¿Crisis? Estamos frente a una fábrica con ocupación plena

 Por Silverio E. Escudero

En estos tiempos de crisis, la única fábrica en la República Argentina que asegura plena ocupación es la de los candidatos. Los partidos políticos, sindicatos, agrupamientos religiosos cuajados de misticismo, organizaciones no gubernamentales y los movimientos sociales, piqueteros y cooperativos buscan ubicar a sus hombres y mujeres más destacados en lo alto de las listas con miras a las elecciones de 2019.
Otros también están de parabienes. Mucho más porque la experiencia les enseñó a cobrar por adelantado: los publicitarios, los periodistas que alquilan sus plumas y espacios al mejor postor, los cientistas sociales, los expertos en finanzas y, siguiendo algunas tradiciones argentinas, una enorme cantidad de brujos, parapsicólogos, hechiceros, nigromantes, adivinos y videntes. Extraña troupe que nos recuerda a la Armada Brancaleone. A la que, por las dudas, suman santones y místicos expertos en exorcismos y combates a las fuerzas del mal. Costumbres a las que fueron afectos todos los presidentes argentinos de la recuperada democracia a partir de Carlos Saúl Menem, quien presentó en sociedad a su bruja personal con “su corte de la comparsa de la estación”, al decir del Cuchi Leguizamón.

Personajes que, luego de triunfar, ocupan lugares destacados en la estructura del Estado, gozan de prerrogativas superiores a las de los ministros y secretarios de Estado, habida cuenta de que tienen acceso directo a los despachos presidenciales. Ello porque los integrantes de esos espacios gastan el tiempo necesario para ejercer el poder aprendiendo cómo saludar, sonreír, aplaudir y hasta “imponer las manos” cuando sus asesores les acercan un anciano, un enfermo o un niño con alguna discapacidad.
Tiempos ajenos a los de la racionalidad política. Tiempo de transformaciones extraordinarias de extraños personajes de medio pelo -al decir de Arturo Jauretche- en ricos y poderosos. Sin embargo, los cambios de hábitos y costumbres no les alcanzan para mostrarse educados, cultos; ni siquiera para refinar sus costumbres.
La historia es rica en ejemplos de esos hombres y mujeres de repente poderosos. Algunos de ellos, por razones de familia o por la vida de relación, los hube de frecuentar. El manual de excusas me fue escaso a la hora de encontrar razones para evitar compartir desayunos, almuerzos o cenas. Ante lo inevitable, la invitación de una bellísima sobrinita para sentarme a la mesa de los niños fue la salvación.
¿Quiénes están detrás de los candidatos a la hora de las ofertas y las sonrisas de liquidación? Ya hemos enunciado algunos. A esa lista debemos agregar a los autores de los discursos y a los que -con alguna discreción- ocupan un lugar estratégico cerca de la rueda de dirigentes a saludar para que el candidato pueda evitar la vergüenza del doble saludo.
Las anécdotas de campaña son inagotables. Un presidente efímero de la República, que se caracterizaba por enorme efusividad, perdió -a poco de andar en un besamanos en el Salón Blanco de la Casa Rosada- el doble puño donde estaban “macheteados” los nombres de quienes debía saludar y las respuestas que les debía dar salió volando por los aires. Sus amigos y admiradores aseguran que salió bien parado del entuerto con un cuento en el cual el protagonista era él mismo y se transformó en objeto de mofa.

