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Venezuela, sin tiempo y con el mayor desafío

gondolas vacias

Por Javier De Pascuale – jdepascuale@comercioyjusticia.info

El proceso social y político que Venezuela inauguró hace ya 18 años se encuentra frente a su mayor desafío: dar señales concretas a las fuerzas sociales del país de que la gran depresión que comenzó en los últimos meses de 2012 y que se extiende hasta la actualidad, tiene una salida plausible y que no es la desintegración estructural de su sociedad, como lo anuncian vastos sectores internos que, aliados a poderosos intereses externos, buscan ponerle fin a la “aventura” bolivariana.
La profundización de la recesión, que sólo para este año puede sumar otros 7 puntos de caída del Producto Interno Bruto, impactó de lleno en todas las variables macro de una economía que nunca logró salir del todo de su carácter monoproductor y dependiente de la renta petrolera. Desempleo y crisis social, escasez de alimentos y medicinas, cierre de empresas privadas, inflación y falta de divisas para individuos y empresas son aspectos diferentes de una misma crisis que se expresa hoy en un sistema político inestable y en el surgimiento de nuevos mediadores sociales, movimientos y colectivos que buscan expresar las demandas de una sociedad en puja distributiva permanente.
Se impone un pacto social amplio, un acuerdo nacional que siente las bases para una salida que preserve las dos condiciones primigenias que hacen a un Estado: una relativa paz y el reconocimiento de la autoridad estatal. Sin embargo, el gobierno de Nicolás Maduro y su movimiento político no han logrado liderar ese proceso y llevarlo a buen puerto.
Durante los primeros años de la crisis, su gobierno recurrió a opciones marginales del modelo inaugurado por Hugo Chávez e incluso no previstas originalmente, de modo de forzar una retirada de los sectores concentrados que están empeñados en la estrategia destituyente.
La estrategia fracasó y siguieron luego idas y vueltas en torno del manejo de las políticas monetaria, económica interna y del comercio exterior, que fueron cayendo una a una en efectos no deseados por las autoridades.
Sin dudas, la temprana muerte de Chávez debilitó el intento de construcción de una sociedad poscapitalista en el país caribeño, al tiempo que fortaleció los sectores del poder tradicional que sueñan con desbaratar el proceso y sumar el nuevo socio del Mercosur al bloque que Estados Unidos creaó para protegerse del crecimiento exponencial de China y las nuevas potencias asiáticas: la Alianza del Pacífico.
El nuevo invento estadounidense no tiene en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y en la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) un contrabloque de resistencia, ya que la misma muerte de Chávez y el retroceso de las experiencias “populistas” en el continente parecen haber puesto en crisis las nuevas plataformas de construcción de la Patria Grande. Con una Unasur conducida por Ernesto Samper vaciada por sus propios integrantes, y una Celac que perdió su potencia original, se expresaron con más fuerza las debilidades de la región, y las economías más grandes -empezando por la brasileña- comenzaron a desandar su propio camino sin esperar a las más chicas.
Así, Venezuela no encuentra tampoco fuera de sus fronteras una zona de confort que le otorgue aire político a sus crisis interna. Optó por “un cambio estructural profundo, total, en todos los mecanismos” de administración de divisas cuando la cartera económica china buscó en 2014 impulsar el abandono del dólar en el comercio internacional.

Era una salida a la “guerra de monedas” abierta al corazón del capitalismo internacional entre sectores vinculados con el euro con aquellos que apostaban por el dólar o por una nueva relación entre ambos que, junto con el estallido de la deuda estadounidense, puso en jaque el precario equilibrio económico mundial, y China, acreedor principal de Estados Unidos, buscó proponerle al mundo la creación de una nueva unidad de medida del comercio internacional. Una nueva moneda de comercio que, de constituirse luego en reserva de valor para los bancos centrales, dejaría a Estados Unidos sin la base de sustentación del gran poder que tiene hoy en el mundo.
China no logró la respuesta esperada, se encerró sobre sí misma, consolidó su sistema de alianzas y por estas horas, en la cumbre del Brics, en Xiamen, intenta convencer a las potencias regionales del mundo de que no hay estabilidad económica mundial con los pies de barro de una moneda fiduciaria asentada en un poder también fiduciario, ya que el viejo “gendarme del mundo” dejó hace casi 20 años de serlo.
Venezuela no puede esperar que el mundo cambie y que le devuelva el “viento de cola” que necesita para atender a sus demandas internas, agravadas por la furiosa sangría de divisas que sufre su economía desde hace años.
El país es el escenario furioso de un experimento social de grandes dimensiones: la articulación de intereses diversos, de sectores a primera vista antagónicos, en pos de un cambio de régimen al cual su Gobierno está dispuesto a llegar aun a costa de la quiebra de la economía: la construcción de una democracia radical que, paradójicamente, está dispuesta a sacrificar la democracia económica.
Sin dudas, un proceso difícil que no parece tener espacio político, económico y social interno  y que tampoco puede esperarlo desde fuera, para llevarse a cabo. Venezuela, el país con la mayor reserva de petróleo de un mundo potencialmente cada vez más sediento de recursos hidrocarburíferos, no puede esperar a que se alineen los astros de la escasez mundial de ese producto, o de la reestructuración del comercio mundial en torno de bases más justas. No tiene tiempo. Enfrenta un fuerte desafío y lo enfrenta sin mucho espacio para llevarlo a cabo. Sun Tzu, el genio de la estrategia, diría que la salida requiere mucha energía desplegada en un punto muy específico del régimen, para torcer una dinámica que se cristalizó mal durante mucho tiempo.