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África, el continente de la desesperanza eterna

Enrique-Escudero

África celebra, sobre los cadáveres de millones de seres humanos, su eterno ritual de muerte. Ritual que remite a las horas más trágicas de la humanidad. Aquellas en que reinaba la peste negra y la viruela.
Hoy, allí, el sida mata cada día tanta gente como la que murió en la matanza de Srebrenica -el hecho más sangriento que tuvo como escenario Europa desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial-, y triplica, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el número de muertos por las atrocidades serbias que, como recordamos, motivó la “intervención humanitaria” de los Cascos Azules en Kosovo.
Es decir que los funerales que se celebran diariamente en todo el continente por enfermedades asociadas al sida rondan 10.000, cifra en constante crecimiento. La tragedia adquiere otra dimensión cuando al desagregar las víctimas por edad se descubre que una cuarta parte son niños.
El resto del mundo, sordo y ciego, apenas si presta atención a tanto infortunio y desdicha. Deja el cuidado de los enfermos y las tareas de prevención en manos del voluntariado internacional que milita con fiereza y distribuye sus más que escasos recursos haciendo realidad aquello de la multiplicación de los peces y los panes.
Están solos porque África no figura entre las prioridades de los países ricos ni en la agenda secundaria de los ministerios de Relaciones Exteriores o de Salud de Europa y Estados Unidos. Quizás porque, para ellos, en sus territorios la sensación de crisis ha pasado.
Ésa es la gran brecha que separa los ricos de los pobres más pobres; entre el Norte privilegiado y el Sur hambriento y postergado. Entre las naciones colonialistas y los pueblos que han proporcionado mano de obra esclava para forjar la sociedad capitalista que aprovecha en beneficio propio las supersticiones, los prejuicios, las obsesiones, la impudicia, la corrupción mientras arma guerras y extermina a los vencidos.

Sin embargo, esa tragedia no es la que intentamos visibilizar esta vez. Queremos centrar nuestra atención en la violencia de la banda yihadista Boko Haram, que ha provocado -con la complicidad de los fabricantes de armas, las grandes petroleras y los traficantes de oro y piedras preciosas- una crisis alimentaria sin precedentes en la región del Lago Chad. Apropiándose, en nombre de un dios carnicero, de las esperanzas y el futuro de miles, millones de seres humanos.
El culto al odio es la verdadera ideología de esta banda de origen nigeriano, que lucha por instaurar un califato islamista. Insistimos, ha provocado una crisis alimentaria sin precedentes en el norte de Nigeria y la región de Lago Chad, una zona de islas y canales donde confluyen las fronteras de Camerún, Chad, Nigeria y Níger. Deriva asesina que ha causado la muerte violenta de miles de personas desde su instalación, allá por el 2009, y ha obligado a huir a más de 2,6 millones de personas, que llegaron a las fronteras en busca de algún refugio en los países limítrofes, para apenas sobrevivir en cientos de campos de refugiados.
El clima de guerra civil es creciente. La presión militar, a pesar de su intensidad, no alcanza para derrotarlos. Es que cientos de estos guerrilleros de Alá han encontrado un refugio casi inexpugnable en el laberinto de islotes del lago desde donde lanzan sus ofensivas que se traducen en asesinatos y secuestros masivos, a las que suman atentados suicidas en los que utilizan mujeres y niñas con cinturones bombas.
Miles de personas han huido y huyen aterrorizadas hacia el desierto, decisión que es otra forma de morir, ahora por hambre y sed en medio de la nada. Debido a la inseguridad, no pueden regresar a sus cultivos o salir a pescar, así que viven a merced de la ayuda exterior. Once millones de personas necesitan asistencia humanitaria urgente.

Los testimonios de los sobrevivientes son pavorosos. “Antes -dicen- estábamos organizados, teníamos jefes. Había quien hacía el comercio, otros cultivaban el campo, otros pescaban. Comíamos bien. Cuando llegó Boko Haram, todo desapareció con el fuego: las casas, nuestros bienes, nuestros animales (…) Nos encontramos sin refugio, dependientes de los humanitarios. La vida es un sufrimiento”. Están demasiado lejos de su vida anterior que ha desaparecido para siempre. Porque esta gente, explica un experto de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), ya no puede trabajar, no tiene animales, no puede pescar, así que su situación es crítica. “Si no llega la ayuda exterior, habrá muchos muertos. Morirán todos. Eso es seguro”, destaca.

La ONU calcula que necesitará 1.500 millones de dólares para hacer frente a la emergencia. De momento en caja sólo hay buenas intenciones y enormes promesas incumplidas. Según la prensa europea, en la conferencia de Oslo del mes de febrero se prometieron 432 millones de euros para este año. En la Oficina de Ayuda Humanitaria de la Comisión Europea (ECHO), Olivier Brouant insiste en la necesidad de que Europa responda a la catástrofe. “Como primera razón, Europa tiene la voluntad de defender los valores universales de la solidaridad para ayudar a poblaciones que están en una situación humanitaria crítica (…) pero además hay un interés geopolítico de estabilizar una región muy frágil y con una atmósfera muy degradada en cuanto a seguridad en los países vecinos”.
El odio de Boko Haram se ha cebado con una región frágil y en rápido crecimiento demográfico, donde la pobreza es endémica y la inversión en infraestructura es nula o escasa. Los yihadistas, que se nutren de esa desesperación, se aseguran que no haya futuro. En los últimos años han destruido 1.200 escuelas, asesinado a cerca de 650 profesores y obligado a huir a más de 19.000.
El problema de la salud es aún más grave. El servicio de clínicas móviles -de extraordinario resultado- recién se pudo poner en marcha en abril de 2016 por razones de seguridad, una vez que la zona se desclasificó como de inseguridad crítica.
La situación era catastrófica, explica Jean Luboya, responsable del programa de nutrición en la región del Sahel occidental para Unicef, que asiste al gobierno chadiano, ya que el Ministerio de Salud encuentra muchas dificultades para hacerlo de forma autónoma y no existen infraestructuras básicas. “Tras la emergencia del conflicto, quedará aún mucho por hacer”, admite. “La salud y la educación se encuentran en un estado catastrófico. Hay menores que no han sido vacunados ni escolarizados. Habrá que seguir con todo este trabajo.”

Tampoco el Estado chadiano, por sí, puede responder a una crisis nutricional. Si las organizaciones internacionales se retraen habría grandes problemas de viabilidad.
Las ONG, como siempre, vuelven a desempeñar un papel que no les gusta. Prefieren acompañar a las autoridades pero actualmente las condiciones no son propicias para lograr este objetivo. La gran batalla se libra en la región del Sahel chadiana, la zona entre Abéché y el Lago, que enfrenta crisis nutricionales y alimentarias periódicas.
La falta de agua potable y de acceso a saneamiento están entre las primeras causas de mortalidad en el país. El cambio climático y la desertificación por influencia directa de los vientos del Sahara generan que, desde hace años, no haya agua suficiente, las cosechas sean escasas y la mortandad de animales creciente, por lo que se genera un problema casi insoluble para una población de agricultores y pastores.
La caída del precio del crudo también ha contribuido a agravar la situación, al privar al gobierno de su principal fuente de recursos.
“Hacía falta muy poco para que la situación se convirtiera en catástrofe, lo que ha ocurrido con la llegada de Boko Haram”, subraya Mamadou Ndiaye, responsable de nutrición para Unicef Chad. Si no se actúa de manera urgente -insiste- “existe el riesgo de encontrarse en la misma situación que vive Sudán del Sur”.