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Algunos sedimentos de nuestra identidad

Por Alicia Migliore*

Por Alicia Migliore (*)

Amo caminar las calles de mi ciudad, en primaveras que estallan en flores multicolores de jacarandaes, lapachos, crespones y pezuñas de vaca, y tapizan veredas en lluvias postergadas y pedidas en novenarios. Disfruto el color dorado de la alfombra de hojas muertas en otoño, mientras el sol generoso entibia el corazón poblado de ausencias.
El invierno apura nuestro paso y nos obliga a abrazarnos, apretando recuerdos sorpresivos. Y el verano nos despeina, nos contagia las risas de los jóvenes reunidos en las mesas, mientras la brisa de las sierras nos convoca. Ésa es Córdoba; la que tiene una calle con un río en el medio, como dicen los extranjeros; la que enfrenta los rostros monacales de promesantes o consagrados con las ojeras de guitarreros trasnochados; la que ve llegar a adolescentes esperanzados que un día dejan de ser estudiantes aventajados para convertirse en profesionales preocupados o desocupados. Córdoba, la del encanto, del hablar golpeadito y tranquilo, que se esmeran infructuosamente en imitar actores y actrices de otras latitudes.
La del humor repentino y ocurrente, que la genialidad de Cognigni y sus amigos exportaba con el nombre de Hortensia. La que llamaron la “espuma del país”. La que cuestionaron porque sólo sabe de su propia existencia. La que nunca se olvida de reivindicar la gesta de los estudiantes del 18 que replicó su sismo en toda América Latina.

Córdoba, la que enamora y retiene a nuevos habitantes, adoptados como hijos; la que alumbra y sostiene a los “nacidos y criados” y en ambos casos los reivindica. Cuando se destaca en las publicaciones periodísticas la ciudadanía del protagonista si es nuestro coterráneo y nos enorgullecemos, irritamos a quienes no pertenecen a Córdoba pero parece ser en defensa propia.
Resulta indispensable mantener activa nuestra memoria colectiva; recuperar los pasos de quienes dejaron huella antes que nosotros y sedimentaron nuestra identidad. Lo formulamos en términos de demanda y de propuesta: conocimos a personas trascendentes por su obra y vemos que el transcurso del tiempo las sume en olvido y desconocimiento social. Premiados o distinguidos en el mundo, si el puerto de Buenos Aires no los entroniza, serán ignotos en su propia tierra. Así sucede aún con los ciudadanos ilustres, merecedores de la distinción por su obra y trayectoria en cultura, ciencia, política, derechos humanos, deporte y defensa de las constituciones Nacional y Provincial y de la Carta Orgánica Municipal. Superado el evento, ese ilustre conocido por haber hecho algo importante o sobresalir en alguna actividad, será olvidado cuando sus contemporáneos dejen de recordarlo.

Ésa es la misión de la historia: guardar memoria para las generaciones sucesivas. El olvido se parece al ostracismo: ese castigo aplicado en la Antigua Grecia a los ciudadanos que se consideraban sospechosos o peligrosos para la ciudad. Es la lapidación de la memoria. Nosotras, las mujeres, sabemos del ostracismo al que fuimos condenadas por siglos, aunque sucediera solamente por pensarnos personas, sujetos de derechos.
En esta ambiciosa tarea de escribir cuestiones que sumen a nuestra historia y reflexión, cuento con la complicidad de amigos generosos, cuyos nombres reservaré para guardar sus energías útiles en mejores causas que resistir a posibles enemigos; sumo al haber que me enriquece cada día la generosa ingenuidad de otros que me acercan datos, suponiendo que mi pluma pondrá la justicia que les fue negada a los protagonistas. Y, como en los juegos de la infancia, busco ampararme en quienes han develado cuestiones menos popularizadas, como historiadores, periodistas, escritores, en todos los casos justicieros.
Apasionada siguiendo las huellas del normalismo en nuestra ciudad y su efecto transformador en la sociedad, me vi envuelta en un fárrago de polémicas y múltiples derivaciones. Recordé la infaltable bomba de alquitrán con la que cada 10 de septiembre se lesionaba la estatua de Sarmiento en mi pueblo, y la blanqueada apurada a la que era sometida en la madrugada siguiente, para que todos acudieran al acto de conmemoración. A la par de quienes lo defenestran, encontré a quienes lo reivindican, descubriendo una novedad que consideré necesario difundir.

