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El reverso de la foto de un niño sirio

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La foto de Aylan Kurdi, el niño inmigrante sirio hallado muerto en las costas de Turquía, mostró crudamente la realidad de muchas personas que huyen (o intentan hacerlo) de su tierra en busca de mejores condiciones de vida.

Nilufer Demir, la fotógrafa turca que capturó tan terrible imagen, en una entrevista al diario francés Le Monde expresó: “No podía hacer nada por él. Lo único que podía hacer es que su grito fuera oído en el mundo, y lo hice con su fotografía”. Y reconoció que “se me heló la sangre cuando vi el cuerpo del pequeño Aylan con su camiseta roja”. Y cuando le preguntan por lo que le causa haber sido la autora de esa foto, lo dice sin ambages: “Preferiría que ese niño estuviera vivo y que la imagen no existiera”.

Entre las muchas repercusiones que generó esa foto, nos quedamos con una frase que el dibujante Liniers puso en una de sus caricaturas dedicadas al tema: “Somos humanos y no sabemos cómo hacer un mundo como la gente”.

El desplazamiento forzoso de personas por la guerra, la hambruna, las epidemias u otros estragos de la pobreza y la miserabilidad de algunos pocos que pueden afectar a muchos es, lamentablemente, un fenómeno ancestral que vive la humanidad. La historia, en forma reiterada nos muestra cómo los seres humanos, cuando sienten menoscabados sus derechos fundamentales, son capaces de dejar todas sus cosas en busca de mejores horizontes.

Nuestro país es un claro ejemplo de ello: oleadas de inmigrantes europeos, árabes, judíos y de otros orígenes poblaron y pueblan nuestro territorio, el que, salvo esporádicos y minoritarios rechazos, los acogió con los brazos abiertos.

De tierra de esperanza y promisión entre fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX la Argentina se convirtió a partir de la segunda mitad del siglo XX e inicios del siglo XXI en un país expulsor de su propia gente debido primero a su intolerancia política y luego por sus cíclicas crisis económicas.

Y mientras se multiplican, del fin de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, convenciones internacionales varias sobre refugiados, exiliados o categorías afines, el modo de conjurar esos fenómenos de masas está lejos de haberse hallado.

La falta de empatía y compasión por el otro parece ser un denominador de muchos de nuestros congéneres en este tercer mileño, que arrancó con bombos y platillos para pronto mostrar el rostro de un mundo deshumanizado, muchas veces perdido de sí mismo. Sin valores ni metas y, muchos menos, que se caiga alguna idea respecto de cómo estar a la altura de lo que se necesita hacer en estas situaciones.

El problema es complejo, lo reconocemos. Pero a propósito del debate que se plantea en Europa, nada parece en lo que se discute ser una solución sustentable en el tiempo: se debate sobre “cuotas” de gente para recibir los diversos países, de qué darles o no darles, de dónde alojarlos…, todas ellas son medidas de coyuntura, teñidas de un pragmatismo utilitarista que espanta. También, sin distinción, son medidas que no pueden ser una solución a futuro, pues sólo atacan las consecuencias del problema y no sus causas.

Se focaliza el asunto en quién debe recibir o no a los refugiados. Se trata de una medida de urgencia necesaria, que no admite demoras, pero que ni roza con una solución de fondo. Y no enfrentar las causas de por qué tanta gente deja sus lugares de vida para arriesgar la propia existencia en un literal salto al vacío es mostrar una inhumanidad aún peor que los espurios cálculos de ocasión.

Sobre cuáles son esas causas, la seguimos la semana próxima.

* Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. ** Abogado, magister en Derecho y Argumentación Jurídica

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