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Sobre los tiempos en los que pensar lo que quieras y decir lo que piensas está permitido

Por Ramón Pedro Yanzi Ferreira (*)

Con este epígrafe de Tácito la Gaceta Universitaria silenciaba la gravedad de aquel gran momento de 1918, en medio de protestas, reclamos y huelgas de los estudiantes cordobeses, impasibles al toque de atención y a la amenaza de represión de la fuerza policial.

Ello acontecía en el mismo recinto en el que en el alba del Siglo XVII la Universidad Nacional de Córdoba fuera fundada por los jesuitas, sin perjuicio de que los franciscanos la sostuvieran más de un siglo y medio después, enlazados así a un común destino que ya ha cumplido más de cuatro siglos de existencia.
En su derrotero los sucesos que golpearon sus puertas aquellos días de junio de 1918 nos conducen a evocar el Centenario de la Reforma Universitaria, a retener el legado del espíritu de aquéllos hombres -los Hombres de una República libre- que cuajaría en una auténtica República Universitaria, y que resolverían –a través de la pluma de Deodoro Roca, vertida en las densas mallas del Manifiesto liminar de la Reforma Universitaria- llamar a todas las cosas por el nombre que tienen; reclamaban, así, un gobierno estrictamente democrático, el derecho del demos universitario a darse el gobierno propio, la consideración de la educación como una larga obra de amor a los que aprenden, la movilización de las almas de los jóvenes por fuerzas espirituales, etc.

Así lo sufragaba la juventud argentina de Córdoba –desinteresada, pura, en trance de heroísmo-, en la que se enlistaban los nombres, entre otros, de Enrique F. Barros, Horacio Valdés, Ismael C. Bordabehere, Gurmensindo Sayago, Alfredo Castellanos, etc. Incluso, un testigo presencial de los acontecimientos, don Juan Filloy proyectaría años más tarde un vívido retrato: una Universidad que queríamos cambiar, pues los estudiantes queríamos abrir nuestra inteligencia hacia la modernidad.
Ello suponía, por cierto, un programa decididamente revolucionario, expuesto en las Bases para la nueva organización de las universidades nacionales que legara, a partir de su inauguración el 21 de julio de 1918, el Primer Congreso Nacional de Estudiantes de la FUA, en el que se cobijaban las demandas de autonomía universitaria, participación en el co-gobierno universitario, libertad académica, derecho a optar de cátedra, sistema de designación docente periódica y por concurso de oposición, publicidad de los actos universitarios, extensión universitaria, ayuda social a los estudiantes, etc.

La Reforma extendería prontamente su bagaje doctrinario y cimentaría así su hora americana: en Chile, Perú y Cuba durante los primeros años de la década de 1920, mientras que en México, Paraguay y Brasil en la siguiente década, descontando se irradiación postrera en el escenario europeo. De esta manera, se impulsaba la incorporación de nuevos paradigmas académicos, que significaron una verdadera renovación intelectual, a la par que una nueva clase dirigente accedía a los niveles de conducción política y nuevos sectores de la sociedad se incorporaban al espacio universitario.
Sin embargo representó mucho más que ello; la sensibilidad social legada por la intuición de Deodoro Roca desaguaba invariablemente en un proceso vanguardista de superación de la Universidad como fiel reflejo de las sociedades decadentes empeñadas en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil; por el contrario, erigidos sobre los cauces de un genuino movimiento social, político y cultural los reformistas dejarán su impronta en la renovada misión estatutaria de la Casa de Trejo como institución rectora de los valores sustanciales de la sociedad y el pueblo a que pertenece, pues únicamente así se legitima, entre otros objetivos, la difusión del saber superior entre todas las capas de la población, la promoción de la actuación del universitario frente a los problemas de su época y las soluciones de los mismos, la proyección de su atención permanente sobre las necesidades de la vida nacional, etc.

