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Trabajando con las narrativas

Por Elba Fernández Grillo * - Exclusivo para Comercio y Justicia
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Cada mediación es única en su resolución y en su temática. Algunas se parecen, lo que permite a los mediadores ir construyendo experiencia sobre los conflictos y las posibles formas de resolverlos.

Trabajamos con un modelo teórico que nos permite tener un marco de referencia, además de todo aquello que como “criterio objetivo” nos marca la ley. Pero este modelo teórico también es relativo porque mediante la escucha activa trataremos de desactivar el discurso de los mediados para poder operar con el cambio.

Si las personas con quienes estamos trabajando -que han solicitado el procedimiento buscando ayuda o los ha derivado un juez por encontrarse inmersos en un juicio- no modifican su narrativa admitiendo otras posibilidades de contemplar la situación por la que atraviesan, difícilmente podremos sostener el procedimiento.

Una de las alternativas para producir el cambio será devolverles mensajes suficientemente parecidos pero suficientemente diferentes. En general nos encontramos con que las narrativas de las personas poseen su estructura, su lógica interna, lo que fundamenta sus posturas y sus negativas a aceptar otra opción que no sea la propia. Las intervenciones con preguntas, la exploración de la realidad de los actores y sus sistemas de creencias nos ayudarán a entregarles una narración parecida a la construida por ellos.

Algo así nos sucedió con Aníbal y Margarita, quienes tenían tres hijos y llevaban varios años divorciados. Ella había pedido la mediación porque necesitaba que le aumentara la cuota alimentaria, ya que en el pasado habían acordado que sus tres hijos asistirían a colegios privados. Debido a las actuales cuotas de estos establecimientos ella se encontraba con que el monto que él le pasaba le alcanzaba sólo para abonar el colegio de dos de sus hijos… y nada más.

Hacía años que no tenían una comunicación cara a cara, sólo lo hacían por e-mails o, en casos de necesidad, por mensajes de texto. Cuando ella se enteró de que debía sentarse junto a él, casi desiste del procedimiento, pero le explicamos que hacer una mediación puente, es decir con cada persona en una sala diferente, nos llevaría el doble de tiempo y, chequeado que no había cuestiones de violencia entre ellos que impidieran este contacto, la animamos a enfrentar la situación.

No resulta el relato igual ni tiene el mismo efecto si lo expresa el que lo está sufriendo a que lo diga un tercero. Además le explicamos que, le gustara o no, tenía con este hombre tres hijos y era responsabilidad de ambos esta situación. Los dos tenían un discurso absolutamente fundamentado; Margarita manifestaba que cuando había convenido “lo de las escuelas privadas” ambos estaban en mejor situación económica, pero deseaba modificar esto e inscribir a sus hijos en escuelas públicas porque no podía pagar más las cuotas.

Aníbal consideraba que se debía hacer cualquier sacrificio con el fin de que los menores tuvieran la mejor educación. Con mi compañera mediadora trabajamos diferentes hipótesis como dónde vivían y cuán cerca estaban de buenos colegios públicos, cuánto debían en las instituciones a las que concurrían los niños; si era bueno para éstos conocer que sus padres no cumplían con el pago de las cuotas, etcétera.

Una estrategia muy usada en las mediaciones familiares es hacer un cálculo mínimo de lo que necesita por día un niño, un adolescente, para vivir. También en reuniones privadas advertimos que Aníbal tenía otros ingresos que le permitían sostener esta pretensión de los “colegios privados” pero no quería pagar más de lo que abonaba por cuota alimentaria.

Accedió finalmente a hacerse cargo él de estos importes, es decir pagar todo lo concerniente a los estudios de sus hijos, no sólo las cuotas sino también uniformes, transporte, útiles, etcétera y Margarita se ocuparía del resto.

Hicimos el convenio y nuevamente, después de años de no dirigirse la palabra, pudieron negociar, construir un acuerdo y abrir una puerta de comunicación para tratar aquellos temas que conciernen a sus hijos. Entendieron que pasados unos años ya podían separar aquello que correspondía a sus frustraciones en el campo conyugal para dar lugar a lo que les quedaba: el campo parental.

* Licenciada en Comunicación Social. Mediadora

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