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Relato de un viajero a la tumba de Napoleón

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Por Diego Lo Tártaro

Uno de los más distinguidos y eminentes historiadores de Argentina fue sin dudas Pedro De Angelis, nacido un 20 de junio 1784 en Italia. Dada la inestimable importancia de su trabajo periodístico, vamos a centrarnos en “El Lucero, Diario Político, Literario y Mercantil”, que fundó el 7 de septiembre de 1829. El periódico fue editado hasta el 31 de julio de 1833 y fue el primero impreso en la Imprenta Argentina (luego en la Imprenta Independencia). 

Al releer dicho diario observamos en la edición del lunes 7 de mayo de 1832 una nota a nuestro parecer muy interesante, particular y desconocida. En su Sección Viajes publica una extensa nota de un viajero no identificado titulada “Visita a Santa Elena”, la perdida isla en el Atlántico donde murió Napoleón Bonaparte (como diríamos hoy, en prisión domiciliaria). Tomemos en cuenta que los restos de Napoleón sólo retornaron a Francia el 14 de diciembre de 1840. 

Transcurridos 190 años, pasamos a transcribir completa la nota de referencia que, si bien es extensa, tiene pasajes ilustrativos y curiosos. Respetamos su ortografía original.

El Lucero

Diario Político, Literario y Mercantil 

Buenos Aires, Lunes 7 de Mayo de 1832 

Viages

Visita a Santa Elena 

Por la madrugada (dice el viagero inglés de quien copiamos estos detalles) divisamos un punto negro en el horizonte:…¡era la isla Santa Elena! 

Llevados por un viento favorable, en pocas horas nos acercamos a sus costas: entonces la isla entera se desplegó a nuestras miradas. Imagínese una reunión de peñascos inaccesibles, de 800 pies de elevación perpendicular sobre el nivel del mar, y se tendrá una idea bastante exacta de la parte meridional de la isla, cuya superficie es desnuda é interrumpida por las barrancas y excavaciones. 

El suelo se compone de capas orizontales, sobrepuestas unas a otras, y que manifiestan en número de erupciones volcánicas que las han producido. Ningun rastro de vegetación se observa en estos parages, el calor de la roca es sombrío, y las nubes opacas que cubrian entonces la cumbre de la isla, y que derramaban sus aguas á torrentes sobre sus flancos descarnados, le dan un aspecto aun mas lúgubre. 

Cada elevación, cada prominencia, estaban guarnecidos antes por señales y cañones: de suerte que la isla, amparada por esos formidables medios de defensa, nada tenia que temer de los ataques exteriores. En ninguna parte el hombre ha desplegado mas talento en aprovechar las disposiciones de la naturaleza, para formar una prision de estado inexpugnable. 

La pequeña ciudad de James-Town se levanta como un oasis en el valle de este nombre, si es permitido llamar así a un abismo que se abre entre dos sierras. Desde la rada se aperciben la iglesia y el palacio del gobernador, rodeado de árboles. Ambos edificios ofrecen una perspectiva agradable. Varias habitaciones situadas en el declive de una de estas sierras, coronan la ciudad, y en la cumbre se ven á algunos abetos, cuya existencia anuncia que el interior de la isla es menos árido que sus costas.

Obligados á demorarnos algun tanto en la rada, nos aprovechamos de esta oportunidad para visitar á Longood y á la tumba de Napoleon. Eramos cinco, y nuestros compañeros, que se quedaron á bordo, mas exigieron que les llevasemos algunos ramos de los sauces que sombrean la ultima mirada del héroe.

Al llegar á James-Town, nos ocupamos de buscar caballos; pero cuando ibamos a ponernos en camino, se nos previno que para penetrar hasta el recinto sagrado, necesitábamos un permiso del gobernador. Nuestro huesped se encargó de solicitarlo y no tardó en volver con él.

La ciudad de James-Town tiene una sola calle, que atravesamos de un cabo a otro, y despues empezamos a trepar la montaña por un sendero escarpado, guarnecido de un parapeto. Los acontecimientos de Santa Elena, durante la vida del ilustre prisionero, el memorial del Sr. Las Cases, y las obras de los demas proscriptos, formaron el asunto de nuestra conversación. Pronto descubrimos en una pradera regada por el arroyuelo, la casa de Briars; modesto retiro, que Bonaparte ocupó unos cuantos días á su llegada á Santa Elena. La premura del tiempo no nos permitió detenernos, y continuamos nuestro camino. Entramos á un pequeño bosque de abeto, y al poco andar descubrimos las montañas y los valles de la parte occidental de la isla.

