La mula pirata se quedó sin paraíso

Por Martín Carranza Torres / Socio de Carranza Torres & Asociados

Uno de los secretos mejor guardados del proselitismo a favor de la gratuidad en Internet parece haberse desbarrancado días atrás cuando Vicent Valade debió comparecer ante el Tribunal Correccional de París, acusado de abrir un sitio que permitía bajar películas mediante el sistema de intercambio de ficheros. El 31 de enero quedará en la historia como el día en que la gratuidad corrió el velo de la ciberproclama y se convirtió sólo en un eslogan.

Claro está que este joven francés de 24 años no pensó, en el 2005 cuando Emule Paradise corría por la red, que ese día llegaría. Por ese entonces, el sitio comenzaba a recoger sus dividendos, que dos años más tarde superarían los 400 mil euros.

El juicio celebrado en la capital francesa es el primero que intenta juzgar al ideólogo de un portal de esta especie y que pretende sentar un fuerte precedente. Convengamos algo: la protección de la propiedad intelectual, que lleva varios siglos, intentando consagrarse como la herramienta posible que permite sostener el circuito financiero del mundo, no sólo implica beneficios para los países desarrollados que realizan grandes inversiones, sino que incentiva y favorece a las economías emergentes, ofreciendo un canal seguro para investigar y crear, bajo la certeza de que los derechos derivados de sus invenciones estarán plenamente asegurados. Y claramente Emule Paradise no aspiraba a transitar los caminos.En los dos años que el sitio galo estuvo activo se descargaron 7.113 películas, casi todas estrenos e incluso algunas que todavía no habían llegado a los cines (Los coristas, por citar un ejemplo). En el 2007, Valada había embolsado en su cuenta la friolera suma de 416.000 euros, gracias a la publicidad que había en su sitio, que llegó a tener más de 320.000 conexiones diarias.

Hasta entonces las noticias vendían la gratuidad como un bien, pero ya está visto: del eslogan al hecho hay un largo trecho. Los consumidores de este tipo de sitios deberían pensar, por un instante, que estas plataformas no mejoran un producto, no innovan, no agregar valor, simplemente persiguen un sólo objetivo: hacer dinero con el conocimiento ajeno. Y la creación en cualquier rincón del planeta no debería ser motivo de preocupación porque sin ese sistema integrado de propiedad industrial y derechos no hay posibilidad alguna de anticipar el futuro.

El caso que se presenta como ejemplificador mantiene a los productores cinematográficos expectantes. Los demandantes aspiran a que esto se convierta en un símbolo de la lucha de las empresas de entretenimiento contra  la gratuidad de las descargas de contenidos con derechos de autor.

Entre los denunciantes figuran tres importantes discográficas, así como empresas de distribución y algunos artistas. El Sindicato de la Edición de Vídeo, por su parte, reclama a Valade 6 millones de euros  por daños y perjuicios, mientras que el creador del sitio puede recibir una multa de unos 300.000 euros. También, serán juzgados los responsables de la empresa de publicidad Net Avenir que le proporcionaba los anunciantes.

Lo que reconocemos hoy como propiedad intelectual no es otra cosa que una nueva manera de regular la protección de intangibles, que debe ser entendida como un instrumento que permite la transferencia de tecnología y conocimiento. Porque toda sociedad tiene derecho a acceder y disfrutar de los bienes culturales ideados en su propio centro de invención pero para que esto suceda es imprescindible balancear este derecho con el del autor de los bienes culturales.

De acuerdo con un sondeo efectuado por Hadopi (alta autoridad para la difusión de obras y la protección de derechos en Internet, que combate las descargas ilegales) la mitad de los franceses descarga ilegalmente de la Web. El sondeo en detalle, divulgado por el diario Le Figaro, refirió que la música es el contenido más pirateado (57%), seguido de los videos y películas (48%).

Los sitios de descargas como Emule Paradise no están democratizando la cultura, ni haciendo beneficencia con aquellas personas que no pueden comprar un ticket o un disco. Lo que están haciendo es zanjar una brecha aún más profunda entre la industria y la producción de los bienes culturales, entre la palabra y el eslogan, entre el conocimiento y desidia. Y entre esos extremos la elección debería estar ganada.

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