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Aprender y enseñar en tiempos de chat GPT

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COLUMNA DE OPINIÓN

Por Patricia Altamirano
Exclusivo para Comercio y Justicia

Chat GPT es un modelo de lenguaje que, a partir de la inteligencia artificial (IA), realiza múltiples tareas: interactúa con la gente, contesta preguntas, hace monografías, responde a preguntas de un examen, escribe poesía y canciones y otras cosas más.

Sorprende la rapidez con que estas herramientas se insertaron en la vida cotidiana y todavía ni siquiera tenemos claro qué significan, quién las gobierna y cómo las incluiremos en el futuro en nuestras existencias. Cuando estos sistemas se perfeccionen, será difícil saber cuál decisión es humana y cuál es comandada por la IA.

El debate se instala por la capacidad potencial que muestran para cambiar (no tenemos claro en qué sentido) la forma como aprendemos, estudiamos, enseñamos y acreditamos aprendizajes. Quizás esto explique por qué en la ciudad de Nueva York las escuelas públicas decidieron restringir en el aula el uso de estos dispositivos; y la editorial de la revista Nature se pregunte cuál será el decurso de estos cambios dentro del sistema de ciencia y técnica.

Chat GPT podría lograr que las personas ya no quieran ir a la escuela, a la universidad; y que se desinteresen por aprender. 

A su vez, ¿cuál es el lugar de las instituciones y las personas que hacían posible el aprendizaje? ¿Se viene el apocalipsis de las instituciones donde se aprende, se enseña y se investiga? La respuesta no es sencilla pero el dilema está instalado.

Entonces, ¿debemos prohibir el uso de la tecnología? ¿Cambiarán los formatos escolares del aprender? Es posible, si hay una máquina que puede hacer libros con solo darle indicaciones. Puede que cambien el aula, las evaluaciones, los elementos con que aprender. Pero esa transformación colectiva siempre tendrá en el centro la experiencia responsable humana sobre las acciones que se derivan de estos aprendizajes.

Responsable de un aprendizaje consistente y no una fake news o un saber anacrónico. Tener presente que, si aprendo una técnica de intervención quirúrgica, cómo enfrentar un proceso judicial u oriento en una decisión económica social, debo poder discriminar entre un saber fundado y otro que no lo es. Debo poder distinguir de un saber en contexto de otro que no lo está.

También es cierto que es necesario ordenar el marco regulatorio y las orientaciones éticas para poder acompañar todas las potencialidades propias de la tecnología, que limitan sus potenciales sesgos o su utilización sin cuidado humano o con fines de lucro intensivo. Por ello, la IA no debe ser opaca, debe existir un formato de control relativo a sus formas de aprender. Investigar y aprender es o debe ser una acción pública, abierta y transparente, por ello es imprescindible mantener estos algoritmos en un formato abierto. 

Dado que cada vez hay más decisiones que dejo en manos de la IA, creo en la capacidad de ésta a la hora de una orientación sobre una serie, sobre la asignación de un préstamo bancario o sobre el valor de la soja en el mercado de futuros. Me pongo en manos de alguien que decide y creo en su criterio.

Quizás éste sea el fundamento por el cual hoy, más que nunca, hace falta el profesorado. Esas personas que permiten que la experiencia del aprender, en este mundo de incertidumbre, recobre lo más importante de tiene. El profesorado que aporta en ese viaje de la experiencia del aprender orientación, estimulación y ayuda a construir significados. El profesorado que permite surfear en estos saberes complejos, que desarrolla nuevas modalidades, que se las arregla para generar estímulos y pasión por aprender.

¿Cuáles cosas se pondrán en valor en el proceso del aprender y en su evaluación? Todo lo que la IA no pueda hacer.  Los estilos propios, la intuición, los relatos raros, la crítica, la creación, las formas de contar cómo fue la experiencia que nos lleva a poder aprender algo que es relevante para nuestra vida. Expresar los sentimientos que un contenido, un saber nos despierta. Ponerle significado a un saber nuevo y ponerlo en el contexto en el que se construye.

Porque, al final, aprender es como amar, es como sentir. Si podemos motivar este deseo de saber, si alguien es capaz de sentir pasión por ello, entonces el resto es voluntad, traste en la silla e inteligencia artificial.

* Directora del Campus Virtual de la UNC. Ex decana de la Facultad de Psicología

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