Los valores de aquella lucha, de aquel tesón por abrir sus puertas a los altos espíritus, a los constructores de almas, siguen plenamente vigentes hasta el día de hoy, pues sin la reforma del 1918 no sería posible la Universidad pública, gratuita, laica, autónoma, inclusiva y con responsabilidad social que tenemos hoy en día.
Portadora de la herencia reformista, la Universidad Nacional de Córdoba cuenta con quince facultades, dos colegios preuniversitarios, y un número que supera 130 centros de investigación, 20 bibliotecas y una quincena de museos. Alberga, asimismo, una oferta académica muy variada, entre las que cabe destacar diecinueve carreras de pregrado, ochenta y siete de grado, doscientos doce posgrados, entre especializaciones, maestrías y doctorados. Defensora intransigente de principios constitucionales y convencionales, nuestra casa extiende su matrícula universitaria a todos los estudiantes incluso a jóvenes de países vecinos de manera gratuita.
Si el lector retuviera, al menos por un instante, el ejercicio de asumirse como ser social e histórico, como ser pensante, comunicante, transformador, creador, realizador de sueños, según lo propone Paulo Freire, quedaría en claro la importancia de la identidad reformista, entendida en que somos nosotros mismos entre lo que heredamos y lo que adquirimos.

En esta empresa, basta evocar la creación del Consejo Social Consultivo, la implementación del Programa Compromiso Social Estudiantil, la activación del Observatorio de Derechos Humanos, junto a los Programas Derechos económicos, sociales y culturales, de Educación en Cárceles, de Inclusión Social y Educativa, de Formación en Oficios de Extensión, etc., la constitución de Centros Regionales de Educación Superior (CRES), la ejecución de la Planificación Estratégica Participativa (PEP), la implementación del Sistema de Reconocimiento Académico de Educación Superior, la puesta en marcha de las Universidades Populares y del Campo Virtual de la UNC, etc. Aunque –indudablemente- descontando un dolor a la prédica de los reformistas de 1918, en la actualidad se cuenta con una libertad más debido a la instrumentación de la reforma política de la UNC, en virtud de la cual se habilitó la elección directa, secreta y obligatoria de sus autoridades unipersonales.

El mandato reformista bien podría concentrarse en la exhortación del Manifiesto liminar orientada a superar el alejamiento olímpico de un régimen universitario anacrónico, y que –por el contrario- atesorara a los creadores de verdad, belleza y bien al resultar íntimamente correspondida con todos sus sectores científicos, culturales, artesanales, tecnológicos, productivos y empresariales que eduque y forme buenas personas, buenos ciudadanos conscientes y responsables. Profesionales, especialistas, investigadores, artistas y técnicos dotados de una cultura humanística y científica; promoviendo el diálogo constante y la interculturalidad, el irrenunciable respeto por el otro, la cultura de la paz y el cuidado del medio ambiente.
También el dogma de ensanchamiento vital de los organismos universitarios impele a la idea y práctica de una institución al servicio de la excelencia en los campos de la docencia, investigación científica, extensión, vinculación y servicios, que acometa la integración el trabajo mancomunado y compartido en grandes redes académicas y científicas, con diseños curriculares también flexibles, que comprendan ciclos de competencias generales, básicas, profesionales, terminales y libres, acompañadas de las destrezas y habilidades requeridas para cada profesión o especialidad y que propicie la reintegración del conocimiento y el trabajo interdisciplinario y transdisciplinario.

Una Universidad que se encuentre al servicio de la dignidad de la persona humana, abierta y sensible a los problemas y desafíos sociales, económicos y culturales de la comunidad en la que se inserte. De otro modo quedara reducida a la holgura de un mero progreso de conocimiento vacuo, y hasta meramente retórico, impotente para alcanzar la única redención a la que aspiraban los hombres libres de 1918: la redención espiritual de la juventud americana.
Quizás este reto de incasable vocación de servicio de nuestra Universidad, dirigido a alcanzar su más excelso horizonte: constituirse en un agente transformador de condiciones sociales arraigadas y ser simiente de una sociedad más justa, democrática e inclusiva, merezca evocar nuevamente la parte final del documento que estampa la impronta reformista: La juventud universitaria de Córdoba, por intermedio de su Federación, saluda a los compañeros de la América toda y les incita a colaborar en la obra de libertad que inicia.

(*) Vicerrector de la Universidad Nacional de Córdoba. Decano de la Facultad de Derecho

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