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Defender la unidad constitucional de la Nación

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 Por Luis R. Carranza Torres

La idea de Patria por la que luchó le conllevó el exilio y no pocos castigos «invisibles».

Vicente Fidel López nació en la ciudad de Buenos Aires, un 24 de abril de 1815. Fue hijo del matrimonio de Alejandro Vicente López y Planes y Lucía Petrona Riera Merlo, ambos pertenecientes a familias de abolengo porteño. Partidarios del bando patriota, su padre había participado del Cabildo Abierto del 25 de mayo y acababa, por esos años, de ser Alcalde de la ciudad. Pero la altura y renombre de la magistratura no eclipsaba el hecho de ser el autor de la «marcha patriótica», elevada por la Asamblea del año XIII a la condición de canción oficial del nuevo gobierno, surgido de esa revolución que iba y venía, sin terminar de afianzarse en una organización política definitiva.
Un viajero estadounidense de apellido Brackenridge, en su libro Voyage to South America -publicado en Baltimore en 1819- hablaba de que nuestro himno tenía, por ese tiempo, además del reconocimiento oficial, una gran popularidad en todos los sectores: «Por la tarde, nuestros compañeros, después de beber un vaso de algo estimulante, rompieron con todo entusiasmo con una de sus canciones nacionales (…) Este himno, me dijeron, había sido compuesto por un abogado llamado López, ahora miembro del Congreso, y que era universalmente cantado en todas las provincias de El Plata, así en los campamentos de Artigas, como en las calles de Buenos Aires…».
Con semejante contexto familiar, no es de extrañar que Vicente Fidel entendiera el servicio a la patria como una parte importante de su vida. Procedente del Colegio de Ciencias Morales, se doctoró en Leyes en la Universidad de Buenos Aires, hacia 1837. Por entonces, su padre ya había sido presidente provisional de las Provincias Unidas, en reemplazo de Bernardino Rivadavia, en 1827. Con el tiempo, llegaría a ser profesor de Derecho en su claustro y se distinguiría como su rector entre 1874 y 1877. Se lo entendía, en aquella época, como uno de sus juristas más destacados.
Rogelio Alaniz en Vicente Fidel López y la historia de una clase, publicado en el diario El Litoral nos dice: «Cronológicamente, Vicente Fidel vivió el período histórico de formación de la Nación y el Estado (…) nació en un hogar patricio y siempre se sintió un patricio (…) Pertenecer al patriciado, para López era más una responsabilidad que un privilegio. En lo personal siempre fue un hombre austero, de gustos sencillos y costumbres sedentarias, pero desde su juventud siempre estuvo convencido de que su familia había contribuido a forjar la patria y, por lo tanto, su compromiso era velar por ese pasado donde se depositaban los grandes valores de la Nación».
Parte fundamental de la Generación del ’37, se contó entre los integrantes del «Salón Literario».  Dicha movida intelectual, inicialmente dentro de la escuela romántica en boga, pronto se hizo política y Vicente Fidel estuvo también entre los fundadores de la «Asociación de la Joven Generación Argentina», luego «Asociación de Mayo», junto a Echeverría y Alberdi, entre muchos otros.

Sus concepciones de una libertad respaldada por un texto constitucional, como era obvio, chocaron con Rosas. Se contó, entonces, entre sus más férreos y lúcidos opositores. La revolución de 1840 lo encontró en Córdoba, siendo unas de las almas impulsoras del movimiento contra el caudillo porteño. El subsiguiente fracaso lo llevó al exilio, pero sin dejar nunca de combatir frontalmente al rosismo.
Tras la batalla de Caseros, en las famosas «jornadas de junio» de 1852, Vicente Fidel defendió contra la oposición de casi todos y la barra que lo silbaba desde la tribuna, en el recinto de la legislatura porteña, la adhesión de la provincia al Acuerdo de San Nicolás, firmado por su padre, por entonces gobernador de la provincia. «Amo como el que más al pueblo de Buenos Aires donde he nacido, pero alzo mi voz también para decir que mi patria es la República Argentina y no Buenos Aires. Quiero al pueblo de Buenos Aires dentro de la república y en la república, y es por eso que me empeño ahora en que salga del fango de las bajas pasiones que lo postraron en la tiranía en la que se ha mecido durante veinte años». Hay instantes que definen una vida. O, mejor aún, muestran en toda su extensión, el carácter y virtudes de su protagonista.
Por supuesto, no le hacen caso. La provincia no ratifica el acuerdo y estalla la revolución del 11 de septiembre con Urquiza y su llamado al Congreso Constituyente en Santa Fe. Una decisión, en sus palabras, que «por cualquier lado que se lo mire, tiene una borrasca y un caos por consecuencia», como dice en la carta del 24 de noviembre de ese año a Juan María Gutiérrez. Persiste en ella en la necesidad de que los políticos porteños «se convenzan de que el interés público les demanda apoyar al Congreso y al general Urquiza, para salvar al país de la anarquía».
Son palabras que suenan escandalosas, una degeneración política. Nadie antes había tenido el valor o la locura de expresarse así. Buenos Aires se niega a integrar el país de otra forma que no sea dirigiéndolo. Poner el país antes que Buenos Aires sonaba como una herejía a todos los oídos porteños . Lo escracharon, excluyéndolo de toda la vida política y hasta de la social de la dirigencia portuaria. Hubiera bastado un mea culpa suyo para rescatarlo de su ostracismo, lo que le fue sugerido en varias oportunidades, sin conmover su decidido pensamiento.
El curso de la historia le daría una revancha por demás magna. Pero ése ya es otro suceso distinto, entre los hechos de Clío.

 

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