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Reforma Universitaria, Laicismo y Derechos Humanos: sentidos entrelazados

Lucas GilardonePor Lucas Gilardone (*)

Las celebraciones por el centenario de la Reforma Universitaria de 1918 entrañan el riesgo de rebajarla a anécdota o a pintoresca Juvenilia, pero también permiten redescubrir sentidos que se entrecruzan y reaparecen en nuestros debates más urgentes y sensibles.

Este movimiento, de proyección continental, ha sido complejo, múltiple, diverso, y hasta contradictorio, tanto en relación con las ideas que circularon a su alrededor como a las trayectorias vitales de sus animadores. Hay, sin embargo, una gran riqueza que explorar en torno a algunos de los productos que derivaron de ella.
En este escrito vamos a abordar la conexión entre la Reforma como movimiento político y filosófico, el Laicismo como prospectiva, y los Derechos Humanos como posicionamiento idiosincrático para la construcción de políticas públicas. Cada uno de estos elementos se manifiesta de manera dual: por un lado, la idea; por otro lado, la acción destinada a establecer un cambio en el mundo de la vida. Y cada uno de ellos se reconoce como parte de una misma urdiembre humanista.

Antes de proseguir,necesitamos definir el anticlericalismo de los Reformistas y su relación con el Laicismo como corriente teórica, entendido como “…una familia de concepciones que se identifican en oposición a las visiones religiosas del mundo, entendiendo como religión cualquier conjunto más o menos coherente de creencias y doctrinas, valores o preceptos, cultos o ritos concernientes a la relación del ser humano con lo divino, o lo “sagrado” (1). En este sentido, el laicismo equivale a lo “no religioso”. Pero, en otro sentido, más relevante para la Reforma, puede entenderse como “no confesionalismo”, es decir, como el rechazo de “…la subordinación de las instituciones culturales, jurídicas y políticas de una comunidad a los principios metafísicos y morales de una religión determinada, los cuales son establecidos, custodiados e interpretados por sus sacerdotes, o ‘clérigos” (2).

Este segundo aspecto es el que cobrará relevancia en nuestro análisis, pero ambos aspectos serán determinantes en una defensa decidida de los derechos del hombre y del ciudadano, la manifestación primigenia de los Derechos Humanos tal como los conocemos.
La posición anticlerical o “no confesional” de los Reformistas forma parte inescindible de los eventos que culminaron con el desalojo por parte de los estudiantes del Salón de Actos de la Universidad Nacional de Córdoba, donde las camarillas doctorales se aprestaban a consagrar a un nuevo Rector. En efecto, el célebre Manifiesto Liminar de la Reforma fustiga a los asambleístas que, “en nombre del sentimiento religioso y bajo la advocación de la Compañía de Jesús, exhortaban a la traición y al pronunciamiento subalterno. (¡Curiosa religión que enseña a menospreciar el honor y deprimir la personalidad! ¡Religión para vencidos o para esclavos!)(…).En la sombra los jesuitas habían preparado el triunfo de una profunda inmoralidad.” Los revolucionarios del ’18, hombres de una república libre, acababan “…de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica.”

Sin embargo, el anticlericalismo de los reformistas trascendía la crítica al dogmatismo oscurantista que los Jesuitas habían impuesto a la universidad, y se inscribió, antes y después de los eventos del ’18, en una toma de posición global sobre el mundo en que vivían. Destaca Pablo Requena que durante la Primera Guerra Mundial, y a través de diversas organizaciones, los Reformistas abrazaron la causa de la Entente, a la que caracterizaban como una “…civilización espiritualista (…), esencialmente caracterizada en el dogma filosófico-político de los derechos del hombre, del ciudadano y de las grandes y pequeñas nacionalidades”(3). Por el contrario, los países del Eje, apoyados por la Iglesia Católica, ubicaban al ser humano en un rol “…de absoluta sumisión y vasallaje; cada hombre es (en él) la parte de una inmensa máquina de guerra” (4).

