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La plaza España de Sevilla

Por Edmundo Aníbal Heredia (*)

Un arquitecto sevillano amaneció un día con un sueño quijotesco teniendo a la vista la Giralda e imaginó esa plaza, que llamarían España, y que rivaliza por su imponencia y significado con la de San Marco de Venecia y con la Roja de Moscú. Tanto como las otras dos, la española trasunta gran parte de la cultura y de la historia de su nación.
No hace falta describirla aquí porque se la puede ver en todos los portales cibernéticos y seguramente es conocida por infinidad de argentinos. Se construyó con un gran despliegue de recursos con el propósito de mostrar una imagen representativa de España y en especial de Andalucía, de cuyos puertos salieron en su mayor parte los barcos que definieron la grandeza del reino. Una grandeza lograda en razón de haber sido el iniciador del camino que dio lugar a la conquista y a la apropiación de un continente desconocido hasta entonces por el resto del mundo.
Precisamente la construcción de la plaza formaba parte de la ostentación con que España evocaba uno de los hechos fundamentales de la historia universal, como fue la llegada del hombre europeo a América, en ocasión de cumplirse cuatro siglos de aquel acontecimiento, o sea en 1892. Una intención principal era mostrar esa grandeza destacando la magnanimidad que significaba la ofrenda que España había hecho a la humanidad, no obstante que durante todo el tiempo de la ocupación imperial se había obstinado en no compartir sus dominios con ninguna otra nación ni con personas extranjeras. Además, también se pretendía mantener sujeta a su población natural en un régimen de sometimiento y colonialismo.

Otro objetivo perseguido, en el que la plaza debía tener protagonismo, era el de mostrar la riqueza de su producción industrial, en ese tiempo en que el industrialismo ya era reconocido como base esencial del poderío de una nación. Por entonces, el gobierno de Madrid había botado un barco que tuvo por misión mostrar a América ese poderío, a manera de una exposición ambulante y flotante.
El barco se presentó en puertos de países americanos también como una embajada de paz, después de que las relaciones habían quedado maltrechas como consecuencia de la toma de las Islas Chincha peruanas y del bombardeo de Valparaíso.
El centro de su proyecto era la realización de una Gran Exposición Industrial que fuese una muestra al mundo de su capacidad y de su técnica en la materia. El lugar apropiado para esta exposición era Sevilla, ciudad que había cumplido un papel principal en la ocupación colonial y cuya Casa de Contratación -hoy Archivo General de Indias- había tenido la misión de velar por el control del comercio transatlántico con el nuevo continente.
Sevilla era -y es- la capital de toda Andalucía. De allí habían partido los barcos que movilizaban los flujos de mercaderías y en donde se habían embarcado los contingentes humanos que fueron a poblar las posesiones americanas, no sólo en tiempos de la conquista y de la colonización sino también de esos nuevos tiempos en que se producían cuantiosos movimientos migratorios.

La ciudad había sido también el ámbito apropiado para aventureros y pícaros que acudían a ella por considerarla la antesala en el camino para “hacer la América”, con personajes tales como Rinconete y Cortadillo, dos mozalbetes transgresores evocados por Cervantes en una de sus novelas ejemplares.
Varios decenios atrás, Francia se le había anticipado con su Exposición Industrial, inaugurada en 1889 junto con la gigantesca Torre Eiffel y en ocasión de celebrarse el centenario de la revolución que había marcado un cambio rotundo en el hemisferio occidental, al postular ideales democráticos y el respeto a los derechos de los humanos. Al mismo tiempo, había enviado a los Estados Unidos en grandes trozos la Estatua de la Libertad, que en adelante se levantaría en una isla frente a Nueva York como vigía de aquellos ideales de la revolución.
Ahora España emulaba a Francia, replicándole con esta otra Exposición Industrial que rememoraba sus títulos de “descubridora” de América. Y así como Francia, levantó la torre como testimonio de su protagonismo ejemplar para la civilización occidental.
España presentó su propio testimonio, haciendo construir en el sevillano Parque de María Luisa soberbios edificios que emulaban los que eran típicos de las naciones hispanoamericanas. Y en el centro mismo del parque, la plaza España, cuya belleza rivaliza -y quizá supere, según los gustos de cada cual- la de la torre francesa.

No se trataba de imitar la opción de la nación vecina, porque torre ya tenía Sevilla, de factura almohade y de campanario cristiano. Además, era un desatino absurdo tratar de superarla y ni tan sólo de equipararla.
Se pensó que la exposición sería inaugurada en 1892, en ocasión del cuarto centenario de la llegada de Colón a América, en un tiempo en que algunos pensadores españoles sostenían que su nación había “dado el ser” a América y acuñaban la idea de “madre patria”. Pero pasaron los años sin que el proyecto pudiese ser concretado, hasta que en 1926 pudieron dar por inaugurada la exposición.
La Plaza de España está ubicada frente al Guadalquivir y es presidida por un gigantesco edificio en forma de hemiciclo, que tiene nichos con bancos que representan a todas y cada una de las provincias españolas. El edificio tiene forma de abrazo acogedor, en tanto los bancos brindan descanso y hospitalidad al visitante; es una imagen benefactora y maternal.
Un menudo canal que sigue las líneas del hemiciclo permite un apacible y romántico paseo en bote, que ha inspirado alguna canción amorosa. La belleza de la plaza se debe en especial a que sus paredes y sus muros están revestidos de la insuperable cerámica sevillana, una hermosa artesanía elaborada en las fábricas del barrio de Triana, que recuerda los arabescos heredados de la cultura musulmana.

La tradicional y magnífica cerámica sevillana fue la mejor elección para dar brillo a la plaza. Los orígenes de tal artesanía se remontan por lo menos al siglo XII, cuando los almohades construyeron una fábrica en una isla del Guadalquivir frente a la ciudad, precisamente donde luego se levantaría la Cartuja de las Cuevas, un monasterio franciscano donde se hospedó Colón y en cuya biblioteca consultó libros que encontró útiles para emprender el gran viaje, y donde luego descansarían sus restos.
Mayor historia es inimaginable, como que una siguiente Exposición Industrial: la del Quinto Centenario -esta vez puntual, en 1992- tuvo como emblema la Cartuja de las Cuevas.
Otras obras de arte circundan la plaza sevillana, entre los jardines y los enormes árboles del parque, como la romántica escultura que rinde homenaje al sevillano Gustavo Adolfo Becker, con dos blancas figuras femeninas que desde el mármol esperan ansiosas la llegada de la estación de las oscuras golondrinas.

Si algún día España decide hacer cuentas entre el debe y el haber con sus antiguas colonias de América y reconoce que tiene alguna deuda que pagar, es probable que algún ciudadano de esta parte de América -también con alma quijotesca pero al estilo latinoamericano-, pida el traslado de la plaza a su ciudad como parte del resarcimiento. Mejor aún si el traslado es a esta Córdoba de la Nueva Andalucía. Así de paso le rinde homenaje a su fundador sevillano, si es que los cordobeses del Suquía consideran que Don Jerónimo se lo merece.
El utópico traslado de la plaza sería al menos un resarcimiento simbólico.

(*) Doctor en Historia. Miembro de número de la Junta Provincial de Historia