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Siete razones para no demoler la penitenciaría de Bº San Martín

Por Adolfo Ruiz - Jefe de Redacción de Comercio y Justicia
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La anunciada e iniminente demolición de la cárcel de barrio San Martín y su mentado “reciclaje” para convertir ese predio en un gran parque urbano de seis hectáreas puso en alerta a diversas organizaciones, entidades y personalidades, que consideran que pasar la topadora por sobre ese histórico edificio equivale a destruir el patrimonio de la ciudad.

Por haber conocido, por haber recorrido, por haber estudiado cada uno de sus rincones en el afán de comprender lo que allí sucedió durante el recordado motín de la Penitenciaría de San Martín (2005) es que tenemos algún conocimiento sobre ese tradicional edificio que dio nombre y origen al barrio que lo circunda. Por ello, entendemos que la demolición es una decisión que parece más un arrebato de oportunismo político que una iniciativa analizada.

En el afán de aportar elementos diversos a la discusión es que ponemos sobre la mesa algunos motivos que deberían ser considerados antes de detonar el primer cartucho de dinamita en el mismo lugar donde durante casi 125 años, el Estado se encargó de oprimir a los sectores más vulnerables de la población.

Los motivos para frenar
Éstas son las siete razones de peso para reconsiderar la idea de derrumbar el inmueble.

– Es un lugar histórico, un edificio que dio origen a un barrio que creció en torno a él, y de hecho tomó su nombre. Hoy es parte de la fisonomía de ese sector de la ciudad.

– San Martín fue visitada, entre otras personalidades, por el propio José Gabriel del Rosario Brochero, el cura Brochero, el querido beato que tiene nuestra tierra y que desplegó en este lugar buena parte de su pastoreo. El lógico y merecido cariño y reconocimiento que no escatimó el gobierno al momento de su beatificación parecen ser negados ahora cuando se propugna demoler uno de los más importantes lugares en donde Brochero derramó su sabiduría y su amor sacerdotal.

– No debe haber muchos edificios en la ciudad cuya construcción date de 1890, es decir, con más de 125 años de historia. Por una simple cuestión de política de preservacionismo y patrimonio arquitectónico y cultural de la ciudad, derrumbar San Martín equivaldría a derrumbar la sede del Banco de Córdoba, el Edificio de la Legislatura, o la Iglesia Cristo Obrero.

– El solo hecho de pensar en derrumbar a las apuradas un lugar que ha sido escenario de múltiples, reiteradas, recurrentes y sistemáticas violaciones a los DDHH no deja de ser una aberración. Tanta aberración como sería plantear derribar La Perla, La Ribera o la D2. Y esto no tiene relación únicamente con la sustanciación de los juicios por delitos de lesa humanidad (de los cuales algunos ya tienen sentencia), sino también de la posibilidad y de la certidumbre de que todavía hay causas en proceso, no ya por los fusilamientos en ella ocurridos sino por todas las causas vinculadas con los secuestros, desapariciones, torturas y vejámenes que tuvieron a esta cárcel como escenario. ¿Qué significa esto? Que con el “juicio de la UP1” no se han terminado las causas vinculadas con los tristes episodios en ella ocurridos. Algunos de ellos fueron violaciones a las ex presas políticas. La demolición de los escenarios podría implicar la destrucción de las pruebas. Y eso es inadmisible. Salvo que alguien esté particularmente interesado en tapar esa parte de la historia, o en asegurarles impunidad a sus perpetradores.

– San Martín fue también el lugar donde generaciones de presos padecieron situaciones ilegales, tortura, violaciones y muerte. Ha sido escenario de delitos cometidos por el mismo Estado en contra de las clases más vulnerables de nuestra sociedad. Precisamente esos sectores fueron los que durante la dictadura mostraron mayor solidaridad con los presos políticos, poniéndose a sí mismos y a sus visitas en riesgo, muchas veces para sacar las notas clandestinas escritas en papel higiénico por los militantes sociales encarcelados e impedidos de todo contacto con el mundo exterior, incluidas sus familias.

Otros fines posibles
– El vaciamiento de la cárcel -que tiene 18 pabellones- ha liberado una enorme cantidad de espacio cubierto disponible, espacio del que hoy carecen gran cantidad de organizaciones sociales sin fines de lucro, que no cuentan con lugares apropiados. Aprovechando el edificio vacío de San Martín podría generarse algo parecido a un polo de ONG e instituciones sociales, ubicadas en un área muy cercana al centro de la ciudad, de fácil acceso, con amplitud de espacio. Esto no sólo favorecería la labor de cada organización sino que también, al estar todas o una gran cantidad en un mismo lugar, permitiría el trabajo en red, la integración de las iniciativas, la incubación de proyectos.

– La idea preservacionista del edificio es perfectamente compatible con la de un enorme parque para ese sector de la ciudad. Con sólo voltear la muralla de la guardia externa, junto con el pabellón industria, al fondo del complejo, se lograría conectar el amplio verde circundante hoy existente, integrándolo a los callejones internos y a los patios triangulares, por los dos costados, lo cual generaría una interesante propuesta arquitectónica que permitiría gran despliegue de actividades culturales, comerciales, sociales, solidarias, políticas, etcétera.

Seguramente estas siete ideas podrán ser complementadas. Pero para ello será necesario que llegue el debate. Antes que la topadora.

* Secretario de Redacción de Comercio y Justicia y autor del libro Rebelión.

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