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La importancia cualitativa de la CABA

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 Por José E. Ortega (*)

En nuestra primera entrega hicimos referencia al peso que la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) logró en la política nacional.
De ese distrito surgió el núcleo duro de la coalición que se consolidó como mayoría en el país. También sus primeras figuras: presidente, vicepresidente, jefe de Gabinete, principales ministros y secretarios de Estado, presidentes de las cámaras del Congreso, etcétera. Lo comparamos con el predominio logrado por el Estado de Buenos Aires al sumarse a la Confederación Argentina, y los avatares de aquellas primeras presidencias.

Tensión a la vista
Si el proyecto Cambiemos continúa ensanchándose a partir de la CABA, y a esa línea de pares se suman finalmente Elisa Carrió y otros, en pocos años podremos ser testigos de otra crisis entre dirigentes de una misma jurisdicción pugnando por el mentado -y más que nunca válida la figura- sillón de Rivadavia.
Como precedente, el enfrentamiento Michetti-Rodríguez Larreta de 2015, amplificado por obra y gracia de esa cualidad tan particular -elección en la CABA-, ofreció un anticipo: sólo la fuga hacia adelante lograda por el tren Cambiemos permitió disimularla.
Incluso el aventurado en la patriada -compañero de fórmula de Gabriela Michetti, luego cuestionado, Hernán Lombardi-, terminó integrando el Gobierno nacional.
Constitucionalistas de mucho prestigio, algunos con participación directa en la Convención de 1994, defienden las opciones tomadas por el constituyente de la reforma en cuanto a la elección directa del Presidente y las profundas modificaciones en la CABA.
No se trata de cuestionarlas: fueron parte del Pacto de Olivos e hijas de la democracia posible. Cierto es que tributaron rápidamente a sus mentores -Unión Cívica Radical-, incidiendo en la conformación, tras Carlos Menem, de un gobierno no peronista pautado en torno a personalidades de renombre, fundamentalmente en la CABA, que confluyeron en un espacio que pronto mostró su irreversible heterogeneidad: Fernando De la Rúa, Carlos “Chacho” Álvarez, Graciela Fernández Meijide, Rodolfo Terragno, Federico Storani, Ricardo López Murphy -en segundas líneas Horacio Rodríguez Larreta o Nilda Garré-.

El fin fue escandaloso, con decenas de muertos por la represión de las manifestaciones contra el gobierno y una gravísima crisis social y económica, sucumbiendo tras fallar el último recurso: alquilar a Domingo Cavallo.
Tras el quiebre de la Alianza sobrevino la larga y poderosa hegemonía bonaerense, inspirada en la recuperación de algunos capítulos del justicialismo y sostenida por la expansión de los saldos exportables y los millones de votos del conurbano. Agotada tras casi tres lustros por el peso de sus propios excesos, en una sufrida elección de tres vueltas, logrando más diferencia, aunque todavía ajustada en “la Provincia” -donde los intendentes del Conurbano siguen pesando-, en el comicio de octubre.

¿Aprender de los errores?
Posiblemente cambien los métodos y las experiencias institucionales dejen lecciones aprendidas. Ni las embestidas fraticidas de Tejedor del siglo XIX ni los muertos de diciembre de 2001, o la catástrofe de Cromagnon que mostró a un Aníbal Ibarra distraído de la función de gobernar, sepultando su carrera política.
Las petulancias y los errores siempre costaron muchas vidas en Buenos Aires. No obstante, las innegables apetencias señalarán más pronto que tarde ganadores y perdedores dentro de esta primera línea de Cambiemos; posibles peleas de fondo entre dirigentes surgidos de la CABA, con la íntegra República oficiando de espectadora.
La poca perspectiva del país político -Cambiemos no modificará un ápice su estrategia y se insiste en ciertos mentideros que algunos gobernadores del justicialismo, por turnos, se entusiasman con acompañar en la fórmula de 2019 al actual presidente, para un segundo período-, válido es destacarlo, coadyuva generosamente a propiciar ese desenlace.
Una reforma constitucional de agenda nutrida, el regreso al Colegio Electoral -que importantes países mantienen con éxito-, la habilitación de un mecanismo para crear más ciudades- Estado -varias del conurbano presentan aptitud a ese fin-, y el traslado de la Capital Federal podrían ser propuestas para analizar, incluso desde un gobierno con base en la CABA, transitando hacia un nuevo ciclo, en el que quizá se rescate como acierto -y faena pendiente- que la ciudad cabecera de la Nación sea poco más que el asiento de las autoridades federales, y sus autoridades locales sean designadas por el Presidente de la Nación, como ocurre en numerosos países del mundo.
Y en el que su Estado-metrópoli más relevante sea finalmente parte del concierto de jurisdicciones como un sujeto autónomo más, sin concentrar tantos elementos distorsionadores de la dinámica federal.

(*) Docente. Cátedra “B” Derecho Público Provincial y Municipal, UNC

Comentarios 1

  1. Eduardo Dalmasso says:

    El tema del conurbano, da para mucha tela. El planteo, no me resultó claro, lo que no quiere decir que no lo sea. Plantearía más profundamente las contradicciones!!
    Abrazos y gracias!
    Ed

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