De los comicios en tiempos turbulentos

Un recorrido por los últimos cien años de las elecciones a gobernador. Por Silverio Escudero / Ilustración: Luis Yong

Las elecciones de Córdoba han sido extraordinarias. No sólo por los resultados electorales sino por su contenido pasional de las campañas electorales. Cuestión que, por lo general, escapa a la mirada seria y formal de los historiadores que temen perder su empaque si agregan a sus indagaciones estos condimentos que definen el carácter de los cordobeses.

Es justicia destinar las primeras líneas a Madame Safo, la enconada rival de Rita la Salvaje. No es un antojo del cronista. Es sincerar, en parte, los hábitos y costumbres de los políticos vernáculos. Su trágica muerte –a lo Isadora Duncan- conmovió a Córdoba. Toda su clientela estuvo presente en su velatorio. Despedían a la amante por antonomasia, a la mujer que los había contenido en circunstancias extremas. Las crónicas de época, ricas en detalle, cuentan que, entre la multitud doliente, estaban, consternados, el gobernador de la provincia, sus ministros, el rector de la universidad y hasta prominentes miembros del foro local. Es que le debían demasiado.

Dicho esto entremos en materia. Las primeras elecciones bajo imperio de la ley del sufragio universal, secreto y obligatorio son complejas para los radicales. Después de tantos años de abstención revolucionaria, no tenían “cancha” para armar las listas o encontrar recursos económicos para emprender el desafío. Esta fue la razón por la que Custodio Bustos Fierro cede, ante Amenábar Peralta, primero y Eufrasio Loza, más tarde, su pretensión de encabezar el binomio radical.

La década de 1920 es singular. El enfrentamiento entre radicales obliga a la abstención para alegría de los demócratas, que se sienten invencibles. Ese cuadro de situación y la debilidad estructural del Partido Socialista hizo que, en 1922, un grupo de jóvenes, encabezados, entre otros por Deodoro Roca, Emilión Pizarro, Jorge Orgaz, Carlos Suárez Pinto, Emilio R. Biagosch y Ernesto Garzón, con evidente animus jocandi, crearan el Partido Bromo Sódico Independiente.

La nueva fuerza política propugna la separación de la Iglesia del Estado, la implantación de la República Cordobesa, con representantes confidenciales en el exterior, incluida la República Argentina, la supresión del Ejército por antisocial y anacrónico, el acortamiento de los hábitos sacerdotales para, con la tela economizada, hacer ropa para los chicos pobres y la practica del amor libre como forma de evitar los cuernos.

La historia nos lleva por otros caminos. Si bien la ley Sáenz Peña representó un avance trascendente, los hábitos políticos no cambiaron. La compra de votos, justificada con vehemencia por Carlos Pellegrini, el robo de urnas, el secuestro de las libretas de enrolamiento, el encierro de los votantes hasta la hora de llevarlos a votar y la cadena son –a pesar del paso del tiempo-, una práctica habitual que se repite elección tras elección.

Las elecciones de Córdoba, para gobernador y vice, de 1928 es un muestrario de esas prácticas repudiables. El partido de gobierno no vacila. Pretende quedarse en el poder. Sus rivales, el 4 de marzo de 1928, piden, a la Justicia federal, se allane el domicilio de un conspicuo dirigente demócrata. Sospechan que guarda centenares de libretas de enrolamiento listas para usar el día del comicio. La manda judicial se cumple. El procedimiento es un éxito. En un rincón del estudio de José Aguirre Cámara encuentran el botín. La réplica es inmediata. En San Vicente cae, asesinado, José Aráoz Campero, un reconocido militante radical. La policía intenta desviar el curso de la investigación. Es tarde. La sangre corre por las calles. En Santa Rosa de Río Primero queda un tendal de muertos. Los demócratas festejan el triunfo.

El golpe del 6 de septiembre favorece la espiral de violencia. Sus herederos se aprovechan de la proscripción del radicalismo para alzarse con el gobierno. José Guevara, diputado electo por el socialismo, acusa a los demócratas de fraude. El gobierno de Pedro J. Frías pierde la paciencia. No soporta la voz del censor. Ordena que se le ejecute. Una fotografía publicada por el Diario Córdoba descubre la presencia en el lugar de los hechos del Jefe de Policía.

Los días pasan. Frías, atento al final de su mandato, convoca a nuevas elecciones. Se enfrentan Sabattini y Aguirre Cámara. Ambos pretenden el triunfo. El fantasma del fraude ronda. Humberto Cabral, acompañado por Santiago del Castillo y Agustín Garzón Agulla, denuncia ante el juez electoral que en la sede del Poder Ejecutivo o en el domicilio particular del gobernador de la provincia se guardan libretas de enrolamiento secuestradas por la policía para ser usadas en los comicios. El magistrado no hace lugar al reclamo. Los tiros no se hacen esperar. Los demócratas fletan el famoso tren fantasma que entra a los balazos en los pueblos que presumen hay mayoría radical. Los radicales no se quedan quietos y se defienden a punta de pistola. Uno de los suyos, en Sacanta, es baleado: Erasmo Ceballos Araya. Sus correligionarios claman venganza. Plaza Mercedes fue el escenario elegido para el enfrentamiento final…

Queda un largo trecho por recorrer. La década del 40 está signada por la violencia. Preanuncia tiempos aún más tormentosos. El golpe de Estado del 4 de junio de 1943 es para los cordobeses una verdadera tragedia. Los nacionalistas católicos en el poder toman por asalto la educación y la destrozan. No vacilan en vaciarla de contenido. Expulsan a cientos de maestros y limitan el ingreso al aula de alumnos hijos de sus opositores.

La llegada del peronismo cordobés al poder suma confusión. Trasciende a la sociedad el clima de tensión que vive esa novel fuerza política. Los laboristas sueñan con expulsar del seno del movimiento peronista a los radicales de la Junta Renovadora. Pelea que aún no ha sido salvada y, de vez en cuando, deja un reguero de descontentos.

Hasta aquí el relato.

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