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¿Mal nutridos o mal alimentados? Un dilema pediátrico

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Por Enrique Orschanski / Médico Cirujano, Especialista en Neonatología M.P 13.688

Los cambios de la vida familiar repercuten en la frecuencia y los modos de alimentarse. El impacto de las publicidades y la comida procesada

Durante los últimos 50 años, se produjeron profundos cambios en la vida familiar que repercutieron directamente en la frecuencia y en los modos de alimentarse.

La extensión de la jornada escolar inauguró tales transformaciones. La razón esgrimida por las autoridades para que las escuelas terminaran albergando a niños y niñas durante un promedio de 9 horas diarias tuvo un sentido pedagógico. Sencillo fue descubrir que se trataba de una respuesta social a la prolongada ausencia de padres y madres del hogar; buenas personas que debían duplicar su esfuerzo laboral para sostener endebles economías familiares.

Como el extendido horario escolar no era suficiente para cubrir la ausencia familiar, surgieron actividades extraescolares felizmente aceptadas por todos, sin advertir el riesgo de dilución de hábitos en la vida infantil y adolescente. Rutinas hoy consideradas tradicionales, pasadas de moda.

Por su lado, la industria de los alimentos experimentó un notable desarrollo, colmando el mercado de productos procesados y ultraprocesados que permitían resolver otro dilema: el de la preparación de comidas en escaso tiempo y que fueran aceptadas por los chicos.

De tal modo, la masiva disponibilidad de comida industrial terminó por pulverizar los escasos rituales de alimentación que quedaban en pie.

El proceso comenzó en las grandes urbes, para llegar hasta las localidades menos pobladas. Todos los miembros de las familias fueron absorbidos por el apuro existencial, origen de muchas de las enfermedades infantiles derivadas de una alimentación desordenada.

No es posible abordar el tema sin considerar la incorporación del uso de la tecnología (in-corpore = en el cuerpo). A modo de alimento esencial, las pantallas ingresaron primero como facilitadores del trabajo, luego como fuentes de entretenimiento y estudio, y finalmente, y al igual que con otras adicciones, causando abstinencia y necesidad de aumentar la dosis. El sedentarismo consecuente no se hizo esperar.

Y así quedó conformado el día infantil; entre numerosas actividades, breves momentos de alimentación con productos no naturales y con la inagotable oferta de distracción en las redes sociales.

Términos en desuso

En ese contexto varias palabras cayeron en desuso; o, al menos, perdieron su significado original.

Desayuno (del galo-romance desjunare («romper el ayuno») fue la primera.

Concebido inicialmente como un valioso momento para que los chicos iniciaran la jornada con alimento nutritivo, hoy es un momento frenético en el que cada uno intenta tragar algo mientras acomoda su mochila, termina de peinarse, escucha las últimas recomendaciones de sus mayores y grita que olvidó “el mapa político que debía llevar sin falta”.

El desayuno de la mayoría de los escolares no representa un encuentro familiar; por el contrario, suele originar peleas al no llegar a complacer a madres y padres que piden “un trago más de leche” o “media tostada”.

El verdadero des-ayuno se produce, en el mejor de los escenarios, en el recreo largo, masticando golosinas o panificados de escaso aporte nutricional.

Almuerzo proviene del latín: admordere, prefijado del verbo mordere (morder). Las primeras concepciones del almuerzo surgieron en la antigua Al-Ándalus (actual España) entre el siglo VIII y el siglo XV, creadas por aristócratas árabes para disfrutar de ciertos productos agrícolas. Con el tiempo, el concepto se extendió al pueblo, que cambió el significado de “celebración” por el de una forma de mantenerse vigorosos durante las horas de trabajo.

En nuestro medio, la enorme mayoría de niños y niñas no almuerzan con sus padres. Muchos se sientan en comedores escolares a jugar y a molestarse entre sí, postergando la incorporación de alimentos. Durante los fines de semana los almuerzos recobran vida, aunque con productos elegidos por los propios chicos como consecuencia de la crianza complaciente de padres y madres culposos por no compartir más momentos con sus hijos.

La merienda es la palabra con mayor riesgo de extinción. Del latín merenda, de merere = merecer, se utilizaba en la antigua Roma para denominar a la comida que se servía a los soldados a media tarde como reconocimiento a sus entrenamientos y combates.

Los chicos actuales también se “entrenan” y “combaten” cada día de manera ininterrumpida, por lo que bien vale utilizar el término merienda para nombrar aquellos alimentos que se ingieren con apuro entre una actividad y otra, pero que tampoco constituyen encuentros.

La cena (del latín cena) es el nombre de la última comida del día, al atardecer o a la noche según las costumbres de cada comunidad. Tal vez sea el último bastión que le queda a la familia actual para reunirse, re-conocerse y coincidir en un momento de alimentación. Mientras que desayuno, almuerzo y merienda se asumen como “cargas de combustible” en soledad, la cena podría ser celebrada como una auténtica ceremonia de saberse juntos. Sin embargo, el ritmo de vida actual también cambió la cena de muchos núcleos familiares por des-encuentros, al descubrir que cada quien come algo diferente en un sitio distinto de la casa y frente a otra pantalla. Son individuos aislados bajo el mismo techo, masticando y tragando sin hacer comunidad. Revisemos las raíces comunes.

