La era de la “amazonificación” del espacio exterior

Por Florencia G. Rusconi (*)

Una de las líneas temáticas del suplemento Aniversario 82 años de Comercio y Justicia reza “Perspectivas y expectativas después de noviembre”. Mi peculiar inclinación me llevó a pensar esta consigna aplicada a la actividad humana en el espacio exterior o ultraterrestre para este fin de año, para el año 2022 y para el quehacer del hombre en ese ámbito en un futuro cercano.

El aniversario del alunizaje del Apolo 11, el pasado 20 de julio, marcó un pequeño paso para los viajes espaciales, pero un gran salto para los multimillonarios con empresas espaciales. Cobran notoriedad los empresarios intergalácticos.

Jeff Bezos y Richard Branson demostraron de manera vívida que, al parecer, es seguro y -sobre todo- divertido elevarse hasta los confines del cielo. Este planeta tiene tantos problemas que es un alivio escapar de él, aunque sea durante 10 minutos, que fue más o menos el tiempo de los viajes suborbitales que ofrecieron los empresarios con sus respectivas compañías, Blue Origin y Virgin Galactic.

Pero más allá de la estupefacción había un mensaje más profundo: la “amazonificación” del espacio se ha iniciado.

Lo que era en gran medida el territorio de los grandes gobiernos ahora constituye cada vez más la esfera de las grandes empresas tecnológicas. Las personas que nos vendieron la Internet ahora nos venderán el espacio ultraterrestre, la Luna, los planetas y las estrellas.

Es cada vez más evidente que las oportunidades comerciales en el uso del espacio exterior, mediante la venta de bienes y servicios espaciales a gobiernos y clientes privados, está creciendo.

Si bien al comienzo de la era espacial Estados Unidos fue el líder mundial en materia tecnológica y comercial en el espacio ultraterrestre (hasta la década de 1980), las empresas privadas en ese país eran tan sólo contratistas y proveedoras del programa espacial estadounidense, y no ofrecían servicios espaciales al público en general.

La única excepción a la regla se presentaba en el área de las telecomunicaciones: desde los inicios de la era espacial, las compañías privadas estadounidenses como AT & T diseñaron, construyeron y operaron satélites de comunicaciones, ofreciendo servicios al público bajo estrictas regulaciones y supervisión gubernamental.

Sin embargo, desde entonces, el entorno ha cambiado dramáticamente. Desde hace poco más de una década el sector espacial ha experimentado un desarrollo considerable en todo el mundo, impulsado por la globalización y la digitalización.

En efecto, las empresas norteamericanas compiten en la actualidad contra muchas otras compañías extranjeras en casi todos los sectores de la economía espacial: vehículos de lanzamiento, satélites de teledetección, satélites de telecomunicaciones de todo tipo (voz, televisión directa, servicios fijos y móviles), así como servicios de navegación, entre otros.

Además, la capacidad tecnológica para construir y operar sofisticados equipos espaciales se ha extendido por todo el mundo, por lo que ya no es dominio exclusivo de las economías más avanzadas. En consecuencia, el espacio exterior se ha convertido en una empresa global en la cual el número de participantes públicos y privados ha venido creciendo rápidamente.

Ya no hay dos bloques enfrentados sino una multitud de jugadores que establecen alianzas específicas. La meta inmediata es regresar a la Luna, establecer colonias, así como llegar a Marte y asentarse en el planeta rojo. A ello hay que agregar la extracción de minerales de planetas, de sus satélites y de los asteroides.

Cuando el 21 de julio de 1969 Richard Nixon hizo la “llamada telefónica más importante de la historia”, el entonces presidente de Estados Unidos descolgó el aparato para hablar en directo con el comandante Neil Armstrong, que acababa de convertirse en la primera persona en caminar sobre la Luna. “Gracias a lo que hicieron, los cielos ya son parte del mundo de los hombres”, dijo Nixon. “Gracias, presidente”, contestó Armstrong a 380.000 kilómetros de la Tierra. “Es un privilegio estar aquí representando no sólo a EEUU sino a los hombres de paz de todo el mundo. Hombres con intereses, curiosidad y una visión de futuro”.

Ha pasado más de medio siglo, y el interés por regresar a la Luna ha resucitado. Las principales potencias espaciales clásicas, lideradas por EEUU y otras emergentes como China, Japón e India, planean ambiciosas misiones espaciales para reconquistar el satélite. Éstos son ya otros tiempos, y frases como las de Armstrong y Nixon serían impensables.

