Brexit: un duro camino de reverso

Plazos que se agotan, una sociedad dividida y conductores políticos que no tienen el poder de liderazgo de otros tiempos

 Por José Emilio Ortega y Santiago Espósito (*)

El 23 de junio de 2016, Reino Unido tomó una de sus decisiones más importantes desde la Segunda Guerra Mundial: retirarse de la Unión Europea.
La relación entre Reino Unido y el continente europeo ha sido siempre tortuosa. El ingreso de los británicos al espacio comunitario fue complejo. Su pérdida de influencia política internacional se había iniciado durante el conflicto.
La de capacidad de maniobra, con la súplica a Estados Unidos para que interviniera en la Guerra Civil Griega de 1947, continuando con la independencia de India y culminando con el desastre -en este caso unida a Francia- del Canal de Suez, en 1956. Al regresar al poder Charles De Gaulle, bloqueó su ingreso a la Comunidad Económica Europea en dos ocasiones.
El Reino Unido tuvo que esperar hasta 1973, con un posterior referéndum en 1975, que respaldó el ingreso de manera mayoritaria, no sin ásperos debates internos.
En adelante, la historia marca permanentes concesiones de la hoy Unión Europea a favor de Reino Unido: exclusión de la zona euro, del pacto fiscal europeo y del espacio Schengen -que regula la circulación-, más el reembolso de parte del presupuesto comunitario agrícola, después del famoso grito de Margaret Thatcher: “¡Quiero que me devuelvan mi dinero!”.
Esas prerrogativas no impidieron que en 2016, con el pronunciamiento de 52% del electorado se desatara una ola de improvisación y desconcierto político. Actitud hostil, ya definida por Lord Palmerston en el siglo XIX, cuando explicó que Inglaterra no tiene amigos ni enemigos permanentes, sólo intereses permanentes. Aunque esta vez, la actitud fue muy precipitada.

Incertidumbres y mitos en torno al Brexit
El voto pro Brexit fue principalmente nacionalista y anti-inmigración, temas conflictivos en la Europa de hoy, poco conducidos por los líderes actuales.
Implicó además una crítica al núcleo mismo del proceso integrador europeo: el eje franco – alemán. Desde la paz de Westfalia en 1648, Inglaterra supo reconducir a Europa para lograr equilibrios. Se procuró el regreso al “espléndido aislamiento”, política exterior de finales del siglo XIX propio de una potencia que, por poderosa y capaz, lograba mantenerse independiente del caos continental.
Henry Kissinger lo atribuye a sus “instituciones internas únicas esencialmente inmunes a lo que ocurre en el continente europeo”.
Pero esta vez algo falló. Se polarizó una tensión entre los jóvenes “pro-Europa” y los adultos mayores “pro-Brexit”; una Londres cosmopolita con un alcalde musulmán frente a una Inglaterra rural conservadora.
Asimismo, el voto por salir de la Unión Europea fue inglés y no británico. El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, está comprendido por Escocia, Gales, Inglaterra e Irlanda del Norte, gobernado por un sistema parlamentario con sede principal en Londres, pero con tres administraciones nacionales descentralizadas en Edimburgo, Cardiff y Belfast.
Escocia, Irlanda del Norte y la ciudad de Londres, votaron mayoritariamente a favor de seguir en la Unión Europea.

Destacamos que Irlanda del Norte es la única parte de Reino Unido que cuenta con una frontera terrestre, que la separa de la República de Irlanda. Por la firma de los Acuerdos del Viernes Santo de 1998, que preveían, entre otros puntos, que en el interior de la isla irlandesa no existiesen fronteras físicas, apuntalando el fin del terrorismo en la región.
Pero cuando se firmaron los acuerdos hace dos décadas, nadie imaginó que el Reino Unido decidiría retirarse de la Unión Europea.
Las partes no quieren levantar una frontera física, pero las soluciones propuestas hasta ahora – que Reino Unido siguiera en la Unión Aduanera del bloque o que sólo el territorio de Irlanda del Norte se mantuviera en ella – no conforman a los británicos.

¿Brexit duro, Brexit Blando o Brexit sin acuerdo?
De momento, el último escenario –sugerido por Donald Trump- es probable; aunque tanto la convocatoria al referéndum realizada por el ex Primer Ministro David Cameron como la actual negociación de Theresa May parecen una huida hacia adelante. Para May el problema no se trata tanto de lograr un acuerdo sino que lo apruebe el Parlamento Británico sorteando una moción de censura.
El 29 de marzo de 2019 Reino Unido debe abandonar la Unión Europea; dado el exiguo lapso, May ha considerado una prórroga del periodo de transición, iniciativa que sus colegas partidarios no tolerarían.
Tal como ocurrió con la convocatoria al Brexit, la concreción de instrumentos de salida no depende tanto de factores externos, sino de la incierta política doméstica británica. El tiempo se acaba, la sociedad sigue dividida, al igual que un arco político que se muestra muy por debajo de la altura de estadistas de otrora. Mientras tanto, el orgulloso pueblo británico corrobora que, como se ha dicho otras veces, el camino de reverso jamás será idéntico a la ruta de ida.

(*) Docentes UNC

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