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El fantasma de la Gran Rebelión de los pueblos originarios: antecedentes históricos

Estatua de Popé en el Capitolio de EEUU.
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Un fantasma aterra las viejas oligarquías latinoamericanas herederas de blasones y privilegios coloniales. 

Temen que la crisis política peruana despierte el fantasma del indigenismo y que éste clame venganza. Grito de rebeldía que ha quedado en la garganta por siglos, cada vez que el látigo del encomendero o de los capataces se lleva girones de piel de ancianos, hombres, mujeres y niños.

Mucho más cuando han sometido las naciones originarias a la servidumbre y la esclavitud, y prohibido que levanten los ojos ante la presencia del amo.

Costumbre que fue alentada por el cristianismo, que construyó naves diferenciadas -en catedrales, basílicas, templos, iglesias y ermitas- para indígenas y esclavos.

Temen, casi con desesperación, que la gran rebelión acabe con los negocios de cobre, uranio, petróleo, gas, litio, tierras raras, agua, diamantes, piedras preciosas, oro, maderas, joyas, antigüedades y la transformación del hombre en bestia de carga y cobayo para la industria farmacéutica.

Es por ello que resulta menester que recorramos la historia de las rebeliones indígenas a lo largo de nuestro continente para dejar establecido que ha sido una constante entre las potencias colonialistas.

La invasión del Imperio Español del continente americano fue cruel y despiadada. Esos cristianos que llegaron con su séquito de ladrones y sus mentiras fueron una tragedia no esperada para los pueblos originarios del continente, quienes pronto entendieron la naturaleza del invasor y sus intenciones. 

Por ello, resistieron sacando fuerzas a como diera lugar, a pesar de las desventajas tecnológicas en términos de armas y transporte. 

Entre los ejemplos de resistencia están los mapuches, quienes protagonizaron la Guerra de Arauco (de 1536 a 1818), con la que mantuvieron fuera de su territorio a los españoles. Guerra en la que participaron miles de hombres y mujeres siguiendo la historia. 

En esa resistencia se destacó el líder Lautaro, muerto al comenzar la batalla de Mataquito, en 1557.

Otro levantamiento paradigmático fue el liderado por Túpac Amaru II (José Gabriel Túpac Amaru), quien organizó un ejército indígena para luchar por sus derechos. Túpac Amaru II cayó prisionero en 1781 y fue condenado a una muerte cruel: cuatro caballos que tiraban en diferentes direcciones hasta descuartizarlo; y sus restos dispersos por el virreinato del Perú para disuadir a los rebeldes.

Otro hito fue el levantamiento de los «Pueblos” en 1680, que no figura en nuestros libros de historia. Los Pueblos, como les llamaron los españoles cuando los invadieron -por llevar una vida sedentaria en poblados- perdieron la mayor parte de su territorio en 1598 a manos de Juan de Oñate. 

Los territorios ya sabían del paso de los conquistadores comandados por Francisco Vásquez de Coronado, quien, en su delirio y ambición por el oro y la plata, soñaba con encontrar en el norte de México “Las Siete Ciudades de Dios” repletas de riqueza, y “que Dios Nuestro Señor habría puesto para gloria del Rey de España”.

Los documentos de la rebelión de 1680 se encuentran en los archivos de Ciudad de México y en Sevilla, redactados por frailes y gobernadores que vivieron en la colonia de Nuevo México. 

En 1675, el gobernador de ésta, Juan Francisco Treviño, mandó a arrestar y matar a 47 chamanes acusados de adorar a sus dioses en vez de practicar el catolicismo impuesto por los españoles.

La llegada de miles de aborígenes a la capital de la colonia Santa Fe hizo temblar a Treviño, quien liberó a 43 cautivos restantes, entre ellos a Popé del pueblo de San Juan. Popé sería posteriormente el líder del levantamiento de los Pueblos de 1680.

A los pueblos reconquistados se les bautizaba a latigazos para “volverlos buenos cristianos”. La guerra de reconquista iniciada por los españoles fue resistida aunque los conquistadores entraban en cada pueblo tocando a degüello.

Es fama que el pueblo de Jemez, en el Peñol, resistió por dos días y al final del asalto el saldo fue de 84 hombres de Jemez tendidos en el suelo y otros 361 -entre hombres, mujeres y niños- prisioneros. 

Dos combatientes capturados fueron bautizados antes de ser ejecutados; el refugio fue quemado. En su diario, el jefe español dio gracias a su «Divina Majestad» y al apóstol Santiago por el glorioso día; y la orgía de sangre en la que se transformó la celebración se describe en los documentos oficiales como “pacífica y cristiana”. 

Muchos luchadores sobrevivientes de los Pueblos huyeron en busca de refugio en otras tribus, que fueron focos de resistencia en los años venideros.

El tiempo continuó y los Pueblos fueron oprimidos y hambreados por reclamar el derecho a su identidad cultural. El imperio español dejó de existir pero las ambiciones continuaron. 

La opresión cambió de idioma. Washington es ahora responsable de un genocidio monstruoso. 

Los niños Pueblos, igual que otros nativos de América del Norte, sufren en 1920 otro infierno “civilizador” a manos del “Bureau” de Asuntos Indígenas, que los obliga a enrolarse en escuelas residenciales o internados, a cortarse el pelo y a vestirse como occidentales, mientras se les prohíbe que hablen sus idiomas y se los castiga con azotes o se les lava la boca con soda cáustica, si lo hacen. 

En la década de los 60 soplan nuevamente vientos de liberación y con esto los Pueblos también ganan algún espacio. Hoy tienen independencia cultural y administrativa y eligen a sus gobernantes por el voto popular. La población se ha visto reducida a unas 40 mil personas.

Cincuenta por ciento de ellos está desempleado y el restante 50 por ciento, en la pobreza. Nuevo México tiene, en cambio, diez casinos de propiedad de los Pueblos, que generan algunos recursos pero también corrupción ideológica y económica.

Éste es el saldo provisorio de 500 años de opresión de los pueblos originarios de este continente a manos de la civilización occidental, la misma que tiene a la humanidad toda al borde del abismo. 

La resistencia continúa a pesar del desgaste. Sabemos más verdades sobre el genocidio que padecieron los pueblos originarios. 

David Roberts, autor del libro The Pueblo Revolt: The Secret Rebellion That Drove the Spaniards Out of the Southwest, suele reflexionar sobre el desencuentro de la arqueología occidental con la tradición oral. No existe aún un puente entre los Pueblos y los intelectuales occidentales. 

Él mismo ha sido testigo, en su investigación en Nuevo México, de que, sin embargo, es posible construir ese puente que enriquecerá ambas partes. Será posible si se dejan de lado los prejuicios raciales que empañan la colaboración de algunos científicos, como él mismo, oficiales de las Reservas Forestales e historiadores indígenas que comparten lo que saben de su cultura y contribuyen al descubrimiento de la verdad histórica.

Comentarios 1

  1. Nora Leyria says:

    Muy Interesante la Nota , Considerar a este columnista que se tomo el tiempo para investigar la historia de los pueblos originarios de America, golpeados y olvidados, destruidos en su integridad.

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