La aridez de estas sierras y las nubes que ocultaban sus cimas formaban un contraste con el verdor de los valles sinuosos que se extendia; á sus pies, todas cubiertas de una rica vegetación y regadas por varios riachuelos. Lindas habitaciones de una arquitectura simple, pero elegante, con sus techados de pizarra y persianas verdes hermoseaban este cuadro. De trecho en trecho, y entre profundos desfiladeros apercibiamos la mar envuelta en una espesa niebla que nos ocultaba el horizonte; y en esa atmosfera opaca se avistaban los buques fondeados en la rada y que no aparecían mas grandes que los botes de pescadores. 

Desde la elevación en que nos hallabamos, descubrimos, como á la distancia de una milla, una casa edificada en la cumbre de una montaña, en un terreno cubierto de céspedes: nuestro guia tomó aquel rumbo; y nos indicó los dos célebres sauces. Entonces aceleramos el paso para alcanzar la puesta del jaredin, donde fuimos recibidos por un sargento inglés, que era el guardian de la tumba – Nos apuramos. El camino que conduce al sepulcro estaba lleno de geranio en flores; la montaña circundaba el valle por tres lados y el túmulo está comprendido en un cuadro de treinta pies, cubierto de cespedes y cercado de una barandilla verde. El lugar en que descansa Napoleon está en el centro sombreado por dos sauces, y rodeado de una reja de fierro. El sargento, despues de examinado nuestro permiso, nos dijo:

‘El Emperador en víspera de morir, pidió que sus restos se depositáran en este lugar, sino podian ser trasladados a Francia. A la sombra de estos mismos árboles, acostumbraba conversar con Madame Bertrand, cuando su salud le permitia ir á visitarla en la casita que veis, en aquella altura. El agua de este manantial es la que bebia el Emperador. ¿Quereis probarla?’ Y nos presentó una copa de estaño, que sirvió para apagar nuestra sed.

‘Bajo estas tres losas, continuó el sargento, descansa el cuerpo de Napoleon’. Madame Bertans, llenó de flores el espacio que las rodea, y tuvo de ellas el mayor cuidado en todo el tiempo que permaneció aquí—pero ahora estan marchitas y secas. ‘Deseais penetrar hasta la tumba? Se puede quitar un barrote, y como no sois muy gruesos, no hallareis difícil el paso’. Aceptamos la oferta del sargento, y cuando nos hallamos tan cerca de los restos del héroe, una emoción irresistible se apoderó de nosotros; por un movimiento comun, nos quitamos el sombrero y nos inclinamos hacia la tierra. Ninguna inscripción se leia en la piedra: ni aun el nombre de Napoleon. 

Después de arrancados unos pocos ramos de sauce, y algunas hojas de mirto; apuntado nuestros nombres en un libro que debia ser llevado al gobernador, y dada media guinea a nuestro cicerone por su buena voluntad, volvimos al galope á Langwood, que queda como a media legua de distancia, y nos apeamos a la puerta de la sala de billar.

La casa es muy baja, y sus cuartos angostos, sombrios y húmedos; ni debian ser mas agradables cuando los habitaba el Emperador. Ahora amenazan ruina. La pieza, donde Napoleon exhaló su ultimo suspiro, ha sido convertida en una granja, el gabinete en que descansaba, en granero; el cuarto donde estaba su biblioteca, y en que pasaba la mayor parte del dia, dictando las paginas inmortales que ha legado á la posteridad, es una pajarera; su aposento y las viviendas que ocupaban sus fieles compañeros, los generales Gourgaud y Montholon, en pesebres!!! Quise tambien visitar el entresuelo, donde dormía el hijo del Sr. Las Cases, y en que no es posible estar parado. Eran pues fundadas las quejas de Napoleon por el tratamiento inicuo y barbaro de sus carceleros! El jardín, donde solía pasearse, aun existe. Es el único recuerdo que conserva Longwood de su presencia. La nueva habitación, que el gobierno inglés le había hecho construir, era espaciosa, comoda, hermosa y perfectamente alhajada: pero nunca quiso ocuparla y por otra parte la enfermedad que lo arrastró al sepulcro había hecho tales progresos que ya no le era posible trasladarse a ella”. 

El Sol declinaba en el horizonte, cuando volvimos á tomar el camino de James Town, y poco despues la Isla del océano quedaba ya muy atrás de nosotros ¿Que vimos en ella? Peñascos áridos, una casa arruinada, y una losa sin inscripción. Pero estos peñascos eran los de Santa Elena; la casa era la mansión del héroe que no tenia cabida en Europa, y la losa la tumba que abriga sus restos mortales”. 

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