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Usar las instituciones para delinquir

Por Luis A. Esterlizi* - Exclusivo para
Comercio y Justicia

Por Luis A. Esterlizi* - Exclusivo para Comercio y Justicia

 Por Luis A. Esterlizi *

Casi todas las definiciones de lo que es una mafia coinciden fundamentalmente en que es una organización de carácter secreto constituida para delinquir.
En nuestro país, aunque el fin puede llegar a ser el mismo, creemos que es fundamental analizar el origen de sus conformaciones que, sin lugar a dudas, son derivadas de un conjunto de factores que -a mi criterio- provienen de una crisis generada a partir de los últimos 40 años, más precisamente desde el golpe de 1976.
Por empezar, pensemos que el comienzo de la democracia en 1983 no pudo desembarazarse de los vestigios de un modelo de construcción de liderazgos de fuerte connotación caudilleja que prosperó en torno a las cualidades para conducir, tanto en instituciones públicas como en organizaciones privadas.
Esto implica la concentración de un poder en un solo líder, que moviliza gran presencia de personas y estructuras de cuadros. Es decir, dispone de un poder de movilización y de presión ante el conjunto de la sociedad como ante otras entidades. Pero no fue solamente eso, ya que dicho proceso coincidió por varios años con el deterioro y el descontrol de ciertas administraciones públicas y organismos del Estado, tal como la seguridad, la justicia, etcétera. Pero también en entidades privadas sean éstas gremiales, empresariales o corporativas multiuso.
De esta manera, fueron vehículos de tales pretensiones mutuales, cooperativas, centros vecinales, clubes deportivos, asociaciones gremiales y entidades empresarias, así como instituciones policiales, del ejército, jueces, funcionarios y gobernantes, etcétera.
Como subproducto de una crisis que se presenta como sistémica, perdieron credibilidad ante la sociedad y pasaron a ser cuestionados y muchas de estas instituciones, en el desprestigio, fueron consideradas inapropiadas para existir como tales.
Dentro de esta decadencia político-institucional, la sociedad también sufrió los avatares de esta crisis, incidiendo especulativamente como para que muchos pensaran que dentro de tremendo pandemónium había una posibilidad de salvarse por sí mismos. En definitiva, el individualismo le ganó a la solidaridad.
Con esta crisis social, sumada a la decadencia ética y moral que recayó sobre la dirigencia en general, se fue armando un combo apto para que el narcotráfico y la delincuencia encontraran aliados circunstanciales en estructuras del Estado como en entidades de la seguridad, la justicia, en gremios y empresas, pero también en los sectores empobrecidos y marginados.

Actualidad
A esta altura de los acontecimientos descriptos, ya nadie puede dudar de que nuestra crisis es irremediablemente de carácter sistémico, porque no sólo ha horadado el cuerpo social de Argentina sino -además- afectado el rol y las funciones de muchas instituciones, entidades intermedias, gobiernos y organismos públicos que otrora eran respetados por los ciudadanos.
Y es aquí, en este preciso momento del desarrollo de los acontecimientos, que deberíamos advertir sobre que la esencia de nuestra organización social -que fue tomada como un ejemplo a destacar en Latinoamérica e incluso en el mundo debido a la conformación de libres organizaciones sociales y sectoriales- hoy por la denigrante actuación de muchos de sus dirigentes comienza a ser cuestionada.
Y es aquí también cuando no debemos equivocarnos o confundirnos, sobre todo a partir de los que dicen combatir a las mafias como aquellos que pretenden adocenar y domesticar a muchas de las entidades comprometidas con este flagelo.
Una cosa es ir contra las mafias y, otra, recuperar el prestigio de las instituciones públicas o privadas en libertad y resguardo de sus auténticas misiones.
Con relación a las entidades empresarias como de trabajadores, como es el último de los detonantes puesto hoy en la escena pública, será necesario como imprescindible el asomar de nuevas conducciones munidas de valores y virtudes esenciales comprendiendo que ambos sectores se necesitan -imprescindiblemente- por constituir las partes primordiales de una misma ecuación.
Sería imposible sin la concurrencia armónica de ambas instituciones alcanzar el crecimiento económico y desarrollo social que necesita Argentina.
Y para avanzar en este proceso, no todo depende de la decisión de un líder iluminado ni de un grupo de elite. Resulta imprescindible que sea la propia comunidad que -imbuida del sentido de pertenencia e involucrada en el recupero de su dignidad- asuma el protagonismo que impulse la renovación de dirigentes políticos, sectoriales y sociales donde sea necesario, no porque sean viejos sino porque están ganados por el personalismo y la corrupción.
Es posible que algunos aprovechen estas circunstancias para que, desde sus propios intereses, se afecte la existencia de aquellas entidades que cargan con el peso de las dudas sobre hechos consumados por alguna camarilla de dirigentes corruptos.
Pero la validez de sus existencias, según el sentido de organización y razón social, es más que importante para despejar la paja del trigo, sabiendo que un país desorganizado, sin sentido de pertenencia y convulsionado por enfrentamientos internos, será presa fácil de los que pretendan consumar sus espurios intereses sin importar los métodos ni la afectación de la paz entre los argentinos.

(*) Vicepresidente 2º – Foro Productivo de la Zona Norte.