Existía, por lo tanto, una matriz liberal en parte de la juventud ilustrada de Córdoba, que confrontaba con el clericalismo mediante manifiestos y conferencias. Es decir, mediante la razón y la persuasión racional.
Estos mismos Reformistas abrazarían luego la causa humanista contra el avance del nazismo, el fascismo y el franquismo. Fundarían, como el mismo Deodoro Roca, la Liga por los Derechos del Hombre, e innumerables comités y ligas de apoyo a las víctimas del autoritarismo que derivaría en la Segunda Guerra Mundial. Lo harían, aún, con su modestia militancia de panfletos y conferencias, de manifiestos y mítines. Su profesión de fe republicana y cívica, pacifista y moralizadora, sería confrontada por la violencia desatada por las huestes clericales, las que apalearon a dirigentes estudiantiles como Enrique Barros hasta dejarlo moribundo (5).

Las exigencias renacentistas de libertad, igualdad y fraternidad que portaban los Reformistas serían, una y otra vez, sometidas al garrote callejero, al calabozo, al tormento, y finalmente a la muerte a manos de los agentes de la Iglesia.
Por otro lado,el laicismo entendido como lo “no religioso” también cuenta con antecedentes que implican una fuerte apuesta por la libertad y la igualdad. La tesis doctoral defendida en 1884 por nuestro Ramón J. Cárcano sobre la igualdad de los hijos naturales, adulterinos, incestuosos y sacrílegos, le valió una violenta respuesta por parte de la Iglesia, que no pudo tolerar que se pensara el derecho de familia por afuera de los estrechos mandatos del Derecho Canónico. Similares reacciones enfrentaron los gobiernos democráticos con la ley de matrimonio civil en 1888, con el divorcio vincular y la patria potestad compartida casi un siglo después, el matrimonio igualitario en 2010, la ley de identidad de género en 2012, o el debate alrededor de la interrupción voluntaria del embarazo en nuestros días.

En cada caso, estos avances fueron resistidos a partir de argumentos religiosos y por varias iglesias. Esto demuestra su pertinaz vocación de someter al dogma religioso la vida pública y privada, incluso la de personas que no profesan religión alguna.
Como corolario, es plausible aseverar que la praxis política de los herederos de la Reforma, aún atravesadas por los matices y los vaivenes de la historia, fue casi unánime en el sostenimiento de una forma de entender la vida en la cual la vida misma era sagrada. Y en esa concepción de lo público, nada quedaba por fuera del juego político que no pudiera ser encauzado en la acción democrática. No había dogmas que se opusieran a la búsqueda de la verdad: no podía haberlos si el espíritu debía mantenerse emancipado de toda servidumbre, de todo fanatismo religioso o político.

La Reforma implica la apertura a nuevas formas de ver y vivir la vida, la búsqueda de una igualdad liberadora en una sociedad basada en una práctica elemental de los Derechos Humanos, mucho antes de que éstos tuvieran una formulación concreta en los tratados internacionales que integrarían nuestra Constitución. Fue un camino que iba a dar un Maestro, pero se dio con un mundo.

(*) Abogado, UNC (2002), Master of Law in Human Rights, Central European University, Budapest, Hungría (2008). Coordinador de Áreas de Derechos Humanos, Secretaría de Extensión Universitaria, Universidad Nacional de Córdoba.

Notas:
1 – Bovero, Michelangelo: Laicidad. Un concepto para la teoría moral, jurídica y política. Cuadernos de Laicismo “Jorge Carpizo” Para entender y pensar la laicidad, Núm. 2, Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Autónoma de México, 2013, pág. 1.
2 – Ídem.
3 – “Manifiesto del Comité de la Juventud Patriótica Nacional al Pueblo”, en La Voz del Interior, 11 de octubre de 1917. Citado por Requena, Pablo M.: Derivas de un Dirigente Reformista, Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, 2018, pág. 98.
4 – Ídem. Se recomienda especialmente Deodoro Roca. Obra Reunida, Vol. I, Cuestiones Universitarias, Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, 2017. También: Sanguinetti, Horacio: La trayectoria de una flecha, Librería histórica, Buenos Aires, 2002.
5 – Ver Bustelo, Natalia, voz: Enrique Barros; online, Proyecto Culturas Interiores, disponible en http://culturasinteriores.ffyh.unc.edu.ar/ifi002.jsp?pidf=JV252WK1D&po=DB.

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