Ganar pleitos pero con ardid, hacer cirugías impecables pero evitables, o hacer pequeñas acciones fuera de la norma que generan beneficios porque nadie controla, son disparadores de análisis del especialista en ética aplicada Armando Andruet. Lo que ocurre cuando se pierde la dimensión pública y social en el ejercicio de una profesión

Por Carolina Klepp cklepp@comercioyjusticia.info

Hechos de corrupción protagonizados por profesionales, personas que se hacen pasar por graduados, realización de acciones pequeñas fuera de las normas que reportan beneficios y no son sancionadas generan preguntas del tipo “¿puede una mala persona ser un buen profesional?”, “¿lo harías si sabés que no te van a descubrir?”, “¿por cuánto dinero realizarías esta acción?”. A esto responde el especialista en ética aplicada Armando Andruet, profesor de Filosofía del Derecho, presidente de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales, ex vocal del Tribunal Superior de Justicia y titular del Tribunal de Ética Judicial del Poder Judicial cordobés.

“Para el ámbito académico, sociológico, histórico, un profesional es siempre una persona que se diferencia por las labores y los oficios respecto a todos los demás. Desde la etimología, es aquel que hace una professio, es decir, que hace pública la realización de un bien para el cual se ha formado, un bien que no es individual sino que es un bien social. Por ejemplo: la salud, los derechos de las personas, el hábitat de las personas, la economía, la educación y la información son bienes sociales que están a cargo de estos profesionales. Siempre detrás de un profesional hay una dimensión de lo público que es donde se muestran esas prácticas profesionales”, introduce en su análisis. 

A ello agrega el papel fundamental de la universidad. “Esas prácticas hablan de un ser profesional que se adquiere naturalmente en el ámbito de la universidad. ¿Por qué? porque allí se da ese concepto de la universitas, donde existe esa capacidad de hacer la unidad de la diversidad, eso es lo que da la universidad, aprender a unir lo diverso que puede estar en ese ámbito disciplinar o incluso fuera de ese ámbito disciplinar. El problema aparece en el debilitamiento o angostamiento que hay de la formación de los profesionales en el ámbito universitario, que termina en que hoy los profesionales son más formados en técnicas, en estrategias, en instrumentaciones, pero no en procesos de reflexión teórica que hagan la unidad en la diversidad”.

¿Qué ocurre cuando esto falta?

– Cuando falta ese concepto de la unidad de la diversidad en los profesionales, hay un ocultamiento o una pérdida, una incapacidad reflexiva para ver lo que son los bienes internos de una profesión. Todas las profesiones tienen bienes internos y externos. Es decir, una formación sólo técnica que a mí me ayuda a ser en definitiva un hombre más competente para, por ejemplo, hacer una cirugía, son estrategias que lo que fortalecen son los bienes externos que son los que habitualmente se apuntan como categoría corriente para definir la bondad o la maldad de un profesional.

Por ejemplo: ¿ese profesional gana pleitos? entonces es un buen abogado; ¿hace bien la cirugía estética? entonces es un buen médico; ¿hace bien los proyectos de la casa? entonces es un buen arquitecto, pero en realidad eso no es otra cosa que satisfacer los bienes externos, porque son instrumentales, y naturalmente brindan satisfacción, por ejemplo, al que ganó el juicio y al propio abogado que gana dinero, honores, reconocimiento y estima social.

Desde ese punto de vista podemos decir que los buenos profesionales aparentemente son aquellos que satisfacen esos bienes externos, pero la pregunta es: ¿ese que ganó el pleito, ese que hizo la cirugía, bajo qué argumentaciones ganó el pleito? ¿Argumentaciones buenas técnicamente, pero honestas moralmente? ¿cuáles fueron los artificios argumentales? ¿La cirugía era realmente necesaria o pudo ser evitada? Entonces, ahí está el desafío, si los buenos profesionales ‘técnicamente hablando’ pueden ser malas personas ‘moralmente hablando’. Es posible que buenos profesionales técnicamente hablando puedan ser malas personas moralmente hablando, porque, en realidad, lo único que satisfacen son los bienes externos, sin importar bajo qué condiciones, bajo qué razones. 

