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Arraigados prejuicios sobre la caracterización del “delincuente”

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 Por Luis Carranza Torres* y Carlos Krauth **

En una sociedad de imágenes, por lo general efímeras, como la presente, el prejuicio nace muchas veces desde lo audiovisual.
La imagen de un delincuente como una persona de escasos recursos, mal vestido, con apariencia perturbadora o con cara de monstruo, resulta un estereotipo que se ha impuesto no porque sea así, sino por un erróneo juicio sobre las calidades de quienes delinquen.
No desconocemos que muchas veces las fisonomías que vemos de los criminales comparten alguna o varias de esas características, pero obviamente no siempre es así.  ¿Cuantas veces nos encontramos con que el criminal es una persona con dinero, que viste bien, que tiene educación y se muestra simpática y agraciada? ¿Cuántas veces -si no lo es- nos decimos: “Pudo ser mi hermano, mi amigo o mi hijo”? y hasta decimos: “Yo pude ser su víctima”.
Ciertamente hay condiciones socio económicas que favorecen la delincuencia, pero ellas no son patrimonio de un determinado estrato o categoría. En los niveles “altos” la cultura materialista, o el banal pensamiento de que todo puede ser arreglado con dinero, es fuente de diversos delitos.
Debemos, pues, distinguir en forma clara y tajante entre marginalidad y pobreza. También insistir en que las condiciones de marginalidad son diversas, no sólo socioeconómicas. En el mismo sentido, cabe advertir de que aun dentro de ese ámbito de consideración -el económico y social-, se extiende a lo largo de todos los sectores o categorías. Puede existir marginalidad, en cuanto elemento para una aproximación científica y técnica del delito, tanto en los sectores que tienen mucho y en los que tienen poco. Cuando nos adentramos en las causas del delito, por ejemplo en el denominado “caso Schoklender”, sobre parricido de ambos progenitores por parte de dos de sus hijos, se muestra a las claras cómo pueden existir situaciones de marginalidad y alienación de los criterios básicos de respeto a la humanidad del otro, también en los hogares de gran ingreso económico.

Es alarmante el número de personas que confunden pobreza con delito como si fueran sinónimos. Muchas por ignorancia, otras por fanatismo ideológico. La realidad es contundente: en una sociedad en la que, lamentablemente, hay un tercio de personas bajo la línea de pobreza, de ser esto cierto, ya estaríamos prendidos fuego.
Lo dicho anteriormente no obsta a que haya una cierta relación entre los ciclos de bonanza o depresión económica y los delitos contra la propiedad. Pero dista, en mucho, del carácter general y omnicomprensivo que quieren endilgarle algunos. Tampoco tal fenómeno se focaliza en un determinado estrato socioeconómico. En los tiempos de crisis económica también se disparan las estafas llevadas a cabo por individuos de nivel socioeconómico de medio a alto.
Es paradójico que a esa asociación entre pobreza y delito la usen a mansalva los dos extremos del espectro ideológico: a la derecha de la derecha para reclamar “mano dura” con algunos sectores y los de la izquierda de la izquierda para postular la no punibilidad de ciertos delitos. Como dice el aforismo popular: los extremos se unen.
Una parte importante de la inseguridad que tenemos es no saber entender por qué ocurre. Se trata de una crisis en los valores humanos, antes que por falta de dinero.
Claro que, para muchos, la mentira nacida del prejuicio es más conveniente que ponerse a analizar una realidad mucho más compleja.

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