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De Popeye a Mario: la historia de un salto legendario

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Por Sergio Castelli (*) y María Florencia Rodriguez (**)

A finales de la década de 1970, un joven diseñador industrial aficionado al manga comenzaba a trabajar en Nintendo: Shigeru Miyamoto. La empresa japonesa intentaba abrirse camino en el competitivo mercado estadounidense de los videojuegos, pero sus primeros intentos no fueron exitosos. Con miles de máquinas de arcade acumulando polvo en sus almacenes, Nintendo necesitaba desesperadamente un golpe de suerte.

Ese golpe parecía llegar cuando Nintendo comenzó a desarrollar en 1982 un videojuego basado en Popeye el Marino, un personaje de cómic creado por Elzie Crisler Segar en 1929. 

El juego consiste en controlar a Popeye y evitar a Brutus en cada nivel, recogiendo espinacas para poder vencerle durante un período y colectar corazones, notas musicales que lanza la novia del personaje.

Popeye había capturado la imaginación del público con sus aventuras y su peculiar dieta de espinacas que le confería una fuerza sobrehumana. Con la popularidad que fue ganando en esos años, el éxito parecía asegurado.

Sin embargo, el destino tenía otros planes. Nintendo no pudo obtener las licencias de Popeye y -con ellas- su salvación. En un acto de desesperación y creatividad, convocaron a sus diseñadores para concebir una nueva idea. Sería su última oportunidad para triunfar en Estados Unidos. Entre los innovadores estaba Miyamoto, quien decidió reutilizar el concepto del juego de Popeye, pero con personajes originales.

Con esta vuelta del destino, nació el legendario Mario Bros que no sólo marcó el inicio de una era dorada para Nintendo, sino que también nos regaló a uno de los personajes más icónicos de la historia de los videojuegos. 

Cuando el juego fue enviado a Nintendo of America, los ejecutivos inicialmente lo consideraron ridículo pero, sin opciones alternativas, comenzó su distribución. 

Contra todas las expectativas, Donkey Kong se convirtió en un éxito inmediato, vendiendo 60.000 unidades en su primera semana y batiendo todos los récords de recaudación.

Jumpman, más tarde renombrado Mario en honor a Mario Segale, el casero de Nintendo of America, evolucionó de carpintero a fontanero. 

Según la leyenda, los japoneses de Nintendo le debían varios meses de alquiler a Segale. Tras negociar un nuevo plazo para pagar su deuda, decidieron nombrar a su personaje estrella en su honor como gesto de agradecimiento.

Mario no sólo se convirtió en la cara de Nintendo sino también en un ícono cultural global. Su éxito abrió las puertas a una franquicia multimillonaria que abarca desde videojuegos hasta películas y merchandising. Popeye, por otro lado, siguió siendo una figura querida en la cultura popular, pero nunca alcanzó las alturas del éxito comercial y cultural de Mario.

Esta historia también subraya la importancia de la propiedad intelectual en la industria del entretenimiento. La pérdida de la licencia de Popeye obligó a Nintendo a innovar y crear algo nuevo, lo que resultó en un legado duradero. Proteger la propiedad intelectual no sólo garantiza que los creadores reciban el reconocimiento y las recompensas económicas por su trabajo sino que también fomenta la innovación y la creación de nuevos contenidos.

En resumen, la transformación de Popeye a Mario no sólo es una anécdota fascinante de la historia de los videojuegos sino también un testimonio del poder de la creatividad y la importancia de la propiedad intelectual. 

(*) Agente de la propiedad industrial 

(**) Abogada, agente de la propiedad industrial

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