El extraño y peligroso suicidio de Paul Bern

La vida del hombre más envidiado terminó en tragedia y amenazaba la carrera de la actriz más redituable

Por Luis R. Carranza Torres

En los años dorados de Hollywood, al número 9860 de la calle Easton Drive en Beverly Hills, en una casa de estilo bávaro de aspecto idílico, se desencadenó la peor de las tragedias de la época. Se trataba de la residencia del matrimonio más desparejo y envidiado del cine: el del productor estrella de la Metro-Goldwyn-Mayer, Paul Bern, y el ícono sexual de la época, la actriz Jean Harlow.
Allí, en la mañana del 4 de septiembre de 1932, el mayordomo de la casa encontró a Paul desnudo en el piso del vestidor del dormitorio de la pareja, frente a un espejo de cuerpo entero, con un disparo en la sien, un revólver en la diestra y la sangre manchando la alfombra.
El ambiente olía a Mitsouko, el perfume preferido de la diva, quien había tenido una fuerte discusión con su marido la noche anterior y partido a casa de su madre dando un portazo. Es que Paul, además de no cumplir con sus deberes maritales, era violento y hasta técnicamente un bígamo por no haber concluido el divorcio de otra mujer, en Nueva York.

Cuando se casaron, dos meses antes, en julio, casi nadie dentro y fuera del mundo del cine pudo creerlo. La «BlondBombshell» más deseada del cine se convertía en esposa de ese hombre bajito, introvertido, nada apuesto pero muy hábil para los negocios, que le doblaba la edad. Al contraer enlace, Paul tenía 42, contra 21 de Jean. Se habían conocido en la filmación de la película Luces de la ciudad, de Charles Chaplin. Al igual que la inmensa mayoría de los hombres de la época, Bern quedó impactado con la desinhibida rubia; ella, por su parte, observó otras cosas y dejó que tomara el control de su carrera. No fue una mala decisión. Paul había promovido ya con éxito al estatus de divas del celuloide a Joan Crawford o Mabel Normand. Pronto le consiguió uno de los mejores contratos de todos los tiempos con la Metro Goldwyn Mayer.
Harlow venía de ser expoliada por Howard Hughes, quien la lanzó al estrellato con su actuación en la película de guerra Los ángeles del infierno, la más cara en la historia del cine hasta el momento, con un presupuesto de 4 millones de dólares, y la más larga en rodarse: insumió tres años.
Con su olfato para los negocios, Hughes, de sólo 23 años, se había asegurado a Harlow, de 19 años, como artista exclusiva, con un contrato a cinco años redactado por su abogado y amigo Neil S. McCarthy, con un salario de cien dólares a la semana.
Merced a una astuta y continua campaña de relaciones públicas, la convirtió en la mujer más deseada de Estados Unidos. Por ejemplo, Hughes llegó a ofrecer diez mil dólares al peluquero que lograra acercarse al tono rubio platino que lucía Jean. Nadie, por supuesto, lo consiguió. Mucho después, su peluquero personal, Alfred Pagano, revelaría que no lo obtenía con ningún producto de cosmética sino aplicando, mechón por mechón, cloro en contadas gotas. Un proceso tan tedioso como manifiestamente tóxico que le hacía arder, le quemaba el cuero cabelludo y que terminó afectándole la salud.

A los dos años de contrato Jean ya era una estrella que Hughes «alquilaba» a los grandes estudios al módico precio de 5.000 dólares semanales, de los cuales sólo percibía 250. Luego se la cedería a la Metro por la suma de 30.000 dólares. Una fortuna de la época.
Para entonces valía eso y más. Jean había alcanzado todo lo lograble por una mujer en el cine de su tiempo. Fue la primera actriz en la historia en aparecer en la portada de la revista Time; también con poca calidad actoral y sólo 1,55 de altura, dejó para la posteridad estereotipos que no pocas imitarían luego: el cabello rubio platino, los vestidos de satén blanco pegados al cuerpo, no usar ropa interior, o las frases sexuales provocadoras, al estilo de «me gusta levantarme cada mañana con un hombre distinto». Todas sus sucesoras, desde Marilyn Monroe a Madonna, la imitarían en algo.
«No me importa su cuerpo, es de su mente que estoy enamorada. Me da libros para que los lea y luego los comentamos», le dijo Jean a su secretaria y confidente Marcella Rabwin, cuando le preguntó lo que todos buscaban saber: qué era lo que veía en Bern. Pero luego de un par de meses, la cosa precipitó en la tragedia.
Tras el infausto descubrimiento del cadáver de su marido, en esa veraniega mañana de 1932, el mayordomo no llamó a la policía sino que discó el número de la Metro Goldwyn Mayer y avisó a sus directivos.
Poco después llegaban a la casa y a las apuradas Louis B. Mayer y su equipo de crisis. Si el escandalo sobreviniente salpicaba a su estrella favorita, las pérdidas para el estudio podían alcanzar cifras siderales. Harlow les había costado su peso en oro y bien podía ahora pasar al barro de la abominación pública. Las ligas de la moralidad que ya perseguían las películas de Jean Harlow por su imagen sexual y desprejuiciada, seguramente cargarían contra ella, sindicándola como la gran culpable de la tragedia.
Se necesitaban no sólo buenos abogados sino el fiscal indicado. Y la cooperación de la policía y de los mandamases políticos de ese pueblo grande que era Los Ángeles por ese entonces. Mayer mandó a ubicar a la actriz al tiempo que comenzó a hacer algunas llamadas. Contrarreloj debía alinear una disímil constelación de planetas: Buron Rogers, el fiscal del condado; Roy Edmund «Dick» Steckel, jefe de la policía, y el alcalde John C. Porter.

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