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El Cabildo, institución de la ciudad (II)

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Por Carlos Ighina (*)

Pese al debilitamiento que el centralismo administrativo de los Borbones impuso a la institución capitular, los cabildos aparecen como las instituciones públicas más aptas para promocionar la independencia de las naciones americanas pues, por medio del recurso del cabildo abierto –convocatoria a asamblea de vecinos-, ejercieron la democracia representativa, con las limitaciones del caso, y llegaron a tomar decisiones trascendentales como la destitución de Sobre Monte durante las invasiones inglesas o el célebre cabildo abierto del 22 de mayo de 1810.
En Córdoba, como institución propia de la ciudad, el cabildo sobrevivió a los cambios políticos de 1810 y 1816, desapareciendo recién en 1824 tras una disposición del gobierno unitario de Rivadavia, que en cierto modo concretaba la actitud centralista borbónica. El gobernador de Córdoba, brigadier don Juan Bautista Bustos, promulgó el último día de 1824 la respectiva ley provincial que clausuraba el secular organismo colegiado de tan fecunda trayectoria en la composición política iniciada en 1573.
La constitución de la Provincia de Córdoba de1855 dispuso en su artículo 72 el reconocimiento de la “Municipalidad o Cabildo” con todos los atributos, goces de renta y jurisdicción que en cierto modo caracterizaron al cuerpo capitular precedente. Como se ve, la carta magna cordobesa apeló a dos términos que presenta legislativamente como equivalentes. Al respecto opinó el doctor Donato Latella Frías –quien fue un distinguido profesor de Historia del Derecho Argentino y por dos veces consecutivas intendente de la ciudad de Córdoba- que esta equiparación manifiesta en el contexto legal fue significativa y demostró el arraigo del cabildo como institución popular de larguísima trayectoria.

Dos años después, el 9 de julio de 1857, se instalaría definitivamente el municipio como entidad política rectora de la ciudad, cuando por disposición del gobierno se reunieron en la Sala de Sesiones de la Honorable Legislatura Provincial –precisamente el espacio deliberativo del viejo cabildo- “los señores que han sido electos para formar la Municipalidad de esta ciudad que son los siguientes: D. Apolinario Rivas, D, Martín Ferreyra, D. Gregorio Román, D. Marcos Patiño, D. Juan Posse, D. Julio Fragueiro, D, Donaciano del Campillo, D. Mariano González, D. Félix de la Peña, Dr. D. Modestino Pizarro. Dr. D. Fenelón Zuviría y Dr. D. Luis Warcalde, habiendo faltado los señores D. Gerónimo Yofre, D. Juan Roqué y D.Francisco Bravo”.
A la una de la tarde se hizo presente el gobernador, Roque Ferreyra, acompañado de su ministro Clemente Villada, seguidos de las “listas civil y militar y un numeroso pueblo”. Por mayoría de votos fue elegido Luis Warcalde para oficiar de secretario y redactar el acta correspondiente.
De inmediato, el gobernador -puesto de pie, lo mismo que todos los circunstantes y los municipales electos- hizo la señal de la cruz.
La fórmula de juramento, en cuya redacción no se observa la hasta entonces clásica referencia a los santos evangelios, fue la siguiente: “¿Juráis ante Dios y la Patria desempeñar fiel y legalmente el cargo de municipales para el que habéis sido electos? ¿Juráis defender, respetar y obedecer la constitución general de la República y de la Provincia? “.
A continuación, el señor ministro General de Gobierno se dirigió a los flamantes municipales –ayer cabildantes o capitulares y hoy concejales- “haciéndoles presentes que el país y el Gobierno esperaban grandes mejoras de la nueva institución, que era tiempo ya de dedicarse con empeño al bien común abandonando la estéril política, que por tanto tiempo nos tuvo divididos y anarquizados”.
Villada terminó felicitando al país porque quedaba dotado de una institución que venía a ser el complemento del sistema republicano por el que se había optado.

La asamblea de municipales, a instancias del gobernador Roque Ferreyra, nombró presidente del cuerpo a Juan Posse, quien había acumulado un total de 10 votos. Ciertamente, el recinto del antiguo edificio del cabildo siguió siendo por mucho tiempo la sede natural del municipio.
Desde los siglos que han pasado a partir de aquel momento en el cual Francisco de Torres, primer escribano de cabildo, labró el acta fundacional de la ciudad, no podemos sino contemplar con respeto el edificio felizmente conservado del histórico cabildo, que nos abre la protección de su recova con la misma calidez del regazo materno.
Como bien evoca el doctor Latella Frías, el cabildo “presenció los pasos iniciales de la colonia, fue testigo de los descubrimientos y de la conquista, recibió desde Buenos Aires el resplandor libertario de 1810, fue testigo de cruentas y prolongadas luchas por la organización nacional, palestra, en fin, de los impulsos populares y de las gestas democráticas iniciales”.
La fachada del cabildo presentó por un tiempo prolongado las heridas que le produjeron los cañonazos consecuencia de las disidencias entre los argentinos, pero también albergó la primera representación del escudo nacional forjado en los preludios de la independencia, salido de las manos de un afrodescendiente, el pintor Francisco del Sacramento.
En el cabildo se legisló con base en necesidad y realidad, en el marco de una etapa constructiva que duró siglos. Cumplió su tarea, siendo afín a aquello que sostuvo Gregorio López, el reconocido comentarista de Las Partidas: “El cimiento de la ciudad está más bien en las leyes que en las piedras y en los muros”.

(*) Abogado-notario. Historiador urbano-costumbrista. Premio Jerónimo Luis de Cabrera.

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