El profesional es quien hace pública la realización de un bien para el cual se ha formado, un bien que no es individual sino que es un bien social.

Armando Andruet

– Siguiendo esta línea, ¿qué ocurre cuando no aparece en el ejercicio profesional aquello que satisfaga el bien público o social? 

– Volviendo al concepto de profesión, lo que hay que revisar en una práctica profesional es preguntarse, ¿a quién ha satisfecho? ¿ha satisfecho al individuo que la requirió y eventualmente al profesional que la cumplió, pero lo que no ha satisfecho es el bien social? Porque si el abogado que hace ganar a mi contraparte lo ha hecho en definitiva a partir de un ardid, de una estafa, naturalmente el bien social, que en este caso soy yo, voy a estar largamente insatisfecho. El bien social que ha movilizado esa práctica profesional no ha sido satisfecho. Ha sido exitoso desde lo técnico pero se ha desentendido completamente de aquella otra integración de bien social. 

Entonces, un buen profesional no puede perder el valor de los bienes internos de la profesión ¿y cuáles son? aquellos que mueven a que la realización de la práctica profesional satisfaga también el bien público o social, porque si la gestión profesional tiende a ser pública es justamente para ordenar, tranquilizar, armonizar el espacio social. 

Es decir, si todos los abogados fueran delincuentes, el mundo sería una tragedia; si todos los médicos fueran movidos por sus intereses de los bienes externos, justamente la salud habría caído en una situación lastimosa porque los bienes sociales no estarían cumplidos.

Las personas y los profesionales aspiran a alcanzar la plenitud del acto porque satisface tanto lo interno como bien social y lo externo en tanto la satisfacción del propio individuo que ha requerido un servicio; cuando esos dos registros están presentes, nos encontramos justamente con una perfección del acto que realiza y que habla de la excelencia con la que se ha cumplido.

El buen profesional es el que obra y realiza sus prácticas al fin acorde con la virtud, entendiendo que ésta es la habitualidad que uno coloca para satisfacer los bienes internos y externos.

– ¿Qué está ocurriendo con el rol fundamental de la universidad en todas estas dimensiones?

– Lo que pasa hoy es que, fruto de este angostamiento a la formación, indudablemente sólo se potencian los bienes externos y, cuando esto ocurre, al final lo único que importa es el dinero, los honores, la carrera, pero sin mirar de qué manera. Hoy, fundamentalmente la gente joven es la que está más movida a esta idea de los bienes externos, quiere llegar más rápido, ser más exitosa económicamente en profesiones en las  que solamente se es exitoso y se consigue ganar dinero con tiempo. La abogacía es uno de esos casos.

Otras de las preguntas que generan discusión es si como profesional uno haría algo incorrecto si sabe que no lo van a descubrir, que saldrá impune. 

– Hay un psicólogo que tuvo mucha vigencia en los temas de ética hace unos 20 años, que es Lawrence Kohlberg, quien trabajó mucho con Piaget. Él formula un concepto, discutible pero no completamente, de cuándo se forma la conciencia moral de las personas. Él dice que hay un período entre los seis y los 16 años en el que se formula esa memoria moral que todos tenemos. Luego de eso, dice que las personas, a medida que van fortaleciendo su conciencia moral, operan o trabajan solamente en función de principios y no en función del miedo al castigo. Ese “si no me ven, lo hago”, eso está en la escala de Kohlberg del desarrollo moral en el primero de los seis escalones: solamente soy moral en tanto y en cuanto alguien me mira; si nadie me mira, hago lo que me parece. Ello porque, en el fondo, lo que tengo es el miedo al castigo (social, punitivo). En cambio, el que está en el escalón 6, en el mejor umbral del desarrollo moral, obra por los principios que tiene consolidados en su práctica, es decir, no se preocupa porque lo vean ni porque lo aplaudan, sino sencillamente porque cree que es lo que tiene que hacer por principio.

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