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¿Para qué sirve la Reforma Universitaria?

Juan manuel requenaPor Pablo Manuel Requena (*)

Camino al centenario de la Reforma Universitaria de 1918, María Eugenia Vidal -gobernadora de la provincia de Buenos Aires, a quien las usinas comunicacionales de PRO Cambiemos presentan habitualmente como el “rostro humano del macrismo”– intervino hace unos días en un encuentro del Rotary Club de Buenos Aires con un “¿es de equidad que durante años hayamos poblado la provincia de Buenos Aires de universidades públicas cuando todos los que estamos acá sabemos que nadie que nace en la pobreza en la Argentina llega a la universidad?”.

Las respuestas inmediatas –que fueron desde la reivindicación de la universidad pública hasta la estrategia de señalar que sí, en la Universidades nacionales hay pobres– demuestran el amplio consenso existente dentro de la sociedad argentina en torno a nuestro sistema universitario. Este hecho no debe llamar la atención: en nuestro país, una parte importante de las clases medias cifró a lo largo del siglo pasado las posibilidades de ascenso social en el acceso a la educación superior.
Quienes poblamos cotidianamente la universidad pública sabemos que la entrada de los sectores populares a las Universidades es siempre resultado de políticas públicas que apuntan a construir mallas de contención institucionales más amplias capaces de permitir trayectorias exitosas. La intervención de Vidal es interesante por su tono intimista: alude a un “nosotros”; detrás de la oradora, aparecen las marcas amigas: Toyota, Cabrales, Infobae, Celulosa.

En el tono intimista hay algo de las sociabilidades de las élites económicas: el oenegeísmo, las fundaciones y los think tanks que en los últimos años han hecho las veces de semillero de cuadros del PRO; todos espacios de sociabilidad con una marcada y frecuente línea ideológica que, en general, podríamos describir como de desconfianza hacia la política, lo público y el Estado y, en particular, con una escasa comprensión sobre la importancia que ha tenido la Universidad pública en mutua interacción constitutiva con el Estado, la política y lo público. Sucede que sin la educación superior en nuestro país sería difícil pensar en cuadros técnicos, dirigentes políticos o sociedad con derechos.

Más allá de la típica crítica neoconservadora que utiliza la equidad como argumento para la restricción de derechos, la intervención de Vidal me invita a pensar para qué sirve la Reforma Universitaria. Como historiador he pasado algún tiempo señalando cómo la Reforma de 1918 ha sido capturada por diversos actores e instituciones, entre los que se encuentra la UNC que la ha construido desde 1984 como la fundación mítica de la Universidad moderna y democrática.
Sin embargo, hay veces que las esperanzas colectivas precisan de mitos que nos permitan pensarnos colectivamente atando pasado con presente… y la Reforma Universitaria es, sin dudas, uno de ellos. Nos encaminamos a los cien años del 15 de junio de 1918, día en que los estudiantes universitarios de Córdoba, enfurecidos con el resultado de una elección de rector, destruyeron el salón de grados del rectorado viejo de la UNC.

Una derrota que seguramente los hizo crecer de golpe y descubrir que, como luego dijo Deodoro Roca, no alcanzaba con una mera reforma de los estatutos ni con reemplazar maestros malos por otros buenos sino con cuestionar las bases mismas sobre las que se pensaba el vínculo entre las Universidades y las sociedades. 1918 nos habla de todo eso y por eso es una de nuestras mejores tradiciones políticas emancipatorias con la que contamos.
Antes que conmemorar un fósil congelado hace cien años, podríamos acercarnos a los acontecimientos de 1918 para poder pensar críticamente nuestro vínculo -en tanto universitarios- con la sociedad y, mejor aún, encaminarnos a construir los cimientos institucionales para que la educación superior siga siendo un derecho y la Universidad esté en el horizonte de cada vez más amplias zonas de nuestra sociedad.

Porque, al revés de lo que piensa Vidal, las universidades públicas han estado en el horizonte de los sectores populares a lo largo de gran parte del siglo XX y nos han permitido producir las herramientas necesarias para cuestionarlas y cuestionarnos a nosotros mismos.

(*) Historiador. Especialista en historia de la Reforma Universitaria y el movimiento estudiantil.

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