La crítica situación de la economía brasileña

Por Salvador Treber. Exclusivo para Comercio y Justicia

 Por Salvador Treber

Cabe recordar que el gran escritor austríaco Stefan Zweig, en lugar de permanecer en Gran Bretaña como exiliado, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939 prefirió trasladarse a Brasil y, luego de hacer un extenso y pormenorizado reconocimiento de país, escribió su obra póstuma que denominó con gran visión Brasil, país del futuro. Lamentablemente en 1942, creyendo que “todo estaba perdido” no vaciló en suicidarse junto con su secretaria en su residencia de Pretrópolis, casa que se ha convertido en un museo de dicha época.
Actualmente Brasil es la séptima potencia mundial y la segunda del continente americano. En el año 1981 suscribió con Argentina un pacto bilateral que tres años después incorporó a Uruguay y Paraguay, constituyendo el Mercosur, que demostró ser una vía adecuada para impulsar el progreso de Sudamérica y lograr una mayor gravitación en el ámbito ecuménico.
Brasil también es miembro de dos importantes agrupamientos de países: el denominado “Grupo de los 20” y muy especialmente del Brics, que integra junto con Rusia, India, China y Sudáfrica. El bloque con sólo cinco miembros logró ser vocero autorizado de 40% de la población mundial en los cinco continentes.

La actual conflictiva evolución brasileña se debe a problemas internos y al grado de concentración de la riqueza. Por ello está transitando no sólo una severa crisis económica sino también -y muy especialmente- una política. Su más indiscutido líder, Luiz Inácio Lula da Silva, en cuya presidencia salió de la pobreza nada menos que 30% de su población, fue inhibido para intervenir electoralmente por los poderosos grupos de altos ingresos. Lula comenzó a cumplir una pena carcelaria de nada menos que 12 años inventada en su contra por aquellos para anular su participación electoral con insólitos y falsos cargos de “corrupción y lavado de dinero”.
Es obvio que se trató de evitar de cualquier forma que capitalizara su creciente prestigio en las elecciones presidenciales recientes por lo que fue sustituirlo por uno de sus compañeros de ruta. Todas esas maniobras, incluido el veto de su candidatura, han constituido un penoso epílogo derivado del precedente desplazamiento obligado de la entonces presidente Dilma Rousseff. Proceso que inicialmente se anunció como “provisorio”, demorando una inmediata convocatoria a elecciones hasta que se estuviera frente a la fecha “normal” de finalización de la totalidad del respectivo período presidencial.
Las autoridades del Partido de los Trabajadores (PT) afrontaron la disyuntiva de instalar un candidato entre varios aspirantes pues la candidatura de Lula fue vetada por el Tribunal Superior Electoral y, aun así, se creó al respecto gran expectativa. La apelación al Supremo incluso alentó la ilusión de la ultraderecha de ser directamente beneficiada por dichas maniobras. Lo real es que se instaló una discusión con cargos recíprocos y el candidato, sociólogo y ex presidente, Fernando Henrique Cardoso fracasó como moderador voluntario.

El “arco político” de aspirantes a presidente
Cardoso reconoció que suponía la presencia del candidato ultraderechista Jair Bolsonaro entre los que habrían de dirimir la segunda vuelta aunque no se tenía igual certeza sobre si el competidor sería el candidato nominado por el PT o por el Partido Social Demócrata (PSDB), que llevó como candidato al ex gobernador de San Pablo, Geraldo Alckmin. En este caso, por medio de éste, se intentó captar no sólo a los votantes indecisos o indefinidos sino incluso a los que demostraron su preferencia por Lula.
Bolsonaro, mientras pudo movilizarse, prometió terminar con “todas las olas de violencia” que ensangrentan varias zonas de la ciudad de Río de Janeiro y del resto del país y “remontar el actual nivel de pobreza” y la crisis social que ha creado gran malestar social.
Estas pretensiones han calado hondo en la sociedad y han permitido conquistar muchos adherentes Esto genera cierta duda e incógnitas sobre el grado de convicción y los votos que con tales argumentos se pudieron haber logrado. A todo ello se sumó el atentado que sufrió el candidato de ultraderecha.
Obviamente, ello lo postró. El violento y criminal acontecimiento durante el período preelectoral fue adjudicado a un solo invididuo de unos 40 años que, no obstante, se supone como sólo la mano ejecutora de un complot preparado por varios provocadores que mancharon con sangre lo que debería haber sido sólo una disputa de ideas y proyectos gubernamentales futuros. Al respecto, la evaluación sobre los autores intelectuales y su real objetivo para planear un crimen se convirtió en una cuestión que interfirió pasionalmente en el debate político.
Es obvio que múltiples declaraciones han exaltado la personalidad de Lula, aunque ofrecen su consejo interesado sobre quién debe cubrir el “enorme vacío” han tratado de evitar toda disquisición sobre los reales los méritos, falencias y dudas de los demás candidatos que han intentado llegar al sillón presidencial. Integrantes del Partido Democrático Laborista (PDT), cuyo líder es Ciro Gomes, aclararon insistentemente que ellos habían sido quienes eliminaron con más firmeza las dudas y vacilaciones que se multiplicaron durante el desarrollo de la campaña electoral, incluso con el mencionado atentado.

