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Juzgar a Papá Noel

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En la forma más original, es un filme que pone de manifiesto sutiles aspectos relativos a la prueba judicial

Por Luis R. Carranza Torres

No se trata de la usual court movie, de una película de juicios ordinaria. En lugar de un crimen, enjuicia una parte muy cara a los sentimientos navideños: la existencia de Papá Noel.
Miracle on 34th Street en su título original, o más conocido entre nosotros por su traducción de Milagro en la calle 34, es una película de 1947, ganadora de tres premios de la Academia, protagonizada por Maureen O’Hara, John Payne, Natalie Wood y Edmund Gwenn, quien recibió el Oscar al mejor actor de reparto por su personificación de Kris Kringle. La película tuvo asimismo un remake en 1994, esta vez con las participaciones estelares de Richard Attenborough, Elizabeth Perkins, Dylan McDermott y Mara Wilson.
La trama se centra en la historia de Doris Walker, una ejecutiva a cargo de una gran cadena de almacenes y madre en solitario, y de su hija Susan, de 9 años, papel que interpretó, con idéntica edad, una niñita que luego se destacaría en su juventud: Natalie Wood. Mara Wilson, por su parte, haría el papel en la versión de 1994.
En esa cadena comercial, un anciano bonachón contratado para personificar a Papá Noel, de nombre Kris Kringle, llega a acaparar de tal forma la atención de todos, por su simpatía y su alegría navideña, que pasa a identificarse con el personaje.
Susan, educada por su madre, siempre ocupada por su trabajo, como un ser realista y poco afectivo, no cree mucho ni en la Navidad ni en Papá Noel. Pero, poco a poco, Kringle logra llegar a ella y entusiasmarla sobre el particular.
Todo se complica cuando Kringle comienza a asegurar que él es en realidad el mismísimo Papá Noel. La noticia se difunde y los competidores de la cadena de almacenes, buscando hacer perder a esa empresa la atención que acaparan gracias a Kringle, lo denuncian como un perturbado mental y lo enjuician ante los tribunales.
El novio de Doris, el exitoso abogado Brian Bedford, interpretado por John Payne en la cinta original y por Dylan McDermott en su remake, asume entonces su defensa. Más para darle el gusto a la hija de ésta que por tener alguna afinidad con el caso.
En la versión primigenia, el argumento concluyente de que Papá Noel existe y lo que dice Kringle no conlleva necesariamente una patología mental, es que si el Servicio Postal de Estados Unidos, que es una honorable institución federal, remite a Kringle las cartas dirigidas a Papa Noel o Santa Claus, no existen razones para cuestionar lo que afirma sobre su identidad.
En la película de 1994 se utiliza otro planteo. En la jornada en la que va dictarse el veredicto, que es la misma víspera de Navidad, Susan le entrega al juez como regalo, antes de que falle, una tarjeta de Navidad con un billete de un dólar que, como todos ellos, contiene la frase «In God We Trust». Es decir, en el idioma de Cervantes, “En Dios confiamos”.
El juez que al admitir el caso expresó que «es de la mejor tradición jurídica mantener una mirada amplia y sin preconceptos respecto de temas controversiales», decide entonces aceptar ese hecho, de la frase en los billetes, como una comprobación de los dichos de Kringle. Argumenta a tal fin que si el Departamento del Tesoro de Estados Unidos, en su calidad de institución gubernamental seria e imprescindible, puede no sólo creer en Dios sin pruebas contundentes sino también expresarlo abiertamente en un documento oficial, los ciudadanos de New York pueden creer en Papá Noel de la misma forma. O afirmar que, además, Kringle lo es, sin que esté cuestión mental alguna de por medio.
Como toda película navideña hollywoodense que se precie de tal, a partir de allí todo es una secuencia sin solución de continuidad de lacrimógenas escenas en que Doris y Brian deciden casarse y Susan empieza a creer en Papá Noel y alegrarse por la Navidad. Pero no es eso lo importante, al menos, en lo que al ámbito jurídico ocupa.
En los cursos de procesal en que me ha tocado dar valoración de la prueba, es inevitable que ponga esta película como referencia. Sobre todo en la original, la cuestión de cómo se construye el iter probatorio respecto de la existencia de Papá Noel trasciende mucho lo particular del asunto. Habla de esa especial y sutil relación entre hechos y creencias. Una cuestión humana universal y atemporal que también tiene su reflejo en los estrados de la justicia.
En última instancia, los jueces deciden los casos que se les presentan por lo que creen conocer, de buena fe, respecto de ellos. El aspecto espiritual del ser humano es tan fuerte que lo creído con firmeza termina siendo cierto en la realidad, a la corta o a la larga. La profecía autocumplida, le dicen.
Es por eso que no es sólo por el tema navideño, ni únicamente por el original enfoque de sentar a Papá Noel en el banquillo de los acusados, que el filme resulta valioso. Destaca, para el derecho, no pocas aristas respecto de cuándo algo se da por probado. Es decir, por cierto. Un asunto central en la búsqueda de justicia.

 

 

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