El administrador de la NASA ha asegurado que la primera persona en regresar a la Luna será una mujer. El nuevo programa espacial que lo hará posible se ha bautizado Artemisa, diosa de la Luna y hermana de Apolo en la mitología griega. Es “probable” que el primer humano que pise Marte también sea una mujer, según el referido administrador.

Bezos, el fundador de Amazon, y todavía su principal accionista, dejó claro en la conferencia de prensa que convocó después de su vuelo que Blue Origin estaba lista para atender clientes. Pese a que los boletos no estaban disponibles, las ventas para los vuelos ya casi llegan a 100 millones de dólares. Bezos no mencionó cuál era el precio de cada vuelo, pero añadió: “La demanda es sumamente alta”.

Esa solicitud estaba ahí incluso antes de que los medios noticiosos de todo el mundo fueran en tropel a Van Horn, Texas, para dar una cobertura extensa y halagüeña a Bezos, haciendo algo que Branson había hecho la semana previa en Nuevo México.

Vieron un evento planeado con gran detalle, en el que la astronauta más vieja y el más joven del mundo hicieron el viaje juntos y que fue coronado por un sorteo filantrópico de 200 millones de dólares.

Incluso Elon Musk, director General de la empresa rival SpaceX y quien, en ocasiones, se ha mostrado desconfiado de los sueños espaciales de Bezos, se sintió obligado a felicitarlo. Lo mismo hizo Branson, quien pudo presumir que le ganó la delantera porque voló un poco antes. Musk fue a despedir a Branson.

Toda esta actividad espacial es el inicio de algo nuevo, pero también una repetición de lo sucedido en la década de 1990. Al principio de esos años, Internet era propiedad del Gobierno de EEUU y tenía por objetivo la investigación y la comunicación entre unas cuantas personas. A la larga, gracias en gran parte a Bezos, se convirtió en un lugar para que todos compraran cosas. Durante los siguientes 20 años, las empresas de tecnología se desarrollaron y se convirtieron en gigantes tecnológicos, lo cual genera temores de que Amazon, Facebook, Google y Apple ahora sean demasiado poderosos.

Caracterización de la economía y comercio espacial

El espacio exterior es la nueva y actual frontera para los negocios. Si miramos el objetivo aspiracional de llevar a un hombre a la Luna hasta la exploración del sistema solar con tecnología satelital, la búsqueda de planetas habitables y la minería de asteroides, turismo, etcétera, constatamos que la industria espacial se ha desarrollado aceleradamente en los últimos 60 años.

Los ejemplos del transporte marítimo, terrestre y aéreo, así como la era digital y muchos otros esfuerzos, demuestran que la tecnología combinada con el comercio va integrando las economías nacionales en una economía global, a la vez que incentiva la exploración de nuevos mercados y tecnologías.

La economía espacial mundial es considerable y está en pleno desarrollo. Durante gran parte de su historia, el sector espacial había sido típicamente una industria liderada, financiada y administrada por el gobierno. Las agencias espaciales internacionales habían dominado la agenda e impulsado la estrategia y el establecimiento de objetivos, ya que los altos costos y riesgos asociados con la antigua industria espacial requerían una considerable participación del gobierno.

Pero esto ha cambiado; la reciente tendencia a la descentralización de la actividad fuera del área gubernamental y al sector privado estimula el crecimiento de los componentes comerciales de la cadena de suministro espacial, por lo que la actual economía para el espacio se caracteriza por un número cada vez mayor de organizaciones privadas e inversores, que trabajan junto con las agencias espaciales para lograr los objetivos de la agenda espacial de sus respectivos estados.

Así, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE)

The Space Economy at a Glance (2014, p. 38), la economía espacial puede definirse como “la gama completa de actividades y el uso de recursos que crean y proporcionan valor y beneficios a los seres humanos en el curso de la exploración, comprensión, gestión y utilización del espacio”.

Por lo tanto, ella incluye a todos los actores públicos y privados involucrados en el desarrollo, la provisión y el uso de productos y servicios relacionados con el espacio, que van desde la investigación y el desarrollo, la fabricación y el uso de infraestructura espacial (estaciones terrestres, vehículos de lanzamiento, naves y satélites, como también robots de estudio e investigación en planetas y sus satélites  y en asteroides) hasta aplicaciones habilitadas para el espacio (equipos de navegación, teléfonos satelitales, servicios meteorológicos, etcétera), y la ciencia del conocimiento generada por tales actividades.

