plasmaría en la dirección de extensión legislativa. Le preocupaban las dificultades que afrontaban los más carenciados para regularizar propiedades y elaboró un proyecto de regularización inmobiliaria que naufragó en tormentas de intereses arraigados.
Hombre del interior, conocía acabadamente las dificultades que enfrentaban los bomberos voluntarios y se ocupó de las mismas. De igual modo hizo con los artistas, con los docentes, con los alumnos, las organizaciones no gubernamentales y aquellas cuestiones que pudieran encontrar un destino más equitativo por aplicación de políticas más equilibradas.
Con esta experiencia y la calidad humana que lo hizo merecedor de un homenaje de los diputados de todas las bancadas que compartieron su desempeño, salió a recorrer su pueblo con la pretensión de conducir el municipio mientras los pronósticos auguraban una derrota para su partido por más de diez puntos.

Recorrió cada casa, fortalecido por el pronóstico adverso y lo revirtió ganando la elección por importante margen. Una ciudad a medio camino, grande en su ejido y dispersa en su población, puso a prueba su creatividad en procura de un crecimiento armónico: hizo un plan estratégico, dio participación a los centros vecinales, diseñó un plan de viviendas que mereció menciones especiales en el Congreso Panamericano de Vivienda, los planes y proyectos educativos y culturales multiplicaron su oferta, el espacio público fue jerarquizado por la ocupación de los vecinos.
Con las propuestas de campaña en cada inauguración de sesiones del Concejo Deliberante, informaba cada avance a los vecinos, tildando cada detalle de su plataforma cumplido. Los vecinos lo eligieron por un segundo mandato y allí estuvo Tito, el intendente, supervisando cada centímetro de pavimento, cada gramo del hormigón del puente, cada bandera izada en los distintos barrios, cada foco de iluminación, cada evento cultural y social, realizando gestiones en organismos regionales con distintos municipios y con el gobierno provincial, sin utilizar más que su propio vehículo.
Quisieron, vecinos y gobernantes, que fuera candidato por un nuevo período pero Tito tuvo, en cada despacho que ocupó, un cuadro de don Arturo Íllia, al que miraba las pocas veces que un asunto le generaba dudas. La periodicidad de las funciones nunca se le presentó como cuestión sujeta a polémica: defensor de la institucionalidad y la república, siempre actuó en consonancia con su discurso.
Y se fue a su casa, mucho más pobre que cuando llegó, pero con la satisfacción de la transformación lograda y con la experiencia para el aporte siempre que le fue solicitada. Se fue sin enemigos, con el respeto de todo el arco político, adversarios internos o externos que lo combatieran dejando siempre a salvo su calidad humana y su jerarquía intelectual.
Y hace pocos días, se fue definitivamente el querido y admirado Tito. Dejó obra y ejemplo; en cada amigo dejó la sensación de exclusividad, la valoración y la importancia; en cada correligionario el espejo donde mirarse para aspirar a la excelencia; en los adversarios el camino a seguir para completar lo pendiente.

En la sociedad, queda una impronta exquisita que es necesario difundir y destacar.
Es imprescindible que, además de las tremendas noticias cotidianas, que muestran muertes, abusos, corrupción, y cuanta miseria humana pueda referirse, recuperemos los ejemplos de personas de la talla de Tito Abecasis, que apostaba al renacimiento humano desde la libertad.
Valorar su semblanza nos hará mejores personas y tal vez logremos construir una mejor sociedad. Ése fue su compromiso personal y lo sostuvo hasta su día final.

(*) Abogada-ensayista. Autora de los libros Mujeres reales y Ser mujer en política

1 Comentario en "Abecasis, el último político humanista"

  1. Avatar Débora Abecasis | 22 enero, 2019 en 2:52 pm |

    Hermosįsimo Alicia Migliore!!! Muchas gracias!!!!

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