Comer proviene del verbo edere y en las derivaciones griega y latina se le agrega el prefijo kom o com (junto, cerca de), para terminar en la palabra comedere, que define que, en realidad, no se come si no es con otros, cerca de otros.

En apretada síntesis, los rituales de alimentación -en aquellos privilegiados que disponen de hogar, alimento, abrigo y afecto- han visto modificado su objetivo original para transformarse en breves instantes para masticar y tragar con apuro, con variables dosis de ansiedad por cumplir con las obligaciones y con una novedosa percepción de soledad; que no es aislamiento ni abandono, sino la certeza de no establecer comunidad al momento de alimentarse.

Desde una mirada pediátrica ampliada, resulta imposible establecer un claro límite entre mal nutridos y mal alimentados.

La influencia de la industria

En un momento histórico en el que muchos adultos advierten los efectos adversos de una mala alimentación, las infancias aparecen como los nuevos objetivos-blanco de las publicidades. Es así que la industria alimentaria dirige hoy sus campañas publicitarias a niños y adolescentes.

De tal modo, el 60% de los productos que componen la dieta infantil cotidiana son ultra procesados, es decir que contienen conservantes, aditivos y colorantes con potencial daño para la salud.

Aun cuando rigen normas éticas para difusión de publicidades, los mensajes siguen conteniendo mensajes engañosos. Prometen a los chicos que crecerán más, que nunca enfermarán e incluso que muchos alcanzarán los “súper poderes” de sus personajes favoritos.

Se estima que, en Argentina, niños y niñas están expuestos a un centenar de mensajes comerciales por semana, que promocionan comida “chatarra”, en particular bebidas bicarbonatadas, derivados lácteos azucarados y snacks salados.

El desorden alimentario expuesto los torna vulnerables a la oferta tentadora de alimentos de cocción rápida, con exceso de calorías y grasas, pero de sabor agradable, y pobres en fibras y proteínas, pero de color atractivo.

Las consecuencias ya se advierten: abundan los trastornos alérgicos y el sobrepeso a edades tempranas, hipertensión arterial, predisposición a desarrollar diabetes y afecciones cardiovasculares en edades posteriores.

Quien reconozca lo descrito debería, cada quien, según su alcance de brazo, redefinir el concepto de nutrición; que supera largamente al de la mera alimentación.


Sobre la seguridad alimentaria y el derecho a la alimentación

Por Eduardo Aprile / Presidente del Colegio de Licenciados y Técnicos en Química e Industrias de la Alimentación de la Provincia de Córdoba. Presidente del Primer Congreso.

Estamos muy orgullosos en ésta, nuestra primera oportunidad, de contar con los aportes tan valiosos de profesionales de la salud como la Asociación Argentina de Celiaquía y, en este caso la valoración del prestigioso Dr. Orschansky abordando el modo que tiene la niñez actual en consumir alimentos.

La frase que utilizo “consumir alimentos” me hace pensar en lo lejos que estamos, incluso, de la definición de Seguridad Alimentaria y Derecho a la Alimentación que expresa la FAO Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura cuando manifiesta que la seguridad alimentaria y derecho a la alimentación es, entre otros aspectos, “un derecho humano universal que se logra cuando todas las personas tienen acceso y disponibilidad a alimentos adecuados en todo momento, sin discriminación de ningún tipo”, ya que se debe mencionar además – cuestión que es de público conocimiento- la creciente desnutrición, el padecimiento del hambre, la escasez en el acceso a la disponibilidad de  alimentos nutritivos y de calidad.

La seguridad alimentaria se define y entiende mediante sus cuatro dimensiones – la disponibilidad, el acceso, la estabilidad y la utilización – la mejor manera de explicarla y medirla es a través de un «conjunto de indicadores».

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Comentarios 2

  1. Mariana says:

    Los padres culposos o culpables somos motivo de análisis en infinidad de columnas de especialistas. Sin embargo, el debate debería ser mucho más amplio al tratarte de alimentación. En primer lugar, porque vivimos en un país donde 7 de cada 10 chicos no comen, porque no tienen qué. Y porque los q tenemos la suerte de tener para darle de comer a nuestros hijos y nos esmeramos en q su alimentación sea lo más saludable posible, aún así sabemos q la fruta, la verdura y lácteos están envenenados, los agroquimicos está comprobado q están hasta en la lluvia. Argentina es el primer país en aprobar y usar sin identificación el trigo transgenico

  2. Mario L says:

    Excelente análisis de la actual ignorancia (por falta de instrucción, o desidia) sobre lo que significa comer, alimentarse y nutrirse; así como la falta de compromiso en mantener (hoy, mejorar) un hábito indispensable para la salud y el bienestar de la persona, tanto a nivel físico y mental, cuanto social. Gracias, Dr. Orschanski.-

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