Según Matthew Weinzierl, profesor en Harvard Business School, el concepto de economía espacial es un reflejo de la transición de la tradicional industria espacial al “nuevo espacio”; es decir, un modelo de la industria espacial que tiene una nueva estructura -incremento en el número de actores privados- y diferentes objetivos que incluyen agilidad, capacidad de respuesta, aceptación del riesgo y, significativamente, menores costos.

Hoy encontramos numerosos multimillonarios que invierten en compañías espaciales. Las empresas que se han dado a conocer como actores del “nuevo espacio” son aquellas financiadas en gran medida por personas que operan con su propio dinero y están tan dispuestas (y son capaces) de asumir riesgos.

Tomemos algunos ejemplos: el empresario sudafricano y cofundador de PayPal, Elon Musk, creó Space Exploration Technologies Corporation (SpaceX), y el fundador de Amazon, Jeff Bezos, inició Blue Origin, ambas compañías de lanzamiento del “nuevo espacio”.

Es importante reconocer que existe una gran diferencia entre las compañías aeroespaciales comerciales como Boeing y Lockheed, y las que se consideran parte del “nuevo espacio”. Aunque ambas son de propiedad privada, operan bajo premisas muy diferentes. Por ejemplo, Boeing, Lockheed y Northrop son “comerciales” en el sentido de que cotizan en bolsa, deben responder a los accionistas y esperan obtener ganancias.

Señalo solamente algunas empresas, hay muchas más. Ofrecen los más variados servicios como recursos naturales (minería de asteroides y planetas), lanzamiento y transporte espacial, observación de la tierra, turismo espacial, colonización de la Luna y de Marte y hasta servicios fúnebres (esparcir las cenizas del difunto/a en el espacio).

Toda esta actividad de los empresarios intergalácticos va acompañada con una especial motivación marketinera. Así lo demuestra el viaje del actor Willam Shatner, conocido por interpretar al capitán James Kirk en la serie Star Trek, quien viajó en una nave de Jeff Bezos el pasado 13 de octubre. El actor, con 90 años, ha sido la persona de mayor edad en llegar al espacio desplazando a Wally Funk, ex astronauta de 82 años que en julio había sido parte del primer vuelo espacial-comercial de Blue Origin. Llevar a un personaje de la cultura popular estadounidense como el capitán Kirk a conocer el espacio fue un hecho propagandístico impactante de la empresa de Bezos. ¡Aquí la realidad superó la ficción!

Específicamente, ¿será posible que los intereses comerciales reemplacen otros intereses nacionales en el espacio exterior?

La respuesta corta es “no”. Además del claro uso dual de todos los productos espaciales, el derecho internacional del espacio, tal como se define en los tratados actuales de las Naciones Unidas sobre el espacio ultraterrestre (el Corpus Juris Spatialis) hace a los Estados responsables de las acciones de sus ciudadanos en el espacio ultraterrestre.

Para llegar al espacio exterior -y hacer cualquier cosa allí- una empresa necesitará la aprobación formal de un Estado matriz (Estado de lanzamiento y Estado de registro del objeto espacial). Dado que cada Estado puede ser responsable de manera conjunta y separada de ciertos tipos de daños causados por objetos espaciales, será difícil -si no imposible- que una empresa opere en el espacio exterior sin supervisión. Por lo tanto, a menos que los principios legales de la actividad espacial cambien, los intereses comerciales estarán subordinados a los intereses nacionales en el espacio y se enfrentarán a controles regulatorios importantes.

Hoy, el espacio es una oportunidad económica, además de una curiosidad intelectual y espiritual. De alguna manera, el espacio exterior se ha convertido en activo mercantil; y, debido a su valor estratégico, así como a la gran dependencia de casi todas las industrias de la infraestructura espacial, tiene una importancia especial y se ha convertido en un recurso nacional crítico.

Las ventajas únicas del entorno espacial han contribuido, en gran medida, a la tendencia creciente a la globalización del espacio mediante la cobertura casi universal de áreas pobladas con productos y servicios de comunicaciones y observación y otros, como ya lo señalé.

A su vez, un aumento en la globalización puede estimular un mayor crecimiento del comercio espacial, por lo que debe ser vista como la suma de varios componentes: políticos, comerciales y culturales.

(*) Abogada. Docente jubilada de la cátedra Derecho Internacional Público, Facultad de Derecho, UNC.

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