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Moral internacional: ¿una falacia consentida?

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Quienes tratan de explicar los juegos de poder constituyen una especie de élite que se encarga de traducir sus decisiones al resto de los mortales. Con frecuencia, muchos priorizan en su trabajo concepciones éticas y tratan de entenderlo desde lo moral.

Tienen legitimidad para hacerlo desde esa vereda y sus conclusiones aparecen tan etéreas que llevan a cometer errores irreparables. Un antiguo ministro de economía argentino, cuya gestión transcurría durante una de las crisis más profundas de nuestra historia, lo expresó mejor que nadie: “Yo les hablo con el corazón y me responden con el bolsillo”, dijo desolado.

Los negocios internacionales son eso, negocios. Transacciones comerciales que se llevan a cabo entre dos o más países o regiones, públicas o privadas; son acciones que llevan adelante los Estados en procura de obtener ventajas comerciales -ganancias-, nuevas áreas de influencia, buscando obtener ventajas sobre sus tradicionales rivales o competidores.

Entre quienes estudiaron con detenimiento las relaciones morales en la política internacional se destaca el diplomático griego Nikolaos Politiis, autor de un celebérrimo tratado titulado La Moral Internacional. Después de una relectura circunstanciada de ese texto concluimos provisionalmente que la aplicación de los conceptos morales nos hace equivocar en los planteos políticos. Introduce falsas analogías.

Las reglas y los conceptos que se refieren a la moralidad difieren, en mucho, de aquellos que rigen la conducta de los Estados. “Hasta que la costumbre a los acuerdos específicos creen un código internacional de moralidad que controle los Estados en su conducta (…) la moralidad y la política internacional tendrán poca relación recíproca.” Mucho más cuando la amenaza del uso de la fuerza es habitual en la relación permanente entre los gobiernos.

La exclusión del discurso moral es evidente porque los hombres de Estado -anota en su tesis de grado la politóloga colombiana Sarah María Saldarriaga García- deben perseguir el interés nacional y este interés puede variar -o ser controversial- con los intereses de los demás intereses nacionales alrededor del mundo.

“Thomas Hobbes nos presenta una clara forma de escepticismo moral, ya que para él el problema no radica en la estructura de la moralidad sino en las condiciones bajo las que se aplica. Para Hobbes, en el estado de naturaleza no hay ni justicia ni injusticia. La ausencia de moralidad se explica debido a que en una comunidad en ausencia de una ‘vida ética’, los juicios morales son inaplicables (…). Está claro que los Estados soberanos, a diferencia de los individuos dentro de los mismos, no se encuentran sujetos a un gobierno común, y que en este sentido lo que hay es una gran anarquía internacional. Como resultado de ésta, lo que resulta evidente es que los Estados no forman ningún tipo de sociedad y que, para poder formarla, tendrían que subordinarse a una autoridad común”, afirma Saldarriaga García.

Sus afirmaciones hacen que nos enfrentemos a un verdadero dilema. Uno de los tantos que la Historia se ha planteado largamente en procura de entender la conducta del hombre y de los Estados, debido a que el hombre busca justificar sus acciones, en el ámbito público o privado o público, basado en esos preceptos morales.

Cuando no lo logran, las religiones concurren con su perdón. ¿Se transforman en un apéndice imprescindible del poder o representan el poder mismo?

Pero no siempre se puede hablar de moral en sentido absoluto. Mucho menos frente a la muerte por hambre e inanición de millones de seres humanos. Fundamentalmente de cara a la mentira despiadada de los Estados cuyos funcionarios se presentan como modelos morales a seguir y dueños de la verdad absoluta.

Nos muestran una moral dividida, conveniente, y ésa es la que es aplicada en el campo de las relaciones internacionales. Los voceros gubernamentales, al mentir o al negar lo evidente, cumplen esa función a la perfección.

El escepticismo crece. Las dudas sobre el rol de los organismos multinacionales aumentan. Sus resoluciones basadas en el deber ser tienen extrema volatilidad.

Si los hombres de Estado deben perseguir el interés nacional y este interés difiere de los demás intereses nacionales alrededor del mundo ¿cómo se resuelven las controversias?
Como dijimos anteriormente, el problema radica no en la estructura de la moralidad sino en las condiciones bajo las que se aplica. Siguiendo a Hobbes, hay un tipo de moral llamada “moral especial”.

Se argumenta frecuentemente que hay una moralidad que gobierna las relaciones internacionales, pero es una moral especial que debe distinguirse de la moral privada, de la moral cristiana o de la moral común. Es llamada por algunos “moral pagana”.

Cuando los juicios que se basan en estos tipos de morales se alegan legítimos, son de hecho los mismos que se basan en estándares morales organizados directamente o adaptados apropiadamente a las circunstancias alteradas de las relaciones internacionales.

Por esto, entregar los juicios a este tipo de morales es moralmente inaceptable.

Generalmente, el uso de estas morales especiales se hace precisamente para tratar de justificar lo que no tiene justificación: la violencia ilimitada, la guerra preventiva, los genocidios, las persecuciones raciales, la discriminación religiosa, la extorsión económica y política a los “países inviables”; en definitiva, la explotación del hombre por el hombre.

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