“Falcone assassinato”

Su compromiso, que abrió el camino para desmantelar la mafia, terminó costándole la vida

Por Luis R. Carranza Torres

Luego de la avalancha de condenas contra la mafia en el maxiproceso siciliano, muchas de ellas fueron revertidas en el Tribunal de Casación presidido por el juez Corrado Carnevale, más tarde también acusado de connivencia con la mafia. Por algo se lo apodaba en los pasillos tribunalicios como «ammazza-sentenze», asesino de sentencias, sobre todo aquellas en que se condenaba a mafiosos.
La Cosa Nostra se revelaba como un verdadero Estado paralelo que aprovechaba la corrupción del otro Estado, el «oficial», para salirse con la suya. Dos años después de que culmino el maxiproceso con sus 360 condenas, en 1989 sólo 60 acusados estaban tras las rejas, varios de ellos con reclusiones de privilegio en hospitales penitenciarios, por enfermedades inexistentes.
Como se sabría más tarde por un «pentiti» -un arrepentido de la mafia-, la organización había tolerado el escarnio del maxiproceso por la promesa de los jueces a quienes les pagaba salarios, de que luego serían discretamente liberados cuando el tema hubiera salido de la atención pública.

Pero no contaron con las agallas y dedicación de los magistrados Giovanni Falcone y Paolo Borsellino quienes, a partir de enero de 1992, se encargaron de las apelaciones del maxiproceso. No sólo empezaron a ser rechazados los recursos sino que incluso se logró nulidificar muchas absoluciones. Muchos capos y mafiosos que habían salido silbando bajito de la cárcel tuvieron que volver a ella. La venganza fue inmediata y la mafia empezó ajustando cuentas con los propios: el dos veces alcalde de Palermo, miembro del parlamento nacional y, como se decía, un verdadero «proconsul» del Estado italiano en Sicilia, Salvatore Achille Ettore Lima, fue asesinado a tiros en la vía pública. Era la respuesta de sus pagadores a su incapacidad para mantener a raya a los magistrados antimafia.
Luego fue el turno de los enemigos. Desde la clandestinidad, «il capo di tutti i capi», el jefe de jefes mafiosos, Salvatore “Totò” Riína, mandó el mensaje: «Il dottore deve morire». Era como se referían, en odio y respeto, a su peor enemigo: Giovanni Falcone, un símbolo del coraje de los magistrados probos frente a la violencia y criminalidad mafiosa. El cual, por aquel entonces, había cambiado su puesto en el tribunal de Palermo por otro en el Ministerio de Justicia de Roma, donde trabajaba en la creación de un fuero especial antimafia.
El sábado 23 de mayo de 1992, Falcone junto a su esposa llegó a Palermo en un vuelo oficial. El propio Estado pasó con anticipación el dato a la mafia. A la hora 17.56 el convoy de tres coches blindados llegó al desvío a Capaci de la autopista que comunicaba el aeropuerto con Palermo. Fue el momento para los sicarios de activar los 572 kilos de trinitrotolueno escondidos en un túnel bajo la autopista.

El primer vehículo de escolta fue arrojado a cinco metros de distancia. El siguiente, en el que viajaba Falcone, fue literalmente sepultado bajo los escombros.
Todo un kilómetro de autopista fue reducido a escombros. El magistrado fue rescatado con vida pero murió horas después en el Hospital Cívico de Palermo. El «attentatuni», el gran atentado, además de la vida de Falcone, cobró la de su mujer, la magistrada Francesca Morvillo, y de tres agentes de su escolta.
El entierro fue multitudinario y el país entero guardó luto por el atentado. Una niña pequeña quedó captada en una foto llevando un cartel en el que se leía: «No quisiste tener hijos pero me hubiera gustado ser hija tuya». Falcone siempre había dicho que esquivaba la paternidad porque no tenía sentido traer niños al mundo para luego dejarlos huérfanos.
Borsellino, amigo personal del fallecido, fue su reemplazante en lucha. «Sé que no sólo asumo un cargo. También estoy firmando mi sentencia de muerte», dijo por esos días. Ocurrió menos de dos meses después. El 19 de julio de 1992 otro coche bomba lo mató junto con su escolta en las puertas de la casa de su madre.
El parlamento se decidió a crear el fuero antimafia y el gobierno envió dos divisiones del Ejército para asegurar cada palmo de terreno. Es que a los políticos presentes en el entierro de Falcone, por primera vez, la gente los había abucheado. Y luego, en el de Borsellino, directamente los habían insultado y echado a los golpes y empujones, presidente de la república incluido.
El mensaje de la sociedad era claro. Falcone lo había escrito clarito antes de morir, en el libro Cosas de la cosa nostra:»Algunos grupos políticos están aliados con la Cosa Nostra en el intento de condicionar nuestra democracia, todavía inmadura, eliminando a personajes incómodos para ambos».

Luego de esas muertes, Italia pareció reaccionar. No quedaba en los políticos a sueldo de la mafia mucho margen para amparar a nadie. Un año después, en enero de 1993, se logró la captura de la cabeza de la organización y responsable de esas muertes, Totò Riína. Un primer signo de que algo empezaba a cambiar en el Estado en su conjunto, más allá de las actitudes heroicas individuales.
El mafioso fallecería a los 87 años, sin salir de la cárcel de Parma, el 17 de noviembre de 2017, aquejado de cáncer, con la salud muy deteriorada luego de dos intervenciones quirúrgicas.
Contadas personas estuvieron en sus exequias, buscando pasar lo más desapercibidas posibles. Y ninguna niña llevó cartel alguno.

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