El PT afrontó la disputa procurando rescatar el mayor apoyo posible, que consideró “indispensable” para sembrar confianza frente a la obligada ausencia electoral de Lula y tratar así de superar la decisión de las autoridades electorales, que no vacilaron en poner todos “los palos en las ruedas” posibles para evitar la vigencia de esa postulación.
La mayor incógnita era la eventual respuesta electoral del pueblo, el cual en general ha venido sufriendo desde años atrás un muy serio deterioro en sus condiciones de vida, debido a la desvergonzada gestión de políticos y empresarios que se apoderaron ilegalmente de las riendas del país obrando en directo beneficio propio o de sectores afines a sus intereses.

La situación actual y sus perspectivas
Tan desmañada conducción se estima que generó un marcado retroceso en la economía nacional que, en alguna medida, se irradió a toda Sudamérica. Debe recordarse que Brasil, en el lapso que se extendió desde el inicio de los años 90 hasta 2014 vivió un período de continuado crecimiento económico.
La entonces asombrosa recuperación se interrumpió circunstancialmente en 2008 por efecto de la recesión mundial, que estalló a mediados de agosto, pero que pudo superar y reiniciando su avance casi de inmediato y exhibiendo una notoria capacidad de recuperación.
No obstante, en el año 2015 y continuando en los años posteriores, se produjo otra caída más profunda, que acumuló en un trienio un insólito descenso de 9,4%. Sin lugar a dudas, se convirtió en la peor crisis sufrida por el país en los últimos 100 años.
Brasil todavía no ha logrado revertir integralmente esa tendencia y, aunque con menor intensidad, se mantiene aún. En tan extenso lapso la situación semejante de caída, aunque ahora se exhiban índices anuales menos intensos, registra varios precedentes con cierto grado de continuidad desde el año 1918 y posteriormente en 1930, 1940 y 1981, seguramente como consecuencia de sucesivas guerras y/o crisis internacionales. Pero todas ellas difieren de la situación actual, que no deriva de conflictos armados pues fue influida por factores exclusivamente políticos. Quizá la vocación brasileña de participación internacional le provocó esos penosos costos.
Es de recordar que durante la Segunda Guerra Mundial un regimiento brasileño luchó, entre los años 1943 y 1945, enfrentando al ejército alemán en la recuperación del territorio italiano y lo hizo con singular eficiencia pese a la dura resistencia de los alemanes que ocupaban el territorio de su entonces aliado bélico, cuyos soldados habitualmente no han brillado con eficacia.

Los economistas brasileños calificaron como una “década perdida” la más reciente crisis que se ha extendido durante el lapso 2008/17, ya que evaluando integralmente dicho período, el promedio anual de crecimiento fue de apenas uno por ciento.
Dichos analistas advierten que el resultado, por lo bajo, es poco menos que catastrófico. Advierten, además, que lo que le espera a quien sea elegido electoralmente no será ningún lecho de rosas y, obviamente, la máxima prioridad deberá ser afrontar con éxito el elevado endeudamiento de la economía, que ha venido ahogando todos los intentos de recuperación.
Es que la hasta entonces tradicional clase media se siente frustrada y demuestra su falta de apego a los vaivenes políticos, lo que en muchos casos ha provocado muy desagradables sorpresas totalmente imprevisibles que llevaron al país a enfrentar sucesivas y virtuales crisis de diversa intensidad.
De acuerdo con los últimos relevamientos realizados, surge la evidencia sobre que los reiterados errores en que incurrió el gobierno en los últimos cuatro años lo ha debilitado muy seriamente, pero se espera que el nuevo equipo que acceda a la administración del país los corrija y retome la senda fructífera del crecimiento. Para ello debe poner el acento en asegurar un esquema distributivo que haga prevalecer la equidad sobre la tendencia hacia la concentración de la riqueza y con ello recuperar la dinámica de crecimiento.
Cuando Dilma Rousseff asumió la presidencia, en el año 2014, la deuda pública equivalía a 58,8% del PBI brasileño y en la actualidad ha trepado a 73,3% por el doble efecto concurrente de una notoria baja del producto y un acelerado ritmo de sobreendeudamiento. Es indispensable que el nuevo equipo electo el próximo 28 de octubre sea prolijo, honesto y creativo para sacar a Brasil de la senda equivocada que adoptaron quienes usurparon impunemente el poder.

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