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Los esclavos españoles durante el nazismo

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Una de las más crueles páginas de la historia es ocupada por la Guerra Civil Española, que aún permanece en la memoria de los españoles -y duele-, a pesar del paso del tiempo. La derrota, el exilio y la esclavitud fueron las trágicas etapas por las que transitaron los prisioneros republicanos luego de la derrota a manos de las tropas de Francisco Franco Bahamonde.

La desgracia, la adversidad y el infortunio  están patentizados en el recuerdo y testimonio de los sobrevivientes, aquellos heroicos combatientes y militantes de la II República que huyeron hacia Francia o Portugal, dejando girones en el camino, mientras veían caer a sus compañeros -en desgracia- estragados por el hambre, el frío y las enfermedades.

Quienes huyeron en busca de protección en Francia dieron con sus huesos en los campos de concentración del régimen de Vichy, donde fueron sometidos a condiciones infrahumanas. Régimen que no aceptaba la inspección de la Cruz Roja, de las embajadas de México, Suecia y Suiza como de cientos de organizaciones humanitarias que, desde siempre, intentaron humanizar las prácticas de la guerra.

Esos hombres, mujeres y niños transformados en esclavos fueron obligados a ser sirvientes de la maquinaria bélica de la Alemania nazi. O, en en el peor de los casos, cuando se desplomaba el régimen hitleriano, fueron usados como escudos humanos para detener el avance de los ejércitos aliados. Destinando a los niños y mujeres a la peligrosa tarea de sembrar minas antipersonales o encontrar pasadizos en los campos minados cuando llegó la hora de emprender una desesperada huida.

Fueron -en definitiva- mano de obra barata, descartable, fácilmente reemplazable por nuevos contingentes de prisioneros sacados de los campos de concentración, que podían ser vendidos a las grandes industrias alemanas, diseminadas a lo largo y ancho de Europa, que hacían pingües negocios con la muerte.

Junto a ellos marcharon, rumbo a Alemania, miles de europeos seducidos por ventajosos contratos; o fanáticos convencidos de la inmortalidad del III Reich; y los perseguidos por la desocupación y la miseria en los países ocupados. En esa categoría formaron falangistas españoles, holandeses, belgas, daneses, nacionalistas ucranianos y de los países bálticos.

Muy pronto vieron estafadas sus expectativas, siendo sometidos a un régimen de servidumbre atroz.

Todos fueron obligados, junto a los prisioneros de guerra, a trabajar en jornadas extenuantes en la construcción de pistas de aterrizaje y carreteras militares, reconstrucción de líneas férreas, fortificaciones, desescombros en ciudades bombardeadas por la aviación aliada y trabajos auxiliares en la retaguardia para mantener la insaciable voracidad de las gigantescas batallas, sobre todo en el frente del este. La guerra, en tanto, consumía miles, millones de seres humanos. Todos los participantes exprimían el esfuerzo de la población civil. Alemania exigía a sus súbditos nuevos esfuerzos. Himmler y Richard Walther Darré son los encargados de la “proveeduría”.

Exigen que los franceses bajo el mando de Petain se incorporen, obligatoriamente, a las tropas nazis. Así fue como el régimen de Vichy obligaba a miles de hombres y mujeres -en edad militar- a cumplir “trabajos voluntarios” en Alemania. Decisión que fue resistida por miles de franceses que, pronto, se sumaron a los maquis, y otros se integraron a los partisanos italianos.

Joaquín Gálvez, miembro destacado de L’Amical de Mauthausen de Francia y España y veterano de la Guerra Civil, recuerda que fueron también rumbo a Alemania miles de republicanos españoles refugiados en Francia tras la Retirada de Cataluña en febrero de 1939, con la derrota de la República, “los que nos vimos forzados a trabajar en el Muro del Atlántico, que desde Hendaya hasta Calais se proponían detener los desembarcos aliados.

Para entonces ya hacíamos grandes trabajos, como tala de árboles en los frondosos bosques de Normandía, picar piedras en canteras, alquitranar carreteras en la Francia ocupada.

A medida que la guerra se prolongaba, la fortaleza alemana se iba reduciendo a la defensa de la Europa hitleriana y las grandes requisas de mano de obra fueron utilizadas para levantar en la costa atlántica las famosas fortificaciones.  Así fuimos también requisados los “rouges espagnols”, toda una tarjeta de visita en aquellos tiempos en la que éramos conocidos los refugiados españoles. Los colaboracionistas de las Alcaldías nos entregaron a los gendarmes alemanes y conducidos a la costa de Bretaña.

Yo pasé dos años trabajando en campos de aviación para la Luftwaffe en Gäel, cerca de Plöermel, y campo de Plertuit, en Dinard, frente a Saint Malo. Trabajos extenuantes de pico y pala, vagonetas, haciendo pistas de aterrizaje de hormigón, subterráneos para municionamientos, llenos de barro pegajoso con temperaturas glaciales de hasta 20º bajo cero, mal vestidos y peor alimentados, que sólo nuestra juventud -yo entre 18-19 años- y el innato humor nos hacía exclamar al tumbarnos agotados en el camastro de paja de los barracones: ‘Si no nos morimos este invierno, ya no nos morimos nunca…’. Dionisio Martínez, quien había sido herido en Teruel, nos solía contar sus peripecias.

Después de Teruel y trasponer los Pirineos fui capturado y torturado. Sin embargo, “sin agua ni comida, ni dinero, ni nada, huimos para llegar a París: nos unimos a la resistencia. Como libertarios debíamos morir defendiendo nuestra novia eterna: la Libertad. En combate”.

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