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El último fusilado

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Las consecuencias de un ajusticiamiento. La ejecución de Zenón La Rosa en 1872 tuvo más de una reacción posterior.

Por Luis R. Carranza Torres

Ese lunes 29 de abril de 1872, pocos en Córdoba pudieron sustraerse al evento que captaba todas las atenciones: la ejecución del comerciante Zenón La Rosa.

Nazario Sanchez en un artículo aparecido en el diario Los Principios de 1927 anotaría respecto de la previa al hecho: “El acento compasivo de una gran parte de la sociedad que pidió por la vida del reo traduciendo la conciencia pública, no fue oído por quien tenía la hermosa facultad de indultarle, el gobernador Antonio Álvarez y, el infortunado La Rosa, hombre de bien pero perturbado y perdido por la fatalidad, subió al cadalso por un delito pasional”.

Como nos cuenta Ana Mulqui, la víctima de su crimen, Rosario Ortiz, pertenecía a la familia de don Antonio Ortiz del Valle, conocido como “el rey del suelo” por estos sitios. Una familia de poder, que nunca le perdonaría ese ataque homicida de celos a Zenón La Rosa. Eso, a más de la reprobación pública, sellaría su suerte.

Previamente nos hemos sobre las diversas alternativas que llevaron a dicho comerciante al paredón de fusilamiento por su crimen. Las distintas crónicas no se explayan respecto al momento de la ejecución en sí. Suponemos que el sentido del recato y pudor de la época pudo haber influido en ello. Podemos darnos una idea de lo sucedido, apelando a las viejas reglamentaciones respecto de la ejecución de la pena de muerte obrante en las leyes militares del ramo. Si bien La Rosa fue ejecutado por una pena impuesta por un tribunal civil, lo atinente al acto de la ejecución no debía dista mucho en uno y otro caso.

Al respecto, dichas reglamentaciones expresaban que: “A la hora señalada, el jefe de las fuerzas procederá a dar cumplimiento a la sentencia mandando que se conduzca delante de él al reo, convenientemente asegurado y escoltado por ocho soldados al mando de un sargento, que serán los mismos tiradores de la ejecución”.

Instalado en el banquillo, “el pelotón encargado de la ejecución, formado en dos filas y con las armas preparadas se aproximará a seis pasos. El sargento que los manda levantará el brazo, a cuya señal apuntarán su fusil al pecho del reo; al bajar el brazo el pelotón hará fuego. El sargento se adelantará y le dará el tiro de gracia”.

Con la espalda contra el viejo Calicanto, a las 11.20 de la mañana del 29 de abril de 1872, Zenón la Rosa recibió la descarga mortal del pelotón de fusilamiento.

Nazario Sanchez acota en su crónica que: “La insegura descarga no apagó su vida desde el primer instante, pero el tiro de gracia, no se hizo esperar”. La emoción del momento había ganado también a los tiradores. Luego, la Hermandad de Caridad, como era de estilo, se hizo cargo del cuerpo.

También dicho autor reproduce el acta levantada con motivo del fusilamiento: “En la ciudad de Córdoba, a 29 días del mes de Abril del año 1872, pasó el infrascripto acompañado del Aguacil don Ricardo J. Rodríguez, al lugar designado para la ejecución del reo Zenón La Rosa (extremo Sud del calicanto), y llegado éste al lugar indicado, siendo las once y veinte minutos de la mañana, y previa lectura de las sentencias de 1º, 2º y 3º instancia, fue ejecutado a bala en virtud de orden que a este respecto se nos exhibió del Ministerio de Justicia; después de esto fue entregado el cadáver de La Rosa a los Hermanos de La Caridad sin haber sido suspenso dicho cadáver durante el término ordenado en la sentencia del Superior Tribunal, a mérito de la orden recibida por el infrascripto escribano, que al efecto adjunta. Con lo que concluyó este acto, firmando la presente el expresado aguacil, por ante mí de que doy fe. J. Rodríguez. Ante mí: Justo Vidal, Escribano del Crimen”.

Luego de tal acto el aguacil don Ricardo Rodríguez, encargado de ejecutar la sentencia, según refiere Nazario Sánchez, “a consecuencia de tener que afrontar esta situación terriblemente dramática, fue víctima de un derrumbamiento mental, y el pobre Rodríguez arrastró una melancólica demencia hasta su muerte”.

Por su parte, la inhumación de los restos del reo fue registrada, como nos cuenta Víctor Ramés en su artículo “Ecos de la última descarga”, en los libros parroquiales de la Catedral, en  los siguientes términos: “En el año del Señor de 1872 a 29 de Abril, el Ayudante de semana sepultó con oficio de rito menor rezado, en el cementerio público de esta Ciudad al cuerpo mayor de D. Zenón La Rosa, viudo de Dª Rosario Ortiz, que ha fallecido hoy ajusticiado, como de 43 años. Y para que conste lo firmo yo el Cura Rector más antiguo. Jerónimo E. Clavero”.

El dramatismo de lo ocurrido convenció a muchos que era hora de terminar con la pena capital. A pesar de ser suprimida en el Código Penal recién en 1922, nunca más se llegó a aplicarla en Córdoba.

Alguna vez nos dijo un profesor estadounidense: “el punto de discusión no es si existen personas que por sus crímenes aberrantes merezcan morir. La pregunta que debemos hacer respecto de las ejecuciones es si nosotros podemos consentir, como sociedad, que se asesine desde el Estado”.

Como puede verse, desde el punto de vista que se lo discuta, lo referente a la pena de muerte dista de ser un tópico sencillo. Los cordobeses de ese 1872 pudieron apreciarlo en forma directa.

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