La tarea de los asesores y el resto de la fauna que rodea a los candidatos es ardua. El valor del silencio es superlativo. Ninguno debe ni puede hablar de dinero ni del financiamiento de las campañas electorales.
Sin embargo, hubo un instante en que esa regla de oro fue rota.
En las elecciones en que Ítalo Argentino Luder fue candidato a presidente, “se extravió” un tercio de la contribución que hizo a la campaña la fundación alemana Konrad Adenahuer.
Ingentes fueron los esfuerzos que se realizaron para “esquivar” la denuncia policial y la investigación judicial consecuente. La intransigencia del donante no sólo hizo que se cumpliera con lo prescripto por la ley sino que se denunciaran con nombre y apellido quienes manejaron tamaña suma de dinero. Cuestión que, con la urgencia del caso, la dirección del Partido Justicialista, la Democracia Cristiana, las 62 Organizaciones y la Confederación General del Trabajo (CGT) pidieron que intercediera -ante los alemanes- miembros destacados del Arzobispado de Buenos Aires por temor a que las llamaradas del incendio alcanzaran la primera plana de los medios de comunicación, aunque la noticia ya estaba en la página 3 del vespertino La Razón.
Era un caso flagrante de dinero negro incidiendo en las elecciones. Cuestión, por cierto, conocida por todos. Según la ley argentina, los únicos recursos que pueden recibir los comandos electorales son los del Fondo para los Partidos Políticos, pero…
¿Cuál es el procedimiento de asignación de recursos? Si la Cámara de Diputados aprueba el proyecto de Ley de Presupuesto, cada uno de los partidos políticos recibirá un monto predeterminado de dinero resultante de multiplicar la cantidad de votos que obtuvieron los candidatos a diputados nacionales en las últimas elecciones por el valor del subsidio por cada voto que se acuerde en la Comisión de Presupuesto.

Más allá de estas cuestiones y la mora en la rendición de cuentas, debemos dejar en claro que es uso y costumbre que los partidos o coaliciones mayoritarias golpeen las puertas del Ministerio del Interior buscando adelantos dinerarios a cuenta de futuras elecciones.
La ley electoral contempla -en el caso de las elecciones nacionales- la financiación de la impresión de boletas electorales que suman millones: en ese caso todos los partidos políticos deben justificar el monto gastado y certificar votos que mandaron a imprimir.
¿Y los aportes de empresas, fundaciones, organizaciones religiosas, cooperativas y sindicales?
A diferencia de lo que sucede en otros países como Estados Unidos y Francia, en Argentina no existe un encuadramiento jurídico que regule las donaciones de empresas, fundaciones o ciudadanos particulares que hacen a los partidos políticos. Y éstos, en un juego de doble moral, juran hasta por la religión de los gatos que jamás van a sancionarla en defensa de la independencia de los partidos políticos y la limpieza de los comicios.
Sólo se aceptan sobres, cheques, automóviles y hasta materiales de construcción… por debajo de la mesa…
Estamos en las vísperas de las nuevas elecciones. Los personal training e instructores en musculación; peluqueros, maquilladoras y expertas en belleza ya carecen de turno.
Las émulas de la condesa Eugenia de Chicoff hacen ingentes esfuerzos para que los futuros “padres de la Patria” se aproximen a las reglas básicas del protocolo, cultura social, buenos modales y el uso correcto de las copas y cubiertos. Verles transitar los almuerzos televisivos causa vergüenza ajena.
Un antiguo candidato, cuyano de origen, aspirante sempiterno a la Presidencia de Nación, aseguró: “No me corté el pelo ni me lo teñí por la candidatura, sino porque me lo aconsejó el peluquero. Tampoco me operé la dentadura por las elecciones sino por pedido de mis nietos que, en algún momento, tuvieron miedo de mi imagen…”, ante una carcajada general que obligó al encargado del bar a llamarnos la atención…
Ser candidato es perder la identidad. Otros deciden por él hasta la forma de pararse. Resulta penoso verles lucir lentes de contacto de distinto color al de sus ojos. Y, por cierto, la pena nos invade cuando deben enfrentarse a un auditorio. Mucho más cuando el pretendiente intenta hablar una lengua extranjera de la que tiene remotos conocimientos. El dolor es mayor cuando el personaje de marras ocupa la Primera Magistratura de la Nación o es ministro de Relaciones Exteriores.
Desmenuzarlos aun antes de que se lancen a la arena política es un ejercicio de sana crítica. Algunos ya han perdido sus tradicionales bigotes; otros reman con sus implantes capilares y dedican horas al gimnasio. No sabemos -por no tener acceso a su intimidad- cuántas horas destina a posar frente al espejo y reproducir sus gestos vigilado por un actor o actriz profesional.
La tarea está concluida. Sin embargo, nos queda una pregunta: después de tamaña y agobiante rutina ¿tiene tiempo para estudiar los graves problemas que afectan a nuestra querida Nación?

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