Aunque la historia argentina, escrita desde Buenos Aires, indica que el presidente Edelmiro Farrell, en 1945, estableció como efemérides nacional el día 11 de septiembre para conmemorar el Día del Maestro, hay mayores datos omitidos dignos de ser rescatados, particularmente para los cordobeses.
Algunas fuentes señalan que esa decisión se correspondía con lo resuelto en la 1ª Conferencia Interamericana de Educación, celebrada en Panamá el 10 de enero de 1943, que propuso establecer el 11 de septiembre como Día del Maestro para todo el continente americano.
Antes de todo eso, hubo un cordobés interesado en revalorizar a Sarmiento: se trata de Miguel Rodríguez de la Torre. Educador y periodista, formado intelectualmente en el Seminario de Nuestra Señora de Loreto (donde probablemente conoció al cura José Gabriel Brochero), luego egresado del Colegio Nacional de Montserrat. Hablamos de una posible amistad por una foto compartida por su bisnieta y querida amiga de la autora de esta nota, que muestra a ambos.
Miguel, nacido en Córdoba en 1871, fue periodista, político, docente y escritor. En los escasos datos que encontramos figuran sus publicaciones en diferentes diarios del país: “El Interior”, “El Debate”, de Zárate; “El Fígaro”, de Río Cuarto; “Mercurio” y “La Evolución”, de La Plata; “Sarmiento”, de Capital Federal; “El Destello”, “La Abeja”, “La Constitución”, “La Patria”, según registra el Proyecto Culturas Interiores, ffyh.unc.edu.ar. Finalmente, publica en “Comercio y Tribunales” (antecedente de Comercio y Justicia).

Como escritor abordó la poesía en Oda a España, y el ensayo en Higiene Escolar. En su rol político fue legislador por el departamento San Alberto desde 1909 a 1911.
Su preocupación por la educación lo llevó a participar del Congreso Pedagógico de 1912, en el que bregó por una remuneración equitativa para los maestros como condición para elevar la calidad educativa y dignificar la tarea docente.
Nos interesa un acto que merece especial rescate: Miguel Rodríguez de la Torre fue el primero en plantear un homenaje a Sarmiento, ese cuyano alborotador que describe García Hamilton, responsable de tan antigua grieta.
¡En la ciudad que persiguió a las maestras norteamericanas llegadas para poner en funcionamiento la Escuela Normal, Sarmiento encontró a quien inauguró el más prolongado homenaje a su labor como padre del aula!
Fue en 1911 cuando Rodríguez de la Torre solicitó al presidente del Consejo de Educación de Córdoba, Carlos Díaz, que se declarara “Día del Maestro” el 11 de septiembre. Tembló la casa de las brujas de La Rioja y General Paz con el entusiasmo que generó la ocurrencia. Aprobada la propuesta el 11 de julio de 1911, Díaz la elevó al ministro de Gobierno, Justicia e Instrucción Cívica, José del Viso. Se agregaba que ese día evocativo pudieran los docentes recibir atenciones y regalos, como reconocimiento por la labor desarrollada con un “sueldo exiguo e insuficiente para llenar necesidades primordiales de la vida”. El gobernador Félix T. Garzón, sin dudar, firmó el decreto el 12/7/1911, por el que instituyó la celebración, declaró día feriado para las escuelas de la Provincia y suspendió durante ese día la prohibición de recibir regalos de sus alumnos.
Nos parece insuficiente que el reconocimiento efectuado a este auténtico precursor sea el enorme honor representado en dos escuelas de la provincia que llevan su nombre, en barrio Alto Verde de esta ciudad y en Chazón, en el interior provincial: es necesario rescatarlo en la memoria de la ciudad, de la provincia y del país. El decreto presidencial del 45 sólo reflejó lo que el cordobés Rodríguez de la Torre logró en 1911.

(*) Abogada-ensayista. Autora de Ser mujer en política (2014) y Mujeres reales (2018)

Comentarios (2)

  1. Carlos liarte dijo:

    Sutil relato de un ignorado proceso histórico , la prosa y su contenido demuestran las virtudes y dedicación de quien escribe , en resumen no canta el que tiene ganas sino el que sabe cantar.

    Responder

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