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Las celebraciones de San Jerónimo (II)

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San Jerónimo, el patrono de Córdoba, es uno de los santos padres de la iglesia Católica, aunque también es personalidad venerable para los ortodoxos y los anglicanos, junto a figuras magistrales como San Agustín o San Ambrosio, custodios de la doctrina y de la fidelidad a las enseñanzas de Jesucristo.

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San Jerónimo nació en Estridón, una población ya desaparecida de la Dalmacia, en territorio de la actual Croacia, sobre la costa balcánica del mar Adriático, en el año 342. En realidad, Jerónimo era su tercer nombre, pues en las aguas del bautismo le precedieron otros dos: Eusebius y Sophronius. Hieronymus quiere decir “el del nombre sagrado”: Jero, sagrado; nomos, nombre.

Hijo de una familia relativamente acomodada, decide continuar sus estudios en Roma, en ese entonces la capital política, cultural y religiosa del mundo. En la ciudad del Tiber se relaciona con el maestro Donato, uno de los más brillantes latinistas del momento, y bajo su guía frecuenta durante horas a los grandes autores latinos como su admirado Cicerón, Virgilio, Horacio, Tácito y Séneca, entre otros, sin dejar de lado a literatos y filósofos griegos como Homero y Platón.

Jerónimo, en su alegre juventud que no excluía las diversiones junto a los estudios, sufrió falencias humanas como la sensualidad, el mal genio y el orgullo. Pero en un momento dado, la joven Eustoquio (sic) le refirió un sueño donde Jesucristo le recomendaba a Jerónimo las sagradas escrituras.

Es entonces cuando afloran las emociones del dálmata, entre lágrimas, y decide retirarse al desierto de Calcis, al sur de Aleppo, la ahora castigada ciudad siria. Allí pasa sus días en soledad con sacrificios de todo tipo, pero al fin descubre que no era para él la vida de anacoreta. Superadas sus dudas, seco de carnes, pide compasión a Jesús y resuelve regresar a Roma.

Para ese tiempo, año 382, Jerónimo tenía 40 años, el papa Dámaso, luego santo, llama a un concilio de gran importancia para la Iglesia y designa como su secretario a quien luego sería también santo, Ambrosio, obispo de Milán. Sin embargo, el novel secretario se enferma y la intuición del Papa lo lleva a elegir para el difícil cargo al recién regresado Jerónimo. Su desempeño es acorde con las expectativas y el Papa, en consideración a su capacidad y conocimientos lingüísticos, le encomienda la traducción de la Biblia, recomendándole un lenguaje llano, inteligible para el común de la gente, es decir, en un pulido latin vulgar, de aquí que a la versión final de las sagradas escrituras, que estaría vigente por 15 siglos, se la conociese como Vulgata.

Es entonces cuando Jerónimo decide hacerse sacerdote y emprende una tarea no sólo fatigosa sino también rodeada de envidias y rencores. El carácter no lo ayuda demasiado, ya que es de por si duro en el modo de corregir yerros y equívocos. Es así que luego de una mala sangre demasiado continuada decide que “en Roma no se tiene derecho a ser santo en paz”. Viaja entonces a Tierra Santa y se instala en una gruta cercana a Belén, cueva que por 35 años será el marco de su tarea intelectual. Dice una difundida tradición que como compañía lo asistía la fidelidad de un león y así se lo representa con frecuencia, pero hay hagiógrafos, estudiosos de la vida de los santos, que sostienen que otro Gerónimo, esta vez con “g”, san Gerónimo anacoreta fue quien hallándose a orillas del río Jordán recibió el acercamiento de un león con una gran espina en una de sus patas. El monje se la retiró con cuidado y la fiera le guardó eterno agradecimiento, al punto que al fallecer el religioso se habría acostado sobre su tumba, dejándose morir. Una historia que en su esencia recuerda a la de Andrócles. Confusiones generadas por el tiempo y los nombres le habrían atribuido al santo de la Vulgata la singular amistad de tan bravo animal.

Algunas matronas romanas, encabezadas por Santa Paula, que tenían a Jerónimo como su referencia espiritual, lo siguen en su éxodo y fundan cuatro conventos en tierras del nacimiento de Jesús, tres de mujeres y uno de hombres. Como numen tutelar de estas comunidades y desde la austeridad de su cueva, nuestro patrono aprende también hebreo y realiza un colosal trabajo de traducción, al tiempo que escribe cartas de alto contenido doctrinario y cultiva la amistad intelectual de doctores máximos de la iglesia Católica como lo fueron los santos Ambrosio, Basilio, Agustín, Gregorio Nacianceno y Gregorio Niceno, venciendo en muchos casos la aspereza de su carácter.

En el despojado refugio que le proporcionó la naturaleza, muere el 30 de septiembre del año 420, cuando tenía 78 años.

Hay pinturas en las que se lo representa con atuendo de cardenal, pero en la mayor parte de ellas, como las de Leonardo o El Bosco, aparece como una figura humana semidesnuda, cercana a una piedra con la que se flagelaría el pecho y a una calavera que le recordaría la fugacidad de la vida terrenal. Por cierto, el león siempre aparece como compañía vigilante.
San Jerónimo también es el patrono de su patria natal, la actual Croacia, de la ciudad de Santa Fe de la Veracruz y de la colombiana y gardeliana Medellín. Entre la rebeldía de un Jerónimo y las sublimadas pocas pulgas de otro, nos fuimos modelando los temperamentos en esta Córdoba del Suquía.

(*) Abogado-notario. Historiador urbano-costumbrista. Premio Jerónimo Luis de Cabrera

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