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El Árbol del Odio ensancha el horizonte de la guerra

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Por Silverio E. Escudero

Una enorme tragedia se cierne sobre todos los seres humanos. La intolerancia, la sospecha y la hostilidad hacia todos los sistemas de creencias y las costumbres de otros pueblos, de otras naciones, desgraciadamente se han transformado en un problema a escala mundial que es el germen de la guerra y matriz de las grandes matanzas.

El panorama es aterrador. Son decenas los gobernantes que desde sus posiciones promueven el odio y la violencia. Pretenden así someter a sus pueblos, silenciar a sus críticos y opositores, para enterrarlos vivos en la más oscura de las mazmorras y quebrar su voluntad.

Es necesario construir nuestro Pequeño Diccionario del Odio. Esa tarea permitirá conocer en profundidad la perversión del hombre. Quizá, puede ayudar a reflexionar sobre estas cuestiones y que las diferencias en el color de la piel, rasgos faciales y cabello constituyen rasgos diferenciales entre diferentes grupos de seres humanos, cuando de hecho estas diferencias no tienen absolutamente nada que ver con las capacidades físicas, intelectuales, morales o emocionales de la humanidad como especie única.

La supremacía económica y científica de Occidente durante los últimos tres siglos ha creado una sensación de superioridad racial en el Occidente y resentimiento y envidia concomitantes hacia el mundo no occidental.

Tanto en el mudo cristiano como en el islámico existen sectas fundamentalistas que se consideran por principio representantes de la única religión verdadera. Para estos grupos, la tolerancia real supondría el rechazo de sus propias creencias.

En algunos casos -afortunadamente no muy numerosos- existen costumbres definidas como religiosas, tales como la ablación femenina que los occidentales no pueden tolerar, o los rostros descubiertos o la exhibición del vestido femenino que la mayoría de los musulmanes religiosos no pueden tolerar.

Mientras había poco contacto cotidiano entre poblaciones cristianas y musulmanas, los casos citados no amenazaban la estabilidad del mundo occidental ni la del mundo musulmán. Sin embargo, el aumento notable del comercio mundial y el turismo, así como de la emigración a gran escala de países musulmanes económicamente subdesarrollados a países occidentales ricos, y del terrorismo tanto en países occidentales como musulmanes hace imperativo, tanto por razones morales como por razones económicas, reducir tan deprisa como sea posible los elementos de intolerancia mutua.

Por ello quisiera hacer algunas sugerencias que se vienen repitiendo a lo largo de los siglos con la esperanza de contribuir a esta necesaria e inmediata reducción de la intolerancia.

1.Debemos aprender –nosotros, nuestros hijos y sus descendientes- a no categorizar ni rotular a las personas por sus rasgos físicos externos, a pesar de que ello ha sido considerado una cuestión de “sentido común” durante miles de años. Esta definición étnica o religiosa se convierte en un factor activo en la creación de hostilidades involuntarias.

Si categorizamos a una persona por su religión o por su color de piel y luego le atribuimos una serie de características que asociamos a tal creencia o a tal color estamos forzando a estas personas a defenderse como miembros de un colectivo determinado, a pesar de como individuos disientan enérgicamente de las creencias que se atribuyen al colectivo.

El obispo luterano danés Nicholas Grundtvig –quien marcó con su impronta el Siglo XIX- solía decirles a sus compatriotas que primero eran seres humanos y, en segundo lugar, eran daneses (o la identidad que cada uno de los lectores prefiera escoger). Toda la raza humana tiene que aprender a pensar en estos términos.

2. Deberíamos hacer lo posible para apoyar las actividades de organizaciones no gubernamentales (ONG), como Amnistía Internacional o Médicos sin Fronteras, para aumentar los intercambios educativos, los campamentos de verano, los aprendizajes y las becas de trabajo. Leer, enseñar y dialogar son, naturalmente, elementos esenciales en cualquier esfuerzo por erradicar la intolerancia, pero en el fondo no hay sustituto para el contacto humano y la interacción como medio para reducir las barreras entre culturas diferentes.

3. El mundo occidental ha sido y sigue siendo el culpable de explotar tanto las riquezas humanas como las riquezas naturales de los mundos islámicos, africanos y americanos, una verdad que ha de ser reconocida y corregida dando una mayor autonomía económica a las naciones menos desarrolladas.

Sin embargo, un aspecto importante del problema de la intolerancia es el hecho de que los principales medios de comunicación, y muchos libros de texto escolares utilizados en países como Egipto, Arabia Saudita, Siria, Irak, Irán y Paquistán son más intolerantes y contienen más prejuicios que la prensa y los libros de textos occidentales.

Definir toda política occidental como “estratagema sionista” y referirse a los occidentales como “infieles” lógicamente hace mas difícil reducir la intolerancia. Necesitamos que, sin caer en la victimización ni en la hipérbole, se hagan serios esfuerzos para reconocer el contenido objetivo de nuestras relaciones existentes y para entender comprender nuestras diferencias culturales como miembros iguales de un solo género humano.

¿Frente a la generalización de la guerra en Oriente Medio hemos sido derrotados en nuestro propósito de contribuir a crear una sociedad más justa y tolerante? ¿Las armas que contamos serán efectivas ante este nuevo estallido de odio o cohonestamos el exterminio del otro?

Quizás sea éste el momento justo para acercar a la mesa de trabajo “la paradoja de Popper”, para así profundizar nuestra comprensión sobre las causas intrínsecas de la intolerancia. 

«La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal», enseña Karl Popper.

¿Y ahora? ¿Cómo enfrentar a las redes sociales que son, con su instantaneidad y simplificación extrema, el caldo de cultivo de la intolerancia? ¿Estamos dispuestos a admitir como válidas interpretaciones sesgadas que rondan el precipicio de lo mendaz?

Abrimos otra ronda necesaria de preguntas. ¿Qué es lo que está permitido? ¿Qué es lo que no se puede tolerar? ¿Quién controla? El papel que juegan las religiones y la política en los distintos continentes deberá ser analizado con cuidado por todos y en especial las cabezas más lúcidas de todo el mundo. 

Porque la intolerancia se encuentra en el origen del odio. Si no es detenida, puede ser demasiado tarde. Por eso sugerimos releer las ponencias del Fórum Internacional sobre la Intolerancia de marzo de 1997 y abrazarnos a Elie Wiesel, Paul Ricoeur, Jacqueline de Romilly, Umberto Eco, Jacques Le Goff, Wole Soyinka y Jorge Semprún que tienen mucho que decir.

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