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La tragedia de un niño mimado

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John fitzgerald kennedy junior Fue, al mismo tiempo, esperanza y desilusión. Carismático, nacido en cuna de oro y poder, poco pudo demostrar de sí mismo.

Por Luis R. Carranza Torres

John Fitzgerald Kennedy Jr. nació un 25 de noviembre de 1960, en la capital de Estados Unidos. Fue tan sólo dos semanas después de que su padre resultara elegido como el 35º presidente de Estados Unidos, el más joven que hubiera llegado al cargo y el primero de religión católica, aunque no la practicase con demasiado énfasis.

El pequeño había sido un hijo del poder, incluso desde antes de ver la luz. Ya en el vientre de su madre, la icónica y glamorosa Jacqueline «Jackie» Bouvier Kennedy, hizo -sin tener noción- su contribución a que papá Jack ganase las elecciones. La imagen de Jackie embarazada, tan bella como siempre y vistiendo ropas propias de su estado pero sin perder su habitual glamour, le aportó numerosos votos. El mostrar una familia idílica siempre ha redituado en la política estadounidense, aunque se trate de un espejismo.

Su primera infancia, hasta los tres años, transcurrió en la Casa Blanca. Era la primera vez en mucho tiempo que una familia con niños pequeños la ocupaba. Jack, su padre presidente, era al mismo tiempo una persona encantadora y un cruel ventajista político. Aun con un matrimonio en crisis, explotó cuantas veces pudo la imagen de padre abnegado. Por eso se molestó cuando, en una de sus innumerables giras, John lloró a moco tendido al despedir a sus padres en la escalerilla del avión presidencial. «Los Kennedy no lloran», se dice que fueron las palabras de la desaprobación presidencial.

Jackie, cansada de sus múltiples infidelidades, le tenía prohibido que usara políticamente a los niños. Pero un día, cuando las encuestas de aprobación daban en baja, Jack esperó a que su esposa saliera en su habitual, largo y muy costoso paseo de compras y por el salón de belleza, para llevar a los niños hasta la oficina oval, donde el fotógrafo presidencial los retrató jugando despreocupadamente mientras su padre trabajaba. La imagen del pequeño John escondiéndose debajo del escritorio «Resolute» dio la vuelta al mundo.

Sólo otra foto pudo eclipsar a ésa: la del niño al lado de su madre vestida de riguroso luto, saludando marcialmente al paso del ataúd de su padre durante su entierro oficial. Tres días antes de su tercer cumpleaños, un 22 de noviembre de 1963, su padre presidente fue asesinado de un disparo en Dallas.

Estudió en selectos colegios privados, para luego pasar por las universidades de Brown y Nueva York, donde estudió historia y obtuvo su título de abogado. Pero fracasó en dos ocasiones en su examen de habilitación profesional ante la Bar Association, antes de pasarlo a duras penas en la tercera.

Parecía tenerlo todo: combinaba el carisma de su padre con la clase y estilo de su mamá. Rico, apuesto, joven, era lo más parecido a un príncipe real que pudiera existir en Estados Unidos.

Su tío Ted, eterno senador por Massachusetts y lo más parecido a un padre que conoció, aspiraba a empujarlo hacia la política. Pero John-John, mimado de su madre, parecía más interesado en disfrutar de la vida y salir con cuanta mujer hermosa se le cruzara. Muy al estilo de su padre, pero en versión soltera, tuvo amoríos de diversa intensidad y duración con Cindy Crawford, Sarah Jessica Parker, Daryl Hannah y hasta Xuxa, antes de sentar cabeza casándose con la aristócrata, ex modelo y gerente de Calvin Klein, Carolyn Bessette, el día de la primavera de 1996.

Para entonces, luego de un gris paso por la oficina del fiscal de Nueva York desde 1989 hasta 1993, decidió que la abogacía no era lo suyo y se dedicó, a partir de 1995, a editar una revista llamada George, una suerte de Playboy de la política, sin desnudos.

Tal como sucedió con el de su padre, su matrimonio andaba “flojo de papeles”. Pero, por una vez entre los Kennedy, las infidelidades no eran la causa. Carolyn le reprochaba su obsesiva dedicación a la revista y su insensibilidad ante casi todo, empezando por sus sentimientos.

Para colmo, las cifras de ventas de George distaban de ser halagüeñas.

Estaba pensando en postularse como senador por Nueva York por el partido demócrata, cuando un 16 de julio de 1999 estrelló su avioneta en el Atlántico, sobre la costa de Martha’s Vineyard, camino a la boda de una prima en la residencia familiar Cape Cod. Tenía por entonces sólo 38 años. Iban con él su esposa y su cuñada, Lauren. El «Príncipe de Norteamérica» había volado con malas condiciones meteorológicas, piloteando de noche cuando no se encontraba habilitado para ello y apenas si estaba a la mitad de su curso de piloto.

Esa insensibilidad que se le reprobaba se había convertido en algo fatal. Se habló de accidente y tragedia, cuando no había sino una temeridad rayana en la locura.
La familia Kennedy, con la ayuda del gobierno de Bill Clinton, hizo cuanto pudo para disimular tal imprudencia. Hasta pagó una suma millonaria en concepto de daños a los padres de las Carolyn y Lauren Bessette por sus muertes, a cambio de una promesa de confidencialidad en todo el asunto.

También la historia de Estados Unidos cambió con ese accidente: en lugar de John-John, quien se postuló a la banca fue la ex primera dama Hillary Clinton. Resultó la plataforma que le permitió pelear luego con Barack Obama, palmo a palmo, una nominación a la presidencia del país. Pero no tenía el carisma de John-John, ni la chapa de hijo de un presidente asesinado y una primera dama de cuento de hadas.

Por eso no son pocos los que piensan que si ese accidente irresponsable no se hubiera cruzado en el camino, hoy Estados Unidos tendría a otro Kennedy en la presidencia.

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