Penalizar el “no te metás”

 Por Luis Carranza Torres* y Carlos Krauth **

En los últimos días un hecho policial cobró relevancia en las inmediaciones de la antigua comisaría Nº 34 de la Policía Federal, en el barrio de Nueva Pompeya de la ciudad de Buenos Aires, hoy comisaría 4-B.
Lo ocurrido fue documentado en un video que se viralizó por las redes. En él puede verse a un hombre, oficial de civil, perteneciente al área de investigaciones de la policía de la ciudad, con un delincuente reducido en el suelo, en la puerta del domicilio contiguo al de la comisaría.
“¿Me pueden venir a dar una mano?” les gritó reiteradamente el oficial a otros dos uniformados que se hallaban, de brazos cruzados, frente a la misma puerta del local policial, observando -como si nada- lo que pasaba. Frente a la inacción de los policías, que ni se acercaban ni le decían nada, tomó el celular y llamó al número de emergencias.

Los que sí hicieron algo fueron los vecinos, quienes se hallaban en el domicilio donde el ladrón había entrado a robar, que fueron a reclamar a ambos uniformados por no hacer nada. Uno de ellos les contestó con todo tipo de evasivas, incluso justificándose en no actuar porque le habían pegado al detenido.
A los policías los grabaron con un celular y luego de la difusión del hecho, el Ministerio de Justicia y Seguridad de la Ciudad resolvió no sólo el inicio de un sumario administrativo, pasando a disponibilidad a los efectivos, sino también formuló una denuncia penal por incumplimiento de los deberes de funcionario público.
El asunto genera más que sólo una reflexión. Estamos como estamos porque no se hace lo que se debe. Y no sólo en la esfera de la seguridad sino en muchas otras.

El policía, como cualquier otro funcionario público, tiene un deber de actuar frente a los ilícitos. Y como depositario de la fuerza pública puede actuar de un modo mucho más coercitivo que cualquier otro agente estatal, a la par de tener un deber de intervención inclusivo poniendo en riesgo hasta la vida.
Decimos esto para ver lo inaudito de la justificación ensayada en el video: si al delincuente lo estaban golpeando más allá de la fuerza necesaria para reducirlo luego de ser atrapado en flagrancia, más todavía debían actuar para hacer cesar ese hecho y no ponerlo de excusa tonta de brazo cruzados y con cara de meros espectadores de algo totalmente ajeno a la función que la sociedad les encarga.
Es también de valía la reacción de los vecinos en el lugar, haber filmado el hecho y luego la reacción colectiva al ver el video. Que el pueblo controle a quienes le encarga su seguridad no sólo no es malo sino bienvenido. El estupor y enojo de la opinión pública habla también de un valioso sentimiento de querer involucrarse en la cosa pública y en cómo actúan a quienes empoderamos y cuyo sueldo pagamos para que actúen en beneficio de todos.
Por último, es asimismo acertada la medida del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, de no detenerse sólo en los aspectos administrativos y disciplinarios del asunto sino también de promover la acción penal del caso. Porque esa cruzada de brazos no es sólo un tema interno de la fuerza. También cometen, con su inacción, un delito. Que como tal, debe ser castigado.

Tantas veces hemos escuchado razonables protestas de los vecinos al ver como algunos miembros de las fuerzas de seguridad miraban para otro lado ante una urgencia. Frente a toda esta pseudocultura propia de algunos miembros de las fuerzas policiales, que alienta el “no te metás” para supuestamente evitarse problemas en la carrera a costa de la desprotección pública, las repercusiones de lo ocurrido son un bienvenido aliciente y encierran un mensaje confortador en estos tiempos de inseguridad.

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