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Prohibidos

Rechazados del Nuevo Mundo: una América sin abogados fue la inicial idea de la corona española.

Por Luis R. Carranza Torres

Desde los mismos inicios del asunto de su colonización, la corona hispana quiso establecer un férreo control sobre el Nuevo Mundo descubierto, con la intención de preservarse para sí el disfrute de sus riquezas. Para ello, apeló al monopolio y la centralización de todo lo concerniente a dichas tierras en la ciudad de Sevilla, convirtiéndola en “puerta y llave del Nuevo Mundo”. Un puerto único, tanto a la ida como a la vuelta, para todo un continente. Y por detrás, todo un vasto aparato burocrático, en algún caso útil, y en los demás decididamente parasitarios, para reservarse atender a la distancia, y con los tiempos de la navegación a vela, todo asunto concerniente a tales dominios.

Respecto a las personas, se dispuso desde el vamos una política migratoria restrictiva, materializada en una multitud de prohibiciones normativas. Se buscaba tener un grupo de súbditos selectos, fieles nada más que al rey aunque hubiera un océano de por medio. Ni hablar entonces de extranjeros, herejes o cualquier otro que pudiera disputar el poder del monarca o quienes actuaban en su nombre. Se trataba de una concepción egoísta, vuelta sobre sí misma, pueblerina, que se revelaría a todas luces ineficaz con el transcurso de los siglos. Pero para entonces, el daño ya estaría en gran parte consolidado: grandes y ricos territorios, pobremente poblados por una metrópoli más preocupada en cuándo llegaba un nuevo convoy con las riquezas extraídas que en desarrollar las muchas potencializadas de las Indias.

Entre los oficios prohibidos, de modo temporal pero recurrente, estuvieron los abogados, a lo largo de todo el siglo XVI. Tan sólo a 17 años de descubiertas las Indias, el primer pedido de veda respecto de los abogados fue elevado por el gobernador Diego Colón, hijo del descubridor, solicitando al rey “que no consintiese que pasasen a la isla Española”. El monarca, previa deliberación en Consejo, ordenó a los oficiales de la Casa de la Contratación de Sevilla que no permitieran viajar a América a letrados “sin licencia real expresa”. La cual, merced a una práctica administrativa que sigue actualmente en muchos de sus exdominios, si alguien llegaba en un exceso de inocencia a solicitarla se la negaban de plano.

Al parecer, los aludidos no le hicieron mucho caso -no existe, paradójicamente, gente más desobediente a las normas que los letrados; sobre todo respecto de las injustas o tontas-. Cuatro años después, esta vez Vasco Núñez de Balboa, adelantado, gobernador de Veragua y descubridor del océano Pacífico -por entonces Mar del Sur- entre exploración y exploración del istmo de Panamá y adyacencias pidió encarecidamente al rey que “no pasasen” abogados a estas tierras nuevas, fundamentando su pedido en que “porque ningún bachiller acá pasa que no sea diablo, tienen vida de diablos y no solamente ellos son malos más aun hacen y tienen fama por donde haya mil pleitos y maldades”. Su Católica Majestad estuvo nuevamente de acuerdo y mandó que por espacio de cuatro años ningún abogado “pisara la tierra firme de las indias”.

Poco después se reiteró el tema en unas ordenanzas que mandó el rey a Pedro Arias Dávila, conocido también como Pedrarias, gobernador y capitán general de Castilla del Oro, territorio que incluía los países actuales de Nicaragua, Costa Rica, Panamá y el norte de Colombia. Por orden real, no debía consentirse que existieran “letrados ni hubiese abogados ni procuradores en aquella tierra, porque se tenía experiencia de estas islas y otras partes, que son perjudiciales a la tierra…”. La norma calzaba justa con el temperamento ambicioso y cruel del gobernador, quien por entonces, con 74 años, era el de mayor edad de toda la América puesta en la bolsa de España.

Y por esas particularidades que tienen algunos colegas -no importa el tiempo histórico-, en 1516 se pidió en la isla de Cuba la prohibición de la llegada de nuevos abogados… de parte de quienes ya ejercían el oficio de procuradores, ya que “a causa de haber muchos abogados ha habido y hay en ella muchos pleitos y los vecinos viven muy adeudados…”. El rey se debe haber quedado impresionado por el pedido, pues en 1521 lo reiteraron, atento a que el monarca no les había contestado, cinco años después del primer planteo. Con tales pedidos, esos colegas sólo consiguieron… que los prohibieran a ellos también.

Era un lugar común de la época tener a los abogados por provocadores de pleitos antes que por solucionadores de ellos. Todas las rencillas inherentes a cualquier sociedad humana les eran endosadas. Aun sin la decisión real, en Cuba consiguieron ese estado idílico de una sociedad sin abogados. Y entonces descubrieron que los pleitos seguían surgiendo y los ya dados, nunca podían ser concluidos. Fue cuando los “vecinos” de la isla pidieron a la corona… abogados, por ser necesario en razón de los “muchos pleitos habían quedado inconclusos, con gran menoscabo para sus intereses”. Y en 1524 se autorizó que pudiesen permanecer en la isla dos colegas, para finalizar los pleitos pendientes.

Decididamente, existen profesiones que tienen más suerte que la nuestra. A los médicos nunca se los acusa de propagar enfermedades. Al odontólogo ninguno de sus pacientes lo culpa por sus caries